Un canto fúnebre

dalmau-web.

Si Eduardo Mendoza vaticinó hace veinte años el fin de la novela, Miguel Dalmau ha entonado ahora el réquiem por la literatura española al completo. El autor de La verdad sobre el caso Savolta adujo entonces que, tras la renovación experimentada en los setenta y los ochenta del pasado siglo, el género se había vaciado de contenido y todo lo narrativo había adoptado un tono frívolo. Dalmau, crítico literario, novelista y biógrafo, no ha hecho distingos entre novela de sofá o de toalla y sombrilla, y ha dictaminado que la literatura española se muere sin remedio. Eso, y que en un país verdaderamente libre no se habría escrito nunca un texto como el que lleva su firma: La mala puta (Sloper). Al margen, Dalmau equivoca parcialmente la cita y hace suceder en el hotel de Madrid en el que Carlos Barral conoció en 1959 a Ernest Hemingway lo que sucedió unos días después en un elegante mesón de Cuenca, tras una corrida de toros. Cuando Hemingway reparó en que a sus contertulios no parecía apasionarles el relato que estaba haciendo sobre lo acontecido en el ruedo, preguntó: “¿Qué tal la mala puta”. Desconcertado, Barral le devolvió la interrogación. Como si no cupiese duda, el autor de El viejo y el mar repuso con rotundidad: “¡La literatura española!”. Esa misma literatura sobre la que Dalmau extiende ahora el certificado de defunción.

Quizá, como asegura, en un país verdaderamente moderno y democrático nadie habría escrito un libro como el suyo. Pero lo que parece claro es que tampoco él hubiera pergeñado este exabrupto si su biografía sobre Julio Cortázar estuviera en las librerías y no se hubiera topado con el oscuro veto de los administradores de los derechos del autor de Rayuela. Tras negarle el permiso para incluir las citas que necesitaba, Dalmau, herido en lo más hondo, se revolvió como un toro burlado y decidió arremeter contra todo lo que se mueve en el ruedo literario hispánico. Aderezado con numerosos ejemplos personales, su diagnóstico resulta implacable. Para el escritor barcelonés afincado en Mallorca, el editor de hoy carece del brillo de los de antaño. Desaparecidos los Gallimard o los Feltrinelli, los de ahora solo apuestan por autores económicamente rentables, con independencia de que sus obras sean buenas o no. Las agentes literarias, debido al rechazo que suscitan entre los editores, necesitan que los autores reconforten su ego y les proporcionen ese exceso de autoestima. Los libreros, que merecerían un homenaje, apenas mandan ya en un territorio violentado por los emporios editoriales y la supremacía de las distribuidoras. La crítica, que hasta no hace mucho era la figura más poderosa e influyente del retablillo, se ha vuelto laxa y condescendiente como consecuencia del mucho dinero puesto sobre el tapete de juego. Y eso a pesar de que una buena parte de sus practicantes donde mejor se desenvuelven es en las “charcas de la ofensa”. ¿Y qué decir de los autores? Divididos hasta no hace mucho en buenos y malos, han terminado por renunciar a la valentía estética y hoy se reparten entre los ‘llamados’ y los ‘elegidos’. La mayoría entra en el primer epígrafe, que incluye a quienes no pueden llevar la vida literaria que quisieran y tienen que compaginarla con tareas prosaicas como la docencia, el trabajo editorial, las bibliotecas o los periódicos. Los elegidos, en cambio, renuncian a todo para dedicarse a escribir un gran libro que quizá no llegue nunca. Sin detenerse ante nada, el escrutinio prosigue y fustiga sin piedad la censura, la envidia, la falta de humildad y hasta a Pere Gimferrer.

La mala puta no es solo el libro de Miguel Dalmau. Lo es también de Román Piña Valls, quien, al acometer su parte, no duda en definir la literatura como una trituradora de ilusiones. Con el testimonio de muchos ‘llamados’ y de unos pocos ‘elegidos’, Piña Valls radiografía las dificultades para encauzar en nuestro tiempo una carrera de escritor y sugiere que su canto fúnebre quizá no busque otra cosa que desanimar a quien, de la mano de las palabras, aspira a “una vida de éxito y riqueza” y a una “profesionalización castrante”. Frente a ello, incita a seguir apostando por las letras como un honesto pasatiempo. ¿Trituradora de ilusiones? Rilke lo formuló de otro modo: ¿se moriría usted si se le privara de escribir? Ante una respuesta afirmativa, no cabe sino construir la vida a partir de esa necesidad. Y entonces, nos recuerda, debe intentar decir, como el primer ser humano, “lo que ve y lo que experimenta y ama y pierde”.

Publicado en Escuela, 12 marzo 2015

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