Amor intergeneracional

NH543_G-web.

Al leer la última novela de David Trueba, Blitz, me ha venido a la memoria el anuncio de un banco que nos recuerda de una manera simplista pero efectiva de qué manera nuestra vida cotidiana se desenvuelve a menudo bajo los parámetros de una visión maniquea. La cuña publicitaria delata cómo, aun hoy, un color se asocia más fácilmente a un sexo que a otro, o cómo una relación amorosa entre dos personas de edades dispares sigue percibiéndose por el grueso de la sociedad de una manera diferente si quien cuenta con muchos años es un varón o una mujer.

En Blitz, Trueba explora este tabú. La novela es una vuelta de tuerca sobre el eterno ‘chico conoce chica’. Una novela sobre las posibilidades del amor intergeneracional, atravesada por algo que pretende ser una reflexión sobre el paso del tiempo. Un relámpago vital inesperado la pone en marcha. Un cambio brusco que se desata en las tres primeras líneas y que no tiene marcha atrás. El narrador es un arquitecto español de treinta años especializado en paisajismo. Como la mayor parte de un gremio que vivió antes de la crisis económica sus mejores momentos, ahora sobrevive a duras penas y su única esperanza son los concursos internacionales en los que una idea se puede trocar en algo de dinero. Al poco de llegar a Múnich para participar en un certamen en el que ha sido seleccionado, mientras espera a pie de barra los kebab que compartirá con la veleidosa novia que lo espera junto a la cristalera del bar, su móvil registra un mensaje enviado por ella a otro destinatario que no era él. El error desatará un inesperado naufragio sentimental que le forzará a dar un viraje a su vida.

La propuesta defendida en el congreso muniqués consiste en un parque de relojes de arena que invite a detenerse en un receso del trabajo o que permita ver materializado el transcurrir del tiempo. Esa reflexión sobre la duración de las cosas se hace presente tanto en el proyecto expuesto sin éxito, como en las películas iraníes de “tiempo lento, laborioso, muerto incluso”, de las que disfruta, pero de las que se burla un amigo suyo, o en los estragos de los que dan cuenta los cuerpos maduros que rehúyen el artificio de la cirugía y que se encarnan en la exposición de retratos pintados por Otto Dix. Para entonces, y de una manera impremeditada en la que tendrá su parte de culpa el alcohol, habrá compartido ya sábanas con Helga, una prejubilada alemana que le dobla en edad. El joven arquitecto rehuirá pronto una compañía que lo sume en la vergüenza, pero en cuya búsqueda irá luego, tras experimentar en su nueva vida algunas otras relaciones fugaces. Con un lenguaje puntualmente crudo, David Trueba no escamotea las imágenes con las que pretende derribar ese tabú del sexo entre dos personas a las que las separa la edad. El humor, una nota tan característica en él, salpica todo el texto, pero es leve y nunca culmina en risa.

Hay en Blitz una reflexión sobre el deseo, el sexo, el tiempo, pero también sobre el desvalimiento en el que alguien se sume cuando todo se tambalea y sobreviene una desorientación en la que hasta lo más impensado resulta posible. Ya que no en la realidad física, Beto terminará diseñando paisajes en el espacio virtual de los teléfonos móviles. “Como quien levanta barcos de vela dentro de botellas de cristal”, dirá con melancolía. De la misma manera imprevista, concluirá al borde de una cala mallorquina llamada Blitz –relámpago en alemán-, arropado con una manta en un sofá junto a la alemana sexagenaria.

Blitz sabe a poco. Incluso en una segunda lectura que la hace mejorar, se antoja una novela ligera de la que cabía esperar más. Al lector, que tiene estima por quien dirigió Soldados de Salamina, Madrid 1987 o Vivir es fácil con los ojos cerrados, así como por el articulista que entre semana se sube a su columna en las páginas de El País, parece no haberle acompañado la suerte con el David Trueba novelista. En 1995 asistió sin demasiado entusiasmo a su debut narrativo con Abierto toda la noche, y esa falta de emoción ha vuelto a reaparecer ahora. Es posible que este lector tenga que hacer los deberes y abrir Cuatro amigos, recompensada con una veintena de reediciones ininterrumpidas, o Saber perder, galardonada en 2009 con el Premio de la Crítica, finalista del Premio Médicis en Francia y considerado el mejor libro del año por el suplemento cultural de El Mundo. Si como cineasta David Trueba es un autor estimable, no quisiera este lector por nada del mundo que como novelista lo fuera menos.

Publicado en Escuela, 19 marzo 2015

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s