Tres perdularios

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Nuestro país es tan singular que no da importancia a que obras que forman parte del canon literario de alguna de las varias lenguas que en él se hablan resulten prácticamente desconocidas más allá del terruño y del idioma en que fueron creadas. No mucho después de que en 1970 A esmorga lograra sortear el veto que durante diez largos años había impedido su publicación en España, la novela de Eduardo Blanco Amor (Orense, 1897-Vigo, 1979) pasó a convertirse en lectura inexcusable para miles de estudiantes gallegos. Eso, entre otras cosas, hizo de él un clásico, es decir, ese libro que se reimprime cada poco tiempo y que no falta en ninguna biblioteca particular que se precie. Por no faltar, ni siquiera está ausente de los estantes madrileños que una gran cadena de librerías dedica a la literatura española e hispanoamericana. Pero quien quiera hacerse con un ejemplar en castellano estará abocado al fracaso. La última salida editorial de La parranda se remonta a 2001, y en un modesto sello con poca difusión. Eduardo Blanco Amor escribió A esmorga en Buenos Aires, en unos pocos meses de 1955, y allí se publicaría por primera vez cuatro años más tarde, tras el frustrado intento de que viese la luz en España. El censor, que no se tomó la molestia de tachar una sola palabra, devolvió impolutos los 38 folios bien aprovechados del mecanoscrito. El propio autor acometería la versión castellana, que salió en 1960, también en la capital argentina. A esmorga, La parranda, es una excelente novela corta. Pero una novela prácticamente desconocida fuera de Galicia.

Gonzalo Suárez la llevó a la gran pantalla en 1977. Para narrar la trágica peripecia de Cibrán, el Bocas y el Milhomes, los tres perdularios creados por Blanco Amor a partir de un recuerdo infantil de su Orense natal, Suárez contó en el reparto con tres grandes actores: José Sacristán, José Luis Gómez y Antonio Ferrándis, a los que hay que añadir un cuarto, Fernando Fernán-Gómez, cuyas tres curiosas apariciones no dejan indiferente a nadie. Al cabo de casi cuarenta años, y cuando en Orense se ha hecho de A esmorga una ruta literaria a la manera del dublinés Bloomday o de la madrileña noche de Max Estrella, Cibrán, el Bocas y el Milhomes han regresado a las calles de Auria de la mano de Ignacio Vilar (Petín, Orense, 1951). El cineasta ha retomado la novela de Blanco Amor y ha devuelto a la mala vida a estos tres borrachos, encarnados ahora por Miguel de Lira, Karra Elejalde y Antonio Durán, ‘Morris’. Vilar ha recreado A esmorga con una mayor fidelidad al texto original que Gonzalo Suárez, quien, por otra parte, decidió ambientarla en el paisaje minero y de los altos hornos asturianos. Con mano diestra, Ignacio Vilar la ha devuelto a la ciudad de las burgas y al paisaje gallego de lluvia y frío en el que transcurre esta farra de veinticuatro horas fatídicas. Elejalde y Morris, sobre todo, dan muestras de un sobresaliente trabajo actoral, pero A esmorga peca de un metraje excesivo que lastra una obra notable, muy por encima de la versión de Gonzalo Suárez.

Si Ignacio Vilar ambienta su película en los años cincuenta del pasado siglo, Blanco Amor sitúa la acción de su novela hacia 1870. Cuarenta años después de haber empezado a recopilar todo tipo de informaciones, un narrador innominado pero sujeto a la “lamentable manía de escribir” colocará al lector ante unos sucesos ocurridos noventa años antes y volverá a hacerse presente al término del libro para relatar un trágico final en el que no falta la sospecha de la brutalidad de las fuerzas del orden. Entre medias, Cipriano Caneda, Cibrán, o el Castizo, se somete a las preguntas de un juez cuyas intervenciones se eluden en la narración y que le interroga sobre el infausto rastro dejado atrás por los tres amigos: “Avanzábamos como si fuésemos cerrando puertas y tirando las llaves, como para no querer volver”.

Cuentan las crónicas que la película de Ignacio Vilar, nominada a los Goya como mejor guion adaptado, ha constituido un éxito de público sin precedentes en las pantallas gallegas. Ahora toca salir fuera y probar fortuna en salas de Madrid, Barcelona o el País Vasco. Es posible que gracias a ella más de un espectador vuelva a interesarse por la obra de Eduardo Blanco Amor, aquel amigo de Lorca cuya contribución a los Seis poemas galegos del granadino no ha quedado esclarecida del todo. ¿Se animará alguna editorial a poner otra vez La parranda en las librerías? ¿Podemos seguir permitiéndonos ese desconocimiento de lo creado en otra lengua pero ahí al lado?

Publicado en Escuela , 26 marzo 2015

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