Tragedia y tiempo

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La comedia es la suma de tragedia y tiempo. La frase de uno de los personajes creados por Woody Allen en Delitos y faltas (1989) se ha vuelto ya proverbial en el mundo del cine. El poder curativo del tiempo termina por atenuar el dolor, y permite que la vida prosiga su curso y que otros ojos sean capaces de hacer aflorar el sinsentido, lo absurdo, lo irrisorio. La organización terrorista ETA atenazó la vida de este país al menos durante los cuarenta y tres largos años que separan su primer asesinato, en 1968, del “alto el fuego permanente, general y verificable” proclamado en 2011. El drama de los más de ochocientos crímenes, las decenas de secuestros, la extorsión económica y la metódica persecución está todavía demasiado reciente. Un día, la propia televisión vasca empezó a satirizar el entorno etarra, y otro, los espectadores de una sala de cine se rieron a gusto con una parodia de la kale borroka en Ocho apellidos vascos. Tras aquellos primeros programas de ¡Vaya semanita! estaba Borja Cobeaga, el mismo que, junto a Diego San José, ha firmado el guion de la película más taquillera del cine español hasta el día de hoy. Cobeaga ha vuelto a la dirección con Negociador, una comedia sobre las conversaciones que el entonces presidente del Partido Socialista de Euskadi, Jesús Eguiguren, mantuvo en 2005 y 2006 con representantes de ETA en Ginebra y Oslo. Pero Negociador no es una comedia graciosa, ni hilarante, ni siquiera divertida. Es una comedia melancólica. ‘Bajonera’, en acertada definición de su autor.

A partir del libro escrito por Jesús Eguiguren y el periodista Luis Rodríguez Aizpeolea sobre el fallido proceso (ETA, las claves de la paz. Aguilar, 2011), Cobeaga ha escogido unos cuantos detalles y con ellos ha levantado esta película de modesta producción. En el libro se revelan los enmarañados circunloquios a que obligan dos posturas enfrentadas cuando existe alguna voluntad de aproximación. En medio de una prosa que con frecuencia se las tiene que ver con el barroco lenguaje de la burocracia reivindicativa, resulta curioso ir topándose con los elementos que Cobeaga toma prestados y con los que convierte en un relato agridulce la negociación entre un político voluntarioso, desaliñado y descuidado, y los enviados de una organización criminal. La película arranca en el momento en el que ese dirigente socialista que encarna Ramón Barea –Manu Aranguren, en la pantalla- se apresta a iniciar las conversaciones bajo la atenta mirada de un organismo internacional especializado en la resolución de conflictos. Como el libro, el filme recrea lo que sucedió después: la sustitución de Josu Urrutikoetxea por un implacable Thierry, la ruptura de la pactada hoja de ruta, la renovación de las amenazas, la mortal explosión en el aparcamiento de la T4 de Barajas, el asesinato del concejal socialista Isaías Carrasco en 2008, la detención del propio Thierry.

Que un negociador extravíe el móvil con el que debe informar a los representantes del Gobierno -como así sucedió-, o que el camarero español de un restaurante noruego confunda al etarra con un escolta y despotrique ante sus narices contra los terroristas, no deja de tener su gracia. Pero no conviene olvidar que el asunto que late bajo todo ello no tiene ninguna. Nos lo vuelve a recordar 1980, un documental dirigido por Iñaki Arteta sobre el año más sangriento en la mortífera trayectoria etarra. El año en el que, con 98 asesinatos y 22 secuestros, ETA alcanzó su cúspide sanguinaria. Aquí los protagonistas son las víctimas: guardias civiles, policías municipales, empresarios, militares, cuyos movimientos alguien delataba para que otros los sentenciaran a muerte ante la indiferencia de la mayoría. El documental relata aquel tiempo convulso a través del testimonio de familiares que perdieron a sus seres queridos. O que padecieron en carne propia el zarpazo terrorista. O a los que el pago de un rescate los devolvió a la vida.

La negociación con ETA fracasó. Los errores de la banda armada la condujeron por fortuna al abismo. La izquierda abertzale se desembarazó por fin de su tutela. Los comandos terminaron cayendo de uno en uno. Y un nuevo terrorismo, el yihadista, volvió todavía más anacrónica la violencia etarra. Es cosa de poca broma, pero, lo mismo que 1980 nos recuerda qué fue aquello y por qué no debemos olvidarlo, películas como Negociador abren la perspectiva para mirar aquel tiempo con otros ojos. Las dos son necesarias. Que la tragedia se convierta en comedia solo es cuestión de tiempo.

Publicado en Escuela, 8 abril 2015

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