Los secretos de la Rodoreda

rodoreda

Su risa. Una risa estridente, al decir de Josep María Castellet. Una sonrisa a medio hacer que estallaba, según Montserrat Roig, “en una sonora carcajada, como un pájaro en primavera”. “Una risa irrepetible, estridente, nerviosa, de niña audaz, risueña, quizás algo malvada”, en palabras de Inmaculada de la Fuente. Una risa, al cabo, tan sabiamente recreada por Vicky Peña en su magistral interpretación de Merçé Rodoreda en Un berenar a Ginebra (Una merienda en Ginebra), la película de Ventura Pons sobre la narradora catalana fallecida en 1983. Otra obra recóndita y secreta, cabe pensar. Otra obra condenada a pasar rauda por las escasas salas de cine de fuera de Cataluña en las que se proyectara tras su estreno, en el otoño pasado. Y, sin embargo, la alianza de su propio origen televisivo y el alcance universal de Internet la ponen a disposición de cualquier espectador interesado en adentrarse en el secreto mundo de la autora de La plaça del diamant o Mirall trencat.

Un berenar a Ginebra tiene su origen en el capítulo que Josep María Castellet dedicó a la Rodoreda en su libro de 1988 Los escenarios de la memoria. En él, el desaparecido pope de la literatura catalana evoca la figura de la escritora tomando como motivo central la visita que en 1973 él y su mujer, Isabel Mirete, le hicieron en su exilio suizo. Rodoreda había abandonado España a la caída de Barcelona en enero de 1939. Junto a su pareja, Armand Obiols (pseudónimo de Joan Prat), se refugió en París hasta que la llegada de los nazis en 1940 los obligó a huir y a encontrar acomodo en Orleáns, primero, y en Burdeos, después, antes de regresar a la capital francesa en 1946. Obiols y Rodoreda fijaron su residencia en Ginebra en 1951, cuando él empezó a ejercer como traductor de la Unesco. Luego, Obiols pasaría largas temporadas en Viena trabajando para la ONU, lo que les obligó a prolongadas separaciones que él sobrellevó, hasta su muerte en 1971, en la compañía de otra mujer.

Castellet viajó a Ginebra para asistir a unos anacrónicos Juegos florales que todavía se celebraban en el exilio y cuya participación como miembro del jurado le supondría, a su vuelta a Barcelona, una severa multa de 200.000 pesetas de la época, además de la retirada del pasaporte. Esa tarde ginebrina Castellet e Isabel Mirete se encuentran con una mujer de 65 años que vive sola, pero que únicamente la víspera ha cambiado de la placa de la puerta el nombre de su pareja por el suyo propio. Una mujer que ha conocido tardíamente el éxito literario con una novela, La plaça del diamant, escrita en el exilio en una lengua minoritaria; que periódicamente regresa a una Barcelona muy distinta de la que ella conoció antes de la guerra, y que no duda en sostener que la lengua es el alma de un país.

La película recrea aquella conversación. Un berenar a Ginebra se enriquece con las palabras que Merçé Rodoreda fue entregando a quienes la entrevistaron desde mediados de los años 60, y se enmarca en los conflictos con su marido, el hermano de su madre que era diecisiete años mayor que ella y del que se separará muy pronto; con su hijo, que, aquejado de una esquizofrenia paranoide, quedará en España y con el que solo se reconciliará en el lecho de muerte, y con Obiols, su pigmalión, el lector hipercrítico para quien únicamente decía escribir. “Ninguno sabía nada de ella. Siempre había ocultado su intimidad tras un muro que nadie había sobrepasado”, dice la voz en off del actor que encarna a Castellet. “A pesar de nuestra intimidad, nadie sabía al cabo apenas nada de ella, de su vida privada”, escribe el autor de Los escenarios de la memoria, que recuerda que a quienes ocultan su intimidad los ingleses llaman secretives. Dice también que no cabe ninguna duda de que, para la Rodoreda, la escritura era, de una manera consciente o no, una liberación de sus propios demonios personales. Al final de aquella merienda en la que nadie comió casi nada, Rodoreda temió haber hablado demasiado sobre sí misma y haber contado cosas “que rozan lo que nadie sabe ni sabrá”.

También en 1973 Montserrat Roig conversó con ella. Se encontraron en Barcelona y la entrevistó para la revista Triunfo. Más que la serenidad de su belleza o la tristeza de sus ojos, lo que de verdad inquietó a la autora de Tiempo de cerezas fue su sonrisa enigmática y distante. “Como si guardara celosamente toda una vida repleta de secretos que, transfigurados, afloran en su obra bajo la máscara de la poesía”. La sonrisa, la risa, los secretos de Merçé Rodoreda.

Publicado en Escuela (23 abril 2015)

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