Objetos con pedigrí

iconos

En alguno de aquellos artículos trufados de marcas comerciales que durante años escribió Juan Cueto empezamos a saber de la existencia de unas sillas, unas lámparas, unos muebles, que aparecían revestidos de un halo especial. Fue mucho antes de que una multinacional sueca de cuatro letras y de cuyo nombre no logro acordarme desembarcara en España con sus económicos muebles de minimalista diseño, y nos introdujera en el mundo de la librería Bill y de la mesa Lack. Aquellas de las que hablaba Cueto no eran como las sillas o las lámparas que teníamos alrededor y de las que no cabía esperar otra cosa que no fuera un resto de comodidad o una luz suficiente. En los artículos del periodista asturiano los objetos parecían ir siempre flanqueados por un signo de moderna admiración. Y, como las personas o las ciudades, tenían nombre. Se llamaban Charles Lounge, Barcelona, Eiffel o Tulip, y en algunos casos disfrutaban de denominaciones misteriosas con lejanas resonancias a películas de espionaje o a galaxias en guerra: LC4, DSW o EA 117.

A aquel mobiliario lo rodeaba un aura de cara accesibilidad, que hacía que solo pudiera contemplarse, con su orgullosa rúbrica de lujo y poderío, en ciertas casas y en algunos despachos o salas de reuniones. Frecuentando revistas de diseño, de interiorismo, nos familiarizamos con esos objetos y con los nombres de los arquitectos o los diseñadores que los habían creado. Descubrimos que en cada una de esas piezas –una máquina de escribir portátil, una lamparita, una cafetera, una silla de plástico, un grifo- estaba resuelto un desafío. Que la inteligencia práctica del ser humano había salido victoriosa otra vez. Algunos de esos objetos con pedigrí se exponen estos días en el Colegio de Arquitectos de Madrid.

Una grapadora, por ejemplo, es un elemento de uso cotidiano en el que ya no reparamos. En 1920 dos empleados de una fábrica de armas vasca, Juan Solozábal y Juan Olave, decidieron fundar su propia empresa para producir revólveres de una gran calidad. Tras las armas llegaron los primeros objetos de escritorio, y con ellos, en 1932, una grapadora, la M5, por cuyo interior la grapa debía desfilar “con la misma precisión que una bala por el cañón de un revólver”. La M5 se ha convertido en un clásico, como también lo son la aceitera antigoteo que en 1961 creó Rafael Marquina, el primer grifo por cuyo caño empezaron a mezclarse el agua caliente y la fría, la cafetera italiana de aluminio ideada en 1933 por Alfonso Bialetti o la máquina de escribir portátil de Ettore Sottssas, fabricada en 1969 en plástico moldeable. Objetos que han hecho la vida un poco más cómoda.

La exposición, titulada Vivir con un icono, es un repaso por la historia del diseño industrial del siglo XX. En 1925 el arquitecto húngaro Marcel Breuer se propuso una butaca que fuera a un tiempo ligera y resistente. De la combinación del cuero y los tubos de acero empleados en el chasis de las bicicletas nació la celebérrima Wassily, que por una vez no debió su nombre al de su creador, ni a ecos referenciales o misteriosos, sino a uno de sus primeros admiradores, el pintor Wassily Kandinsky. Las sillas, las butacas, los muebles en los que tomar asiento y descansar parecen un singular estímulo. Incluso en una exposición reducida como esta hay pruebas de sobra. No está la LC4, la chaise longue diseñada por Le Corbusier. Ni la Eames Plastic Side Chair, la primera silla de fabricación industrial realizada en plástico y diseñada en 1948 por los Eames. Pero sí pueden contemplarse las exuberantes formas de la UP 5 de Gaetano Pesce; la plancha metálica troquelada que da forma a la Pressed, de Harry Thaler; la silla de cartón arrugado concebida por Frank Gehry, o la íntima semiesfera de fibra de vidrio de Eero Aarnio.

A ese elenco de nombres exóticos vinieron a unirse un día la estantería Bill y la mesa Lack. En 1956 esa empresa sueca cuyo nombre no logro recordar diseñó una mesa, la Lövbacken, con forma de hoja, madera de álamo y tres patas. Ni la Bill ni la Lack, piezas a la postre sin pedigrí, están en la exposición. Pero sí la Lövbacken. Su diseño más bien anodino no justificaría esa presencia si no fuera por la revolucionaria decisión de dejar que el montaje de sus piezas, comercializadas en paquetes planos, corriera a cargo del comprador. Seguro que les suena. ¿Habrá alguien que en semejante tesitura no se haya acordado nunca del creador de IKEA? Hombre, ahora sí. Por fin me viene el nombre a la cabeza. Estará rondándome el espíritu de Juan Cueto.

 

Publicado en Escuela (16 abril 2015)

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