Vidas ajenas

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JAVIER SANZ

“Por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela”. Lo escribió Galdós en Fortunata y Jacinta, y Andrés Trapiello lo ha situado durante años en el frontispicio de esa extensísima novela en forma de diario que es su ‘Salón de pasos perdidos’. La novela de ese hombre, de esa mujer, es su biografía. El recuento de su vida real y de la imaginada. Durante mucho tiempo el mundo cultural español cargó con la acusación de rehuir el género biográfico. Nadie hoy podría suscribir esa tesis. La biografía goza ya de amplia aceptación. Hay editoriales que llevan décadas enarbolándola de una manera casi militante. Hay premios consagrados al memorialismo y al arte de narrar vidas ajenas. Y hay centros de investigación que desde la universidad tratan de desembarazarlo de la académica consideración de género menor. Solo en el intervalo de un par de meses han aparecido en castellano dos nuevas biografías sobre escritores españoles: Ramón del Valle-Inclán y Juan Marsé.

La mayor parte de las veces la biografía pivota sobre una existencia cumplida. Alguien de quien, además de su fecha de nacimiento, puede anotarse también la de su defunción. Las biografías dedicadas a escritores en activo son infrecuentes. Un escritor vivo es un sujeto escurridizo. Puede facilitarle la labor a su biógrafo o escamotearle su apoyo. En la pesquisa sobre su persona verá un peldaño en su proyección pública o una amenaza sobre un pasado envuelto acaso en neblina y confusión. Con un escritor desaparecido nada de eso sucederá. Espoleada por la curiosidad de saber qué se escondía tras la elección de la figura de la madre como privilegiada materia de la narrativa memorialística de Francisco Umbral, Anna Caballé acometió la tarea de indagar en la trayectoria vital de quien escribió Mortal y rosa o El hijo de Greta Garbo. De Umbral, no se sabía a ciencia cierta ni el lugar ni la fecha de su nacimiento, y casi ni sus dos apellidos. En Francisco Umbral, el frío de una vida (2004), Caballé indagó en un origen ilegítimo y concluyó que su obra literaria había que interpretarla como una “titánica lucha interior: la de un hombre que ha tenido que hacerse a sí mismo desde la nada, desde el vacío de un nacimiento incómodo y humillante que le arrojó de inmediato a una posición marginal”. Pese a haberlo tenido al alcance de la mano, Caballé no logró hacer pública la identidad del progenitor de Umbral. Solo Manuel Jabois lo conseguiría muy recientemente.

Si Umbral percibió pronto el calado de lo que se proponía Caballé y frenó su buena predisposición, Juan Marsé no puso reparos a que Josep María Cuenca lo escogiera como objeto de indagación biográfica. Tras un trabajo de seis años, el lector tiene a su alcance Mientras llega la felicidad. Ese volumen de 749 páginas es el recuento de una vida de confusos orígenes que el investigador logra desenredar para asombro del biografiado, ajeno a los verdaderos detalles de su entrega a sus padres adoptivos. Antes que otra cosa, es la novela de la formación como escritor de alguien al que el tiempo recompensará con miles de lectores y el Premio Cervantes.

Una biografía como la que ha escrito Josep María Cuenca es también la atalaya privilegiada desde la que asistir al nacimiento de cada una de las novelas de Juan Marsé. En una carta de diciembre de 1961 dirigida a Carlos Barral, por ejemplo, Marsé le informa de las clases de español que, al tiempo que trabaja en París en el Instituto Pasteur, les da a tres chicas francesas de buena posición social, pero con la cabeza repleta de mitos sobre la realidad española del momento. “Aunque no tengo nada planeado, me parece que de ese contraste de ambientes (los obreros de Pasteur de un lado, y del otro mis burguesitas alumnas de español) podrá salir algo interesante”. El lector, en esas líneas, está asistiendo al embrión de Últimas tardes con Teresa. Tampoco deja de haber hallazgos inesperados. Uno de ellos guarda relación con la amante de un ministro franquista, que protegerá y gustará de la compañía de poetas comunistas llamados a hacerse un hueco en la historia de la literatura española, y en la que ella misma quedará como personaje accidental de Francisco Umbral o como el trasunto de la protagonista de la novela de Manuel de Lope, Bella en las tinieblas. Decía Galdós que, por donde vaya, cada cual lleva consigo su novela. Como la de Galdós, la de Umbral o la de Marsé, la vida de esa mujer, María Rosa Campos Peñaranda, la Marquesa, está pidiendo a gritos una buena biografía.

Publicado en Escuela (30 abril 2015)

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