Un duelo

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No ha olvidado uno en labios de quién oyó por primera vez, hace ya treinta y cinco años, el nombre de Esther Tusquets, ni cuándo ni dónde leyó su primer libro, El mismo mar de todos los veranos, al que seguirían otras dos novelas de títulos no menos magníficos: El amor es un juego solitario y Varada tras el último naufragio. En Confesiones de una editora poco mentirosa (2005), la antigua dueña de Lumen cuenta que aquella primera obra la escribió, cuando estaba a punto de cumplir los cuarenta años, a hurtadillas, entre su despacho y su casa veraniega de Cadaqués, en medio de sus dos hijos pequeños, los amigos de sus hijos y los canguros de todos ellos. “Una, comprobé, puede escribir en cualquier circunstancia y en cualquier lugar”, anota. En abril de 2011, nueve meses antes de morir, Esther Tusquets aceptó la propuesta de Luis Goytisolo para participar en una de las sesiones que, en torno a la Barcelona de los años 60, organizó la Fundación Mapfre en su nueva sede madrileña del Paseo de Recoletos. Tusquets parecía cansada, despreocupada o quizá incapaz ya de hilar una disertación prolongada, por lo que al poco de tomar la palabra le empezó a reclamar a su amiga Ana María Moix que le formulara preguntas con las que proseguir su intervención. Esther Tusquets falleció en julio de 2012, a los 75 años. Y solo un poco después, en febrero de 2014, lo haría Ana María Moix. La parca empezaba a ensañarse con la gauche divine.

 

Cuando murió su segundo marido, para consolar a su hija de 16 años por la pérdida del padre, Esther Tusquets le contó un cuento en el que el soberano de un remoto imperio convocaba a los sabios del reino para pedirles una frase que poder invocar en cualquier circunstancia. Tras largas reflexiones, los sabios comparecieron ante el emperador para comunicarle su hallazgo: ‘También esto pasará’. Una frase repleta de inteligencia y digna de dar título a un libro. Milena Busquets, aquella niña que deambularía junto a sus amiguitos por la casa de Cadaqués en la que su madre acometía El mismo mar de todos los veranos, ha escrito ahora una novela que luce en lo alto aquella frase de los sabios del cuento.

 

También esto pasará nace del dolor por la pérdida de la madre. Una madre que era escritora, que tenía una barca llamada Tururut y una perra que respondía al nombre de Patum, que no sucumbió hasta muy tarde al vicio de la mentira, que fue una mezcla de bruja burlona y hada patosa y que pidió que en su entierro en el cementerio de Cadaqués sus amigos poetas y escritores no quebraran con sus elogios fúnebres un silencio que, según las crónicas y recoge también la novela, solo rompió el exabrupto de uno de los operarios que cerraban el nicho de Portlligat. Una madre de ficción tras la que se percibe la sombra cierta de Esther Tusquets.

 

La narradora de También esto pasará, madre cuarentona de dos hijos, algo más que amiga de sus dos ex maridos y amante de un hombre casado, narra su duelo en medio de unas vacaciones con amigos en Cadaqués, en el paisaje de los veranos de su infancia. De forma periódica, hace un aparte en la narración para dirigirse a su madre muerta, con la que mantuvo una relación estrecha y, en ocasiones, asfixiante. En un texto en el que el deseo y el sexo gozan de una enorme presencia, la narradora no deja de evocar con pinceladas su pertenencia a una familia de la burguesía ilustrada barcelonesa de los años sesenta y setenta. Familias acomodadas y liberales en las que los hijos debían esforzarse por atraer la atención de unos padres más pendientes de una vida hedonista y confortable, partidaria a su vez de superar las rigideces morales de una dictadura decadente. En las páginas de Costa Brava Show (1966), y en medio de las fotografías de Miserachs, Manuel Vázquez Montalbán acertó a definir a ese grupo selecto como “una sociedad sin demasiadas reglas, presidida por una escala de valores fundamentalmente estéticos, que valora la conversación de ingenio, la pintura figurativa y el pan tostado con aceite y ajo”. Un año más tarde, en las páginas de Tele-eXprés, Joan de Sagarra troquelaría el nombre con el que se los habría de conocer: la gauche divine.

 

La novela de Milena Busquets es la superación de un duelo que termina con una chaqueta de lana azul grisácea en la tintorería. De soslayo, supone también un repaso al legado más personal de una parte de aquella izquierda divina que con sus películas, sus fotografías, sus cómics y sus libros pugnaron, a su modo, por una sociedad más libre.

 

 

Publicado en Escuela (7 mayo 2015)

 

 

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