Del blog, al libro

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Un código lingüístico común es casi lo único que se requiere para que un texto confiado a internet pueda ser leído en cualquier lugar del mundo. Las ideas estructuradas en forma de artículos o ensayos carecen ya de otras fronteras que no sean las idiomáticas. El libro de papel es incapaz de competir en alcance geográfico con un escrito sometido al albur de la Red. Pero, en estos tiempos de comunicación instantánea, el libro, ese objeto tan sumamente frágil, sigue siendo un fetiche cultural, el signo de la respetabilidad literaria.

Desde hace tres años y con precisión semanal, Jaime Fernández viene publicando un blog sobre literatura denominado En lengua propia’. Son entregas que requieren de una lectura tranquila. En un reportaje, el periódico del día analiza los cambios que el móvil y otros dispositivos electrónicos están introduciendo en el acto de leer. Las más de las veces, el resultado es superficial, fragmentario, promiscuo. Los ensayos de Jaime Fernández pueden leerse en la pantalla del ordenador, de la tableta, del teléfono móvil. Pero no parece que esos sean su lugar idóneo. El libro de papel, el viejo amigo sobre el que tantas amenazas se ciernen, se antoja un espacio mucho más adecuado para esa lectura sosegada. En un tiempo de transición como este, en el que conviven lo digital y lo analógico, no resulta demasiado extraño que algunos textos que vieron la luz por primera vez en una pantalla terminen por adquirir la corporeidad física del vetusto volumen de papel. A lo largo de estos tres años, ‘En lengua propia’ ha acumulado ya 110 entradas y registrado más de cien mil visitas. Todo un éxito. Escrito desde Madrid, países como México, Argentina, Colombia o Estados Unidos se disputan con España los primeros lugares en la procedencia de sus lectores. Es, no cabe duda, un blog con muchos seguidores y un extenso radio de influencia. Ahora acaba de dar el salto al papel. A cualquier nativo digital se le antojará un salto hacia atrás. El resto lo celebrará. El poeta que prefería ser nadie, aparecido en el sello Hermida Editores, recoge una veintena de esos artículos que en la lectura vertical de las pantallas pueden parecer infinitos y que en la acogedora superficie del papel encuentran su emplazamiento natural.

En El poeta que prefería ser nadie, un título que toma como referencia el trabajo dedicado a Robert Walser, el autor de Los hermanos Tanner o Jakob Von Gunten, que vivió durante largos años recluido en clínicas psiquiátricas y que un día de 1956 apareció muerto sobre la nieve, Fernández se rebela contra el abusivo y equivocado uso de Bartleby como prototipo de quien abandona la práctica de la escritura; aborda los tres grandes enemigos del libro: la ignorancia, la censura y el fuego; habla de cómo el retorno de los vivos a quienes se daba por muertos resulta, desde la Odisea y pasando por El coronel Chabert, de Balzac, un motivo recurrente en la literatura, o analiza la correspondencia entre Franz Kafka y su prometida Felice Bauer, para concluir que, a diferencia de Chéjov, quien aseguraba estar casado con la medicina y tener a la literatura como amante, el autor de El proceso carecía de otro compromiso que la escritura y era “monógamo con todas las consecuencias”.

Como su blog, el libro de Jaime Fernández es un prodigio de lecturas, de citas sabiamente escogidas y bien hiladas, de inteligencia puesta al servicio del pensamiento literario. Junto a Robert Walser, Franz Kafka o Fernando Pessoa, aparecen de una forma tan reiterada que no puede ser sino fruto de la devoción escritores como Proust, Flaubert o Cervantes, los grandes cuyo genio no se discute. Los buenos ensayos que tienen a la literatura como objeto de análisis deben infundir en el lector el deseo de acudir a los libros de los que hablan, para confrontar puntos de vista, para descubrir nuevos autores pese a que siempre hayan estado ahí o para volver a los que por perezosa desdicha hace tiempo que no se frecuentan. El poeta que prefería ser nadie está lleno de sugerencias, de pistas, de propuestas que no conviene desaprovechar. Además, sobre otros libros parecidos, este tiene una ventaja notable: si sus diecinueve ensayos le saben a poco, el lector siempre puede acudir al blog de internet en el que nacieron y encontrar otros muchos textos no menos inteligentes y brillantes que estos.

Con tantas virtudes como ha demostrado a lo largo de los siglos, el libro de papel también tenía que tener algunas limitaciones.

Publicado en Escuela (28 mayo 2015)


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