Ojos de Chema Madoz

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Los objetos deben de tener una vida propia. Una vida, para nosotros, desconocida y ajena. De la misma manera que Manuel Mújica Lainez (1910-1984) dejó escrito cómo, al cerrar el Museo del Prado sus puertas y alejarse sus últimos visitantes, los personajes que pueblan sus cuadros cobran vida y se desperezan y descansan de las posturas a las que los condenaron los artistas que los pintaron hace siglos, cabe sospechar que también los objetos dispongan de una vida secreta que solo se vuelve a activar cuando levantamos la vista de ellos y dejamos de reparar en su presencia. Si en los relatos del escritor argentino los pasillos de la pinacoteca madrileña se convertían, al caer la noche, en un variopinto conciliábulo, es de temer que algo parecido ocurra con los objetos que pueblan el estudio del fotógrafo Chema Madoz.

Como inventor de ficciones, Mújica Lainez tuvo el privilegio de asistir a esos zafarranchos protagonizados por dioses y reyes, bufones, hormigas y faraones, que luego plasmó en Un novelista en el Museo del Prado. Como él, también Chema Madoz debe de contar con alguna prerrogativa especial para presenciar y congelar esa vida secreta que al resto de los mortales se nos oculta. Cuando nadie se percata de ellos, los objetos se procuran extrañas compañías, protagonizan extravagantes acciones, favorecen insólitos hermanamientos semánticos. Un caballito encabritado juega a soltarse de las riendas con las que se anuda un severo zapato de caballero. Las manos de un maniquí extraviado convierten en palabras las gomas elásticas del juego infantil. Una nube algodonosa se posa sobre el tronco de un árbol para convertirse en su copa. Un dardo violento prende en la pared una delicada mariposa. Una serpiente zigzagueante luce en su boca un amenazante plumín. El sol adopta la forma de un transportador de ángulos antes de ocultarse en el horizonte del mar. Y un ojo nos mira desde su envoltorio de caramelo… Quizá los objetos tengan vida propia. Pero hay que tener el ojo de Chema Madoz para descubrirlos en su asueto, en medio de sus juegos, durante la metamorfosis traviesa por la que un cinco de picas florece sobre unas ramas desnudas, se perfila una cometa voladora sobre un cielo estrellado o se transforma en una hucha una mano pedigüeña.

Madoz ha regresado a las salas de exposiciones, y lo ha hecho con abundante material nuevo. Las reglas del juego, que estará abierta en la Sala Alcalá 31 de la Comunidad de Madrid hasta el 2 de agosto, recoge el trabajo realizado entre 2008 y 2014. Premio PHotoEspaña 1998, Premio Nacional de Fotografía en el 2000 y Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid en 2012, la obra de Madoz lleva años poniendo a prueba la capacidad de sorpresa del espectador y superándose a sí misma en cada nueva propuesta. El concepto fotográfico que le ha abierto el paso en museos y colecciones de renombre, ese por el que se ha hecho extremadamente popular y por el cual la sombra de un cuchara se convierte en un tenedor, la veta de una tabla hace las veces de la llama de una cerilla o una copa de vino dibuja el pubis de una mujer vestida de blanco, parecía llamado en algún momento a debilitarse, a dar lógicos signos de agotamiento. Por el contrario, Las reglas del juego, y pese a que no dejen de encontrarse obras con resoluciones no muy alejadas de algunas ya conocidas, revela la enorme vitalidad creativa de este aventajado heredero de la poesía visual de Joan Brossa (1919-1998). Y como el genial poeta, dramaturgo, cartelista y amante del circo y la magia, Madoz amplía ahora su campo de acción hacia la palabra escrita. Así, vocablos orientales cuelgan de un árbol como las hojas de un sauce llorón; la palabra ladrillo se extiende de forma repetida sobre la superficie de un muro; las rayas de una corbata advierten de que no se debe cruzar la línea, o unas hélices de avioneta se convierten en la representación de los cuatro puntos cardinales.

Como las tres Gracias de Rubens, el velazqueño Pablillos de Valladolid o las Inmaculadas de Murillo en las de Mújica Lainez, en las manos de Chema Madoz los objetos se resisten a vivir las vidas para las que fueron creados y se divierten mezclando sus significados. Solo entonces puede la sutileza del piano sostenerse sobre un bate nacido para el béisbol, retroceder hasta la época de los cartones de organillo la anticuada música de un Lp o convertirse un muñeco de acupuntura en un doliente San Sebastián. Quizá haya que volver a mirar los objetos con otros ojos. Los ojos de Chema Madoz.

Publicado en Escuela (21 mayo 2015)

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