Una aterradora venganza

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Desde el primer segundo de la representación, ese que sucede al sonido de la campanilla con la que en el Teatro de la Abadía se advierte del comienzo inminente de la obra, Medea no es sino un grito desgarrado que parece no tener fin. De lo alto de ese espacio escenográfico entenebrecido, territorio yermo de barro o lava bordeado por un cortinón de flecos, desciende la voz del corifeo que recita un fragmento de la Teogonía de Hesíodo e introduce al espectador en el origen mítico del cosmos y en la inabarcable genealogía de los dioses griegos. Tan pronto como esa Medea vestida de negro y a la que da vida Aitana Sánchez-Gijón salga a escena, no tardará en convocar al caos sombrío de la noche eterna, a los manes despiadados, al señor del reino triste. A esas furias vengadoras revestidas de teas y serpientes, les pide que escuchen sus lúgubres palabras y se apresten a dar muerte no solo a su marido, sino también a su nueva esposa, Creúsa, por la que Jasón la ha abandonado, y al padre de aquella, Creonte, rey de Corinto. “Mi mente está tramando un crimen fiero, ignoto, pavoroso, que hará temblar al cielo y a la tierra”, escribe Séneca en la versión de Valentín García Yebra, que no es la empleada por el director de este montaje, Andrés Lima, obra de Jesús Moreno Luque.

Medea, la princesa enamorada, la maga que había ayudado a Jasón a sortear todo tipo de riesgos para hacerse con el codiciado Vellocino de Oro; la que se exilió con él en Corinto después de que su marido no obtuviera el prometido trono de Yolcos; Medea, la mujer traicionada, anuncia su terrible venganza: “Corazón, monta en cólera! ¡Vístete de furor para esta ruina!”. El trabajo actoral de Aitana Sánchez-Gijón es estremecedor. Con su cuerpo y sobre todo con su voz desgarradora, sabe transmitir toda la furia, todo el arrebatado dolor de esa esposa repudiada y de esa madre capaz hasta de la mayor de las crueldades si sirve para resarcirse de la afrenta sufrida. “¿Esta función es lo mejor que ha hecho nunca Aitana Sánchez-Gijón?”, se preguntaba Marcos Ordóñez en las páginas de Babelia. “Yo diría que sí. De todos sus trabajos es el que más me ha tocado, fascinado, atravesado”, se respondía el crítico barcelonés.

Andrés Lima, que hace también las veces de Creonte y de Jasón, trufa la obra con aportaciones de otros dramaturgos que, al igual que el romano Séneca, siguieron a lo largo de la historia los pasos del personaje fijado por Eurípides, como Jean Anhouil, Heiner Müller o Robert Graves, entre otros. “¡Solo hallaré reposo si veo al mundo perecer conmigo! ¡Piérdase todo, ya que estoy perdida!”, dice la Medea de Séneca, antes de saber el amor que Jasón profesa a los hijos de ambos y en encontrar en esa devoción filial el motivo propicio en el que acrecentar sin límites el sufrimiento. Medea deja a su paso un entorno devastado. Su sed de venganza se había probado antes en el cuerpo del rey Pelias, quien había perseguido la muerte de Jasón al enviarlo tras la dorada piel del carnero. La maga Medea engañó a las hijas de Pelias haciéndolas creer que, si descuartizaban a su padre y lo cocían en agua hirviendo, el viejo rejuvenecería. La demostración realizada con una oveja muerta no surtió efecto con el tiránico tío de Jasón. Probada su crueldad, Medea ya no conocerá freno. Una Aitana Sánchez-Gijón embadurnada de brea, plumas y potingues de hechicera envía su regalo mortífero a la nueva mujer de Jasón. Creúsa y su padre, Creonte, perecerán en el incendio de su palacio. La muerte camina entonces hacia los dos vástagos de Medea y Jasón: “Hijos que fuisteis míos, los crímenes paternos castigaré en vosotros!”.

Medea es una producción del Teatro de la Ciudad, la conjura de tres de los nombres más destacados del teatro de hoy: Miguel del Arco, Alfredo Sanzol y Andrés Lima, nacida al cobijo protector del madrileño Teatro de la Abadía, que hace veinte años levantó la mano experta de José Luis Gómez. Hasta mediados de junio, la representación de la obra de Séneca se alternará sobre las tablas con Antígona (dirigida por Miguel del Arco) y Edipo Rey (en versión de Alfredo Sanzol). Además, de jueves a sábado, el otro escenario de La Abadía se convierte en territorio en donde tomar una copa y presenciar un espectáculo complementario a las tres tragedias. Quien acuda, acaso se encuentre en medio de un coloquio con los directores de las obras o en un pequeño concierto del Coro de Jóvenes de Madrid, esas voces que resuenan en medio de la cruel, de la aterradora venganza de Medea.

Publicado en Escuela (14 mayo 2015)


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