Cosas que no cambian

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Nada hay tan parecido a una edición de la Feria del Libro de Madrid como otra edición de la Feria del Libro de Madrid. Durante dos semanas, el Parque del Retiro se aboca a un desfiladero delimitado por casetas repletas de papel impreso. En los días y horas de mayor afluencia, ese estrecho paso lo transita un gentío apiñado casi hasta la asfixia. Parece un escenario digno de fiesta mayor, de devota romería pagana en la que en cualquier momento podría avistarse el estandarte con la imagen del santo milagrero local. Es el mismo paseo del mismo parque, las mismas casetas de otros años e idéntica la multitud indiferenciada que cambia de lugar su paseo dominical y se debate en la duda de si adquirir o no ese libro que parece de tanto interés.

Y, sin embargo, todas las Ferias del Libro de Madrid son diferentes. Cada año las imprentas vuelcan aquí su cargamento y los títulos se renuevan sin remedio. Los que ayer olían a tinta fresca han perdido ya su aroma, y cedido a otros más recientes el lugar de privilegio en el que reinaron de una manera efímera. Con la velocidad a la que todo transcurre en nuestros días, los más veteranos se habrán convertido ya en papelote o amarillearán a bajo precio sobre los tablones de los baratillos. Cambian los libros y se turnan también quienes los escriben. Los que no hayan publicado uno esta temporada esperarán para regresar luego con más brío de la mano de la novedad. Otros muchos se llegarán hasta aquí con la ilusión de la primera vez y, acaso, con la mala suerte de ver escrito su nombre cerca de la del autor consagrado cuya sola presencia provoca largas esperas que avivan el espíritu mercantil de los libreros.

Es la misma feria siempre, y cada vez es una distinta. Todos los años se adorna con la obra gráfica de algún artista de renombre. Pese a que no siempre el prestigio da en la diana, aún están recientes los tiros de Ana Juan, Alberto Corazón, Chema Madoz o Juan Gatti. Esta vez los mentideros no se han visto obligados a medir sus palabras a la hora de juzgar el cartel. Su autor es uno de los más grandes ilustradores del momento. Antes de que la feria llegara a su tercer día, la imagen de esa mujer felizmente asaeteada mientras sujeta con sus brazos un libro había agotado su primera tirada y dejado a la espera de una reimpresión a los muchos admiradores de Fernando Vicente.

El listón sigue muy alto. Pero, si está dispuesta a mantener así de elevada su imagen gráfica, la Feria debería ir pensando en reclamar pronto a otro ilustrador no menos genial: Francesc Capdevila, Max. Méritos, ha hecho unos pocos. Durante 349 semanas, es decir, seis años y ocho meses, Max ilustró las notas sobre el mundo editorial que Manuel Rodríguez Rivero publica en las páginas de Babelia , el suplemento cultural de El País. Una vez roto ese matrimonio libre y abierto del que habla en el prólogo el responsable de los textos del ‘Sillón de orejas’, Max ha recogido una selección de esas ilustraciones en un libro titulado Cien sillones y pico, cuya tinta aún puede manchar. Busco entre sus páginas la que un día se convirtió en mi preferida. No la veo. No importa. Constaba de cuatro viñetas. En las dos primeras, alguien reparaba en un ejemplar expuesto en el escaparate de una librería, de la que se marchaba con el volumen envuelto y pegado al pecho, temeroso de que alguien pudiera arrebatárselo. Liberado de su protección, el libro resplandecía en la tercera de una manera especial. En la última, el lector se entregaba al periódico del día. Depositado en su anaquel, el codiciado libro podía esperar. Las cuatro estampas daban forma a la cita de Manuel Azaña que Rodríguez Rivero incluía en su artículo: “El verdadero aficionado a los libros sabe que el placer concluye con su adquisición; mejor dicho, que la delicia suprema consiste en tener el libro a nuestro alcance, en saber que es posible leer en él… y luego no leerlo”.

Como siempre sucede, más de uno y más de dos no podrán resistirse a la tentación que ejerza sobre ellos tal o cual libro y se lo llevarán a casa en una bolsa de papel con el dibujo de Fernando Vicente. Y como en la viñeta de Max y si su afición merece tal nombre, depositarán el ejemplar junto a otros que aguardan resignados a que llegue el día de su lectura. Algo que nadie ignora cuando se regresa por enésima vez a la Feria del Libro de Madrid. En su inmutabilidad, la Feria puede ser otra siendo al tiempo la misma. Los aficionados a los libros lo saben. Como también saben que hay cosas que nunca cambian.

Publicado en Escuela (4 junio 2015)


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