Querido diario:

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En una de sus Cartas a Lucilio, Séneca (Córdoba, 4 a. C. – Roma, 65 d. C.) accede a la petición que le hace su amigo de que cuente cómo transcurre una de sus jornadas. “Juzgas bien de mí al pensar que en ellas nada tengo que ocultar. Ciertamente, hemos de vivir como si nos hallásemos en público, meditar como si alguien pudiese escudriñar en lo profundo de nuestro corazón, y de hecho puede hacerlo. Pues, ¿de qué aprovecha que algo permanezca escondido a los hombres”, escribe el filósofo hispanorromano antes de darle cuenta de la sobriedad de las costumbres de un hombre de 63 años: lectura, descanso, almuerzos frugales, baños de agua fría y algo de actividad física. Y añade: “Nos vuelve muy defectuosos el hecho de que nadie toma en consideración su vida; discurrimos sobre lo que hemos de hacer (…), pero no consideramos lo que hemos hecho”.

Un diario es una anotación más o menos continuada y regular de aquello que para el diarista es más relevante de su vida cotidiana. Así es como Anna Caballé, profesora titular de Literatura Española en la Universidad de Barcelona, define una práctica cultural que, según Philippe Lejeune, podría tener su más remoto precedente en la carta 83 que Séneca le envía a Lucilio. Caballé es, probablemente, quien más atención ha prestado entre nosotros a la literatura autobiográfica, sobre la que ya giró su tesis doctoral. En 1994 puso en marcha la Unidad de Estudios Biográficos, con el objetivo de rescatar, preservar y estudiar ese tipo de escritura. Desde entonces, además de haber impulsado una revista, Memoria, y de dirigir los cuatro volúmenes que componen La vida escrita por las mujeres, ha dado a la imprenta algunos libros decisivos, como las biografías de Francisco Umbral y Carmen Laforet.

Bajo el sello de la Fundación José Manuel Lara, acaba de aparecer su más reciente contribución al estudio del diarismo español: Pasé la mañana escribiendo, un título tomado de los cuadernos de Zenobia Camprubí, la mujer de Juan Ramón Jiménez. El libro está llamado a convertirse en un referente indispensable para quien se interne por este subgénero biográfico. En las primeras setenta páginas, Caballé aborda la interrelación entre filosofía, intimidad y diario, para a continuación analizar su ejercicio en España e intentar esclarecer conceptos como diario, dietario, diario personal o diario íntimo. Luego, pasa revista a casi setenta practicantes del género, así como a algunos conceptos fundamentales. Y lo hace en forma de un diccionario que arranca con el término ‘Adolescencia’ y culmina con la entrada dedicada a Luis Felipe Vivanco. Entre medias, nombres lejanos como Cristóbal Colón, Teresa de Jesús o Ignacio de Loyola; palabras como blog, censura, destrucción, hábito o identidad, y autores más cercanos en el tiempo como Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, Miguel Sánchez-Ostiz, José Carlos Llop, José Luis García Martín o Andrés Trapiello.

De todos, aunque quizá en dura competencia, es Trapiello quien más lejos ha llevado la práctica continuada de este género. A día de hoy, ha publicado dieciocho de sus diarios, bajo el título común de Salón de pasos perdidos y la acotación de ‘Una novela en marcha’. Trapiello repite siempre que puede que estos libros los escribe como diarios y se publican luego como novelas. Frente al escritor leonés, que reivindica el carácter ficcional de sus textos, Caballé disiente del giro introducido por el autor de El gato encerrado o Miseria y compañía y echa en falta una mayor intimidad en los diarios españoles. La profesora habla de que en las últimas décadas se ha producido una “apropiación literaria” del género, de tal modo que muchos diarios se escriben ya con la idea de verlos publicados. Con palabras de la escritora alemana Christa Wolf, Anna Caballé recuerda que, históricamente, la aspiración del diario no ha sido la literatura, sino “evitar la pérdida continua e incontenible del ser”. Bajo su punto de vista, son los sentimientos y las emociones los que en la escritura de un diario determinan “el sentido e intensidad de las anotaciones”. Y, por eso, no deja de ver en la elaboración estilística un freno a la impresión de autenticidad que el lector esperaría encontrar.

Como quiera que sea, cuando los diarios de Trapiello o García Martín asoman por las librerías no tardan en convertirse en la comidilla de muchos. Y, con más o menos dosis de ficción, y con más o menos mala leche, nos dan cuenta, igual que Séneca a Lucilio, de cómo transcurren sus días.

Publicado en Escuela (18 junio 2015)


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