El poder de una imagen

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Esa imagen, la de esas grandes columnas humanas que huyen en busca de una vida mejor, la hemos visto muchas veces. Es la de ese tren de mercancías conocido como ‘La bestia’, ‘El tren de la muerte’, ‘El devorainmigrantes’, que cruza México de sur a norte y que se adentra en EEUU con cientos de inmigrantes clandestinos que han asumido el riesgo cierto de ser robados, secuestrados o asesinados en cualquier punto del trayecto. Es la misma estampa de las barcazas repletas de inmigrantes africanos que, escapando de la guerra o la miseria, se encomiendan a gente sin escrúpulos para cruzar el Mediterráneo y tratar de llegar a cualquier apeadero, Lampedusa o Malta, de la próspera Europa. Hemos visto cientos de pateras tratando de alcanzar las costas andaluzas desde algún puerto marroquí. O a miles de subsaharianos intentando burlar a la policía española desde lo alto de las casi inexpugnables vallas levantadas en Ceuta y Melilla. Y también nuestros ojos están llenos de imágenes con largas filas de ataúdes de quienes perecieron a las puertas del destino soñado.

A lo largo del siglo XX hemos contemplado muchas escenas similares. Gente huyendo de los bombardeos en la antigua Yugoslavia, como antes otros cientos de miles habían escapado del terror nazi, del totalitarismo soviético o de las ejecuciones del victorioso ejército franquista. En nuestras retinas está la estampa del enorme éxodo de republicanos que en 1939 huyeron a pie, en trenes o en camiones, de una Cataluña a la que no tardarían en llegar las tropas del dictador. Aún nos siguen estremeciendo las fotografías de ese millón de refugiados republicanos que escaparon de la muerte por la frontera catalanofrancesa. Cargados apenas con otras pertenencias que mantas y ropas de abrigo con las que soportar las penurias invernales, al otro lado de los Pirineos los esperaba la indiferencia de los vecinos franceses a cuyos pueblos eran conducidos y los inclementes campos de refugiados levantados sobre playas como la de Argelès-sur-Mer. Robert Capa, que nos dejó su testimonio gráfico, habló de un “infierno sobre la arena”.

Esas mismas hileras de gente alejándose de la destrucción, el hambre y la falta de libertad se han vuelto a repetir estos días en el corazón de la vieja Europa. Esta vez no son exiliados españoles, ni judíos, ni subsaharianos. Hoy son refugiados sirios, pero también iraquíes, afganos o iraníes, que tratan de dejar atrás la violencia en la que han quedado sumidos sus países. Han cruzado Europa a pie, en trenes que se detenían a mitad de su recorrido o en autobuses fletados por países como Hungría, para los que constituían una amenaza. La respuesta de las autoridades europeas a una crisis migratoria de una magnitud desconocida desde la II Guerra Mundial ha sido de una parsimonia exasperante. Las fotografías han mostrado multitudes que atravesaban caminos y carreteras, policías que no dudaban en agredir a un padre con su hija sobre los hombros, pequeños con chalecos salvavidas saliendo del mar. Tristemente, ha sido otra imagen la que ha terminado por hacer reaccionar a nuestros gobernantes: la del cuerpo sin vida de Aylan Kurdi, el niño sirio de tres años que murió ahogado en un naufragio y cuyo cuerpo fue encontrado en la orilla de una playa turca. Esas sobrecogedoras fotografías, que los periódicos han abordado con una suerte de elegante debate moral digno de mejor causa y que ha llevado a alguno a relegarla de su portada para no herir la sensibilidad de sus delicados lectores, ha tenido la virtud de remover las conciencias. El primer ministro inglés, David Cameron, que hasta ese momento había hecho gala de un enorme desapego por el destino de los migrantes sirios, ha terminado por mostrarse afectado. “Como padre, me he sentido profundamente conmovido”, dijo después de que esa dramática estampa recorriera el mundo entero. Tampoco el presidente español se ha caracterizado por su sensibilidad, pero, a estas alturas, las carencias de Mariano Rajoy y los suyos nos son ya bien conocidas. “Si estas extraordinariamente poderosas imágenes de un niño sirio varado en una playa no cambian la actitud de Europa hacia los refugiados, ¿qué lo hará?”, se preguntaba el periódico inglés The Independent.

Frente a esos burócratas sin alma, muchos Ayuntamientos se han apresurado a ofrecerse como lugares de acogida. Algunos de esos exiliados sirios, iraníes, iraquíes o afganos que han entrado a lo largo de estas semanas en Europa llegarán pronto a nuestro país. Confiemos en estar a la altura.

Publicado en Escuela (10 septiembre 2015)

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