Un duelo en un país contradictorio

francisco goldman

Francisco Goldman no podrá olvidar jamás aquel verano de 2007 en el que una ola asesina quebró la columna vertebral de su esposa. Aura Estrada, una joven promesa de las letras mexicanas con la que ni siquiera hacía dos años que se había casado, quedó postrada en las playas de Mazunte, en Oaxaca, a orillas del Pacífico, cuando la devolvió inerte el mar sobre el que su cuerpo había estado deslizándose. Goldman, un veterano reportero y narrador que desde la arena contemplaba las evoluciones de Aura en el mar, se sumió a partir de ese día en un insondable pozo de dolor, acrecentado aún más por las acusaciones de irresponsabilidad formuladas por la familia de su mujer. De la necesidad de dar cauce a ese trágico desconsuelo nacería una novela, Di su nombre.

Lejos de disiparse, el duelo le hizo revivir la angustia que lo había llevado durante los primeros seis meses sin Aura a un estado de embriaguez permanente. Hijo de un judío estadounidense y de una guatemalteca católica, Goldman seguía alternando su residencia en México DF con su apartamento en Nueva York, en el que paraba cuando su trabajo como profesor en el Trinity College de Hartford, Connecticut, se lo permitía. El DF había sido para él un espacio de calma entre los dos países en los que había transcurrido su vida, EE UU y Guatemala. Colaborador de prestigiosas revistas, pensó en abandonar Ciudad de México y buscar refugio en algún lugar en el que no hubiera vivido nunca, como terapia con la que intentar superar su traumático duelo. Cuando le atenazaba esa idea, se respondía que tal vez la solución fuera la opuesta: quedarse y aferrarse aún con más fuerza a la ciudad. “Quizás”, se dijo, “esa fuera la manera de aprender a vivir en el DF sin Aura”. Un día, y llevado por la necesidad de romper la inercia en la que se encontraba, tomó una decisión insólita. Aprender a conducir entre el tráfico infernal de una ciudad como la capital mexicana podría ayudarle a superar su conflicto. Acostumbrado a los coches automáticos, manejar uno de marchas y en un escenario sin reglas como el del Distrito Federal se le antojó algo parecido al remedio que perseguía.

Es la historia de un hombre roto por el dolor de la pérdida, “dominado por el duelo y por el agotador solipsismo que este conlleva”

El circuito interior (Turner) da cuenta de ese proceso. Según confiesa, es la historia de un hombre roto por el dolor de la pérdida, “dominado por el duelo y por el agotador solipsismo que este conlleva”, y determinado a encontrar la salida de ese dolor. Pero El circuito interior es bastante más que el relato de un aprendizaje fallido. Constituye, sobre todo, un viaje a las profundidades de un país atenazado por la violencia, la corrupción y el narcotráfico, las tres palabras con las que se conjuga una existencia cotidiana a la que, pese a todo, aún parece escapar en alguna medida el DF. A un tiempo, el libro es un texto memorialístico circunscrito a unos pocos años y un curso acelerado sobre la idiosincrasia mexicana y su relación con la muerte, la misma que lleva a unos niños pequeños a celebrar una festividad escolar con la representación de un esqueleto de cartulina que lleva su propio nombre

Esa indagación ocupa, en realidad, la mitad del libro. La otra es una crónica sobre la muerte de unos jóvenes secuestrados por los narcos, a la salida a plena luz del día de un afterhours en el conflictivo barrio de Tepito. El 26 de mayo de 2013, al final de una fiesta que había arrancado antes del amanecer y en la que la música cesó de repente, siete varones y cinco mujeres de entre dieciséis y treinta y cuatro años desaparecieron a manos de un grupo de hombres encapuchados que los encañonaron y los hicieron subir en tres camionetas. Los cuerpos de los doce jóvenes, más el de otro cuya ausencia nadie había denunciado, fueron hallados mutilados, tres meses después, en una fosa clandestina. La segunda parte del libro de Goldman reconstruye esa investigación, en tantas cosas relacionada con la masacre de los 43 estudiantes de Magisterio desaparecidos en Ayotzinapa en septiembre de 2014 y que solo ahora empieza a resolverse.

“¿Cómo definiría hoy a México?”, le preguntaba hace unas semanas al antropólogo mexicano Roger Bartra el periodista español Pablo de Llano, amigo de Goldman y al que este acompañó en las investigaciones periodísticas sobre los jóvenes de Tepito. “Yo diría que es indefinible”, respondía Bartra: “Es un país lleno de contradicciones, de estratos antiguos que coexisten con formas modernas y hasta posmodernas, un conglomerado caótico de distintas épocas”.

Por entre las estremecedoras páginas de El circuito interior, algo asoma de todo ello.

Publicado en Escuela (24 septiembre 2015

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s