O saldo o pulpa de papel

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La vida de los libros es azarosa. Cuando ven la luz, ocupan lugares de privilegio en los mostradores, frecuentan las redacciones en las que se elaboran reseñas y suplementos, los más afortunados aparecen en algún programa de radio o de televisión y sus autores estampan en ellos su nombre para devotos lectores en escenas rituales cargadas de emotividad. Solo unos pocos alcanzan los primeros puestos en los índices de ventas o lucen fajas que evidencian el éxito comercial y que recuerdan que se trata ya de la segunda edición, de la quinta, de la decimosexta, un repiqueteo que reconcome la mala conciencia de quien todavía no se ha adentrado en ellos y siente que acaso esté dejando escapar algo estimable. Muy pronto, con mayor celeridad cada vez, aparecen otros volúmenes todavía más rutilantes, con las portadas aún más frescas y llamativas y con la tinta más fragante, que los desplazan a las estanterías o los devuelven ignominiosamente a los distribuidores o a sus editores. En modernos almacenes o en siniestros sótanos con humedades eternas pueden pasar un largo tiempo que acaso se cuente por años o por décadas. Para entonces, su destino se debatirá entre perecer triturados por la guillotina o disfrutar del indulto y de una nueva vida en mesas de saldos, en ferias de ocasión o en mercadillos ambulantes.

Lo mismo que cuando uno se adentra en una librería de segunda mano y el ojo le transmite el pálpito de algo atractivo, el corazón bombea más rápido cuando en puestos callejeros o en determinados establecimientos que reservan un espacio para los restos editoriales, aparecen de pronto montones de libros idénticos, alineados junto a otros que compartieron un mismo palé, una misma colección, un mismo destino. Frente al libro único proveniente de un expurgo, una mudanza o una muerte que, tras su tránsito por la librería de viejo, lo mismo puede surgir intacto que con sobradas pruebas de un uso intensivo, un trato desconsiderado o una peligrosa cercanía a la luz, en su increíble resurrección el libro de saldo tiende a aparecerse impoluto y enormemente tentador, gracias a un precio reducido que todavía puede empequeñecerse más en la compra conjunta de dos o tres ejemplares.

“El ojo avizora la presa, la identifica y calcula su valía antes de tomar una decisión”

Como en la micología, la caza, el toreo, la hípica, el fútbol o los juegos de azar, nada está asegurado. La suerte va por rachas. Ante el mostrador generoso, el ojo avizora la presa, la identifica y calcula su valía, antes de tomar una decisión. Una buena parte de las veces, la oferta no casa con nuestros gustos, con nuestros intereses actuales. Pero cuando esa conjunción se da, cuando el libro que en su primera salida dejamos escapar por inoportunidad, desatención, falta de tiempo para leerlo, por un precio poco acorde con nuestro menguado presupuesto o por no haber estado en su radio de distribución, cuando ese volumen se nos vuelve a hacer visible a un precio difícil de rechazar, entonces ese constituye un momento de felicidad casi plena. En otras ocasiones, la pieza se hace esperar. De repente, aparece en solitario un libro de una colección extinguida. Luego, asoma otro, y después otro más, hasta terminar por comparecer casi todo el catálogo. De ese modo, el título que asume la avanzadilla nos alerta sobre un futuro botín, y nosotros, pacientes buscadores, seguimos y perseguimos ese rastro hasta que la pieza se nos hace presente. Es una actividad modesta y económica que solo en el gusto por la lectura podría asemejarse a la que practican los bibliófilos más recalcitrantes con piezas verdaderamente exclusivas. A diferencia de las de estos, las nuestras son humildes, sencillas, se amontonan en columnas, ofrecen decenas de ejemplares idénticos y están a la vista y al alcance del bolsillo de cualquiera.

No todas las editoriales practican esta pauta. Por orgullo o prestigio, algunas prefieren la guillotina, la prensa destructora que convierte los libros en pulpa de papel de la que tal vez surjan otros nuevos. Una buena parte de los volúmenes que se alinean en mis estanterías han sido rescatados de los mostradores de saldos. La última adquisición data de hace unos días. Entre la renovada oferta comercial de una estación de ferrocarril, unos cajones ofrecían esa mercancía rara y un poco decadente ya que son los libros. Entre una morralla de títulos sin mayor interés, tardé no más de un segundo en detectar el único ejemplar existente de un volumen memorialístico sobre el que algún tiempo atrás había depositado mi atención. Se titula Los años contados y lo escribió José Luis Giménez-Frontín. Si aceptan la invitación y se pasan por este café, podemos hablar de él la semana que viene.

Publicado en el periódico Escuela (1 octubre 2015)

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