Regreso a Oxford

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JAVIER SANZ
Un libro lleva a otro libro. En Los días contados, José Luis Giménez-Frontín (1943-2008) dedica varios capítulos a narrar su “desembarco en Oxford”. En el curso 1971-1972 había ejercido como lector de español en la Universidad de Bristol y desde entonces, y por diversos motivos, viajar a Londres se había convertido para él en una actividad recurrente. En la navidad de 1979 volvió a hacer las maletas con destino a la capital británica. Como Félix de Azúa, entonces en Oxford, y su mujer iban a pasar los días navideños en la célebre ciudad universitaria, decidió invitarlos a la fiesta que una amiga suya daba en su mansión londinense. En aquella velada, Giménez-Frontín hubo de ‘rescatar’ al poeta novísimo de entre un grupo de rastafaris caribeños más atentos a las aromáticas labores que circulaban de mano en mano, que a las explicaciones que sobre Hegel les estaba dando el profesor español. Poco después, Azúa le propuso sucederle como lector en la universidad oxoniense y, aunque luego el padrino fuera incapaz de fijar el recuerdo, el memorialista de Los días contados siempre asoció esa recomendación laboral con aquel rescate preventivo.

Al cabo de dos cursos, el relevo que José Luis Giménez-Frontín tomó de Félix de Azúa iría a parar a las manos de Javier Marías. En 1989, este publicó la que la crítica sigue considerando como su novela más representativa. Escrita en primera persona, Todas las almas refleja la estancia de un profesor español en la Universidad de Oxford a lo largo de dos cursos. Casi una década después, en 1998, Marías dio a la luz Negra espalda del tiempo, en la que abordaba la capacidad de la ficción para asaltar la vida real de un autor. En esa falsa novela, como la denomina, se apresuraba a advertir al lector el estatuto ficcional del género novelesco, y eso pese a los préstamos literarios que el autor pueda otorgar al narrador. Desde su punto de vista y, a diferencia de lo que ocurría en Negra espalda…, en donde autor y narrador sí coincidían, no podía buscarse una identificación absoluta en Todas las almas, en la que, más allá de algunos detalles, poco de lo que vivió el autor concordaba con lo relatado en la novela.

“Woodstock road en julio es un pequeño libro de recuerdos en el que se registra una estancia de apenas dos días en Oxford, después de más de trece años de ausencia”

Un libro lleva a otro libro. En 1996 Giménez-Frontín publicó en una editorial pamplonesa Woodstock road en julio, un pequeño libro de recuerdos en el que registra una estancia de apenas dos días en Oxford, “después de más de trece años de ausencia”. El volumen, que durante estas casi dos décadas ha rehuido la amenaza de convertirse en pulpa de papel, permanece a buen recaudo en los almacenes y en el catálogo de Pamiela, y está disponible a un precio más que simbólico.

Si aquel primer año en Oxford –“un año no duro, sino durísimo”-, Giménez-Frontín alquiló una casa, en el segundo logró que la universidad le cediera una vivienda en Woodstock Road. En su libro, la describe como parte de “una hilera de humildes casas gemelas, antiguas viviendas del servicio de alguna institución académica, casa de tres plantas con el ancho de una pequeña habitación y un minúsculo pasillo de acceso”. Al abandonar la ciudad, la vivienda quedó también en manos de Javier Marías. Los detalles que la realidad traspasa al papel adquieren de inmediato un carácter fantasmagórico. Pero ¿no sería esa la casa piramidal de tres pisos que habita el narrador de Todas las almas? En su breve regreso a la ciudad, Giménez-Frontín había olvidado el número de la que fue su vivienda. “Por muy exactamente iguales que todas ellas sean, cada cual con su puerta de un impoluto azul y sus tres ventanas de guillotina blancas, no es posible ni es justo ni es honesto que no la reconozca”. Lo que no había logrado borrar era el “horrible papel de las paredes, el baño sin pestillo, la escalera que crujía al subir al dormitorio de la mansarda, el portal reluciente de pintura plástica…” Tampoco, la guapísima florista que los domingos por la mañana vendía su mercancía en la puerta del hospital y a la que Javier Marías le había atribuido la condición de gitana en unas “hermosas líneas” de su novela.

En la vida de Giménez-Frontín, los años de Oxford habrían de marcar un antes y un después. Para el narrador sin nombre de Todas las almas, su paso por la ciudad fue la “historia de una perturbación”. Y en la carrera literaria de su autor, la novela de Oxford, que debe su título a Álvaro Pombo, terminaría por fijar una línea divisoria entre sus libros pasados y los futuros.

Un libro siempre termina por llevarnos a otro, y ese otro a otro más.

Publicado en el periódico Escuela (15 octubre 2015)

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