La sabiduría de la edad

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JAVIER SANZ
Nuestra sociedad ha abolido la vejez. A falta de la capacidad para detener el tiempo, nuestra cultura parece decidida a acabar con ella por otros métodos. Hacerla desaparecer del vocabulario es uno de ellos. No existe lo que no se nombra. A medida que la vejez se teñía de connotaciones casi ofensivas, el lenguaje políticamente correcto sustituía ese término por otros de menos aspereza: mayores, edad avanzada, tercera edad, cuarta edad. El tiempo cronológico tampoco se mide igual que antes. Hoy, la juventud se prolonga hasta donde no hace mucho más de un siglo estaban los límites de la vida. Del mismo modo, la vejez también ha sufrido una mutación. La ancianidad se ha esponjado a medida que se dilataba la esperanza de vida. ¿Quién se atrevería a llamar viejos a Iñaki Gabilondo, a Luis Goytisolo, a Vicente del Bosque o a Miguel Delibes de Castro, por ejemplo?

Todos ellos han superado la edad mínima de jubilación y, por más que ese guarismo también se eleve poco a poco, están plenamente en activo. Igual que casi todos los demás personajes que Elena García Quevedo retrata a través del diálogo en Voces sabias. El arte de vivir en tiempos de cambio (Paidós Contextos). Si pretender una entrevista con Iñaki Gabilondo implica muchos meses de espera hasta lograr un hueco en su apretada agenda, otro tanto parece suceder con Núria Espert, Federico Mayor Zaragoza, Joaquín Fuster, Margarita Salas o el ya fallecido José Luis Sampedro. Prácticamente todos habían superado la setentena cuando la periodista los sometió a su interrogatorio y ninguno había renunciado a una intensa actividad profesional que en absoluto podría identificarse con un retiro, la jubilación, con una despedida. Ya sea en la neurociencia, el periodismo, la política y el fomento de la cultura de paz, la investigación científica, el teatro, la biología, la literatura, la economía o el fútbol, todos ellos han llegado a lo más alto en sus respectivas profesiones. Desde esa doble atalaya de la edad y del éxito social, y en diálogo con García Quevedo, han volcado en las páginas de este libro su visión del mundo, una pequeña porción del conocimiento que confiere la experiencia. La autora indaga en sus personalidades para que los lectores sepamos un poco más de ellos, para que podamos aprovecharnos de una sabiduría acumulada no pocas veces en contacto directo con el dolor y la adversidad. Pero que nadie espere palabras grandilocuentes, ni grandes testamentos vitales. Si acaso, pequeñas confidencias que sería bueno no echar en saco roto.

Cuando muchos veinteañeros se identificaban con su rebeldía, una indocilidad más propia de la juventud que de un anciano de 94 años, José Luis Sampedro aún confesaba ser “un aprendiz de mí mismo”. El economista y escritor desgranaba las palabras sobre las que se levanta el mundo de hoy: productividad, innovación, competitividad, y las oponía a otras más de su gusto: vitalidad, conservación, cooperación. Cuando solo le quedaban unos pocos meses de vida, Sampedro enseñaba que información no significa conocimiento, ni el conocimiento implica comprensión, ni la comprensión es sinónimo de sabiduría, y que esta, que es el arte de vivir, solo es alcanzable cuando uno empieza a desprenderse de toda la información sobrante. “Uno no sabe nada hasta el final”, aseguraba, “y ni siquiera entonces”.

En qué consiste el “business” de la vida, Iñaki Gabilondo empezó a comprenderlo en la celebración de las bodas de oro de sus padres. Sentado junto a su progenitor y su propio hijo mayor, el periodista cayó en la cuenta: “Luego estaré yo aquí, con mi hijo y su hijo. El aitá, y luego…”. “Esto es vivir”, proclama. “Padécelo, disfrútalo, pero vivir es esto”. Alguien como Núria Espert, que ha encarnado los más brillantes personajes de la escena teatral, se emociona ante una frase de una película comercial como Notting Hill, aquella en la que el personaje de Julia Roberts, una célebre actriz también en la ficción, le dice al librero al que da vida Hugh Grant: “No soy más que una chica que está delante de un chico y le pide que la quiera”. Miguel Delibes de Castro, a quien los curas de su infancia le reclamaban una mayor ambición, da una lección de ética cuando recuerda su rechazo al ofrecimiento de un suculento premio a un artículo por escribir. Sin dar crédito, le preguntaron por su negativa: “Porque he pensado que mi padre no lo haría”, respondió, “y porque perjudica a los que se presentan de buena fe y no saben que lo tenéis dado”. O un Federico Mayor Zaragoza partidario de la grandeza de las cosas diminutas: “Los pequeños gestos son importantes. Si tú haces algo, si plantas una semilla, habrá fruto. Quizá no lo veas, pero si está la semilla siempre puede dar fruto; si no está no lo habrá”.

Quizá no sean viejos. Ni ancianos. Tan solo mayores, personas de cierta edad. Pero qué sabios.

Publicado en Escuela (9 noviembre 2015)

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