Los libros, el arte y la vida

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JAVIER SANZ
El 19 de enero de 1847, y a bordo de dos carruajes forrados, un grupo de descontentos con el sofocante absolutismo del zar Nicolás I dejó atrás el frío moscovita para emprender rumbo hacia un París idealizado que, a sus ojos, se identificaba con la libertad de opinión y los valores de la democracia. En el caluroso verano madrileño de 2014 tres amigos treintañeros se subieron a bordo de una DKW prestada de color naranja para cruzar la frontera y reencontrarse en Francia con tres mujeres, tres amores perdidos o tres amores imposibles. La primera historia, la de aquella partida de rusos encabezada por Aleksandr Herzen, la relató en 1933 el historiador británico E. H. Carr y llegó a los primeros lectores españoles en 1969 y, más recientemente, en 2010, de la mano de la editorial Anagrama. La segunda, dirigida por Jonás Trueba, emprendió el pasado mes de agosto una ruta alternativa por cines veraniegos, que, llegado el otoño, proseguiría por un circuito más usual pero igualmente minoritario. Libro y película comparten un mismo título, Los exiliados románticos.

Todas las canciones hablan de mí fue la primera película de Jonás Trueba y la más convencional de las suyas, si por ello entendemos que se ajustara a los férreos patrones exigidos por la producción cinematográfica. Los ilusos, la segunda, tenía un carácter voluntariamente fragmentario y narrativamente alternativo, favorecido por el hecho de haberla rodado de una manera discontinua a lo largo de muchos meses. Los exiliados románticos comparte con Los ilusos la ruptura con los cauces habituales de producción y distribución, que se materializa, por ejemplo, en la ausencia de un guion para una película que, si hemos de creer del todo a su director, ha sido hecha sobre la marcha y rodada en doce días con una cámara de fotos Lumix GH3 y un presupuesto de apenas 15.000 euros. Los tres personajes masculinos recalan en Toulouse, París y Annency y allí se reencuentran con sendas mujeres de su edad que representan otros tres estadios de la relación amorosa.

Los libros no faltan nunca en las películas de Jonás Trueba, algo por lo que casi ha tenido que dar explicaciones. “Es curioso”, decía en una entrevista, “a nadie le ofende que haya pistolas en la mayoría de las películas que vemos, pero sí que uno salga hablando de un libro en una cena con amigos, cuando en la vida de un español medio es más normal tener un libro que una pistola…”. En Todas las canciones hablan de mí el protagonista terminaba publicando un poemario, con una errata que desfiguraba su apellido desde la misma portada. En Los ilusos aparecían los nombres de Chusé Izuel y Félix Romeo, el desaparecido autor de Amarillo y editor del libro póstumo de Izuel, Todo sigue tranquilo. Y en Los exiliados románticos se habla de Natalia Ginsburg y de Las pequeñas virtudes.
Tampoco faltaban en El artista y la modelo (2012), la última película hasta la fecha de su padre, Fernando Trueba, protagonizada por un viejo escultor francés de fama que, en medio de la segunda guerra mundial y tras muchos años de abandono, vuelve a sentir el latido del arte gracias a la aparición de una joven que acepta posar para él. En el momento más inoportuno, durante la visita al taller del artista de un jerarca nazi que es profesor de arte en la Universidad de Munich y prepara una biografía del escultor, los libros de Alfred Jarry y André Gide afloran accidentalmente de la mochila de un soldado americano ametrallado por los alemanes que ocupan Francia. Si en El artista y la modelo Fernando Trueba abordaba delicadamente el misterio de la creación artística y la emoción que una escultura o unos pocos trazos, como los de un dibujo a vuelapluma de Rembrandt, pueden transmitir; en Los exiliados románticos su hijo Jonás deja abierta la interpretación de una película que se antoja la celebración veraniega de una amistad, y a ratos un canto de despedida de una juventud de algún otro modo romántica.

Aleksandr Herzen, cuya vida sentimental tendría bastante de convulsa, no volvió jamás a Rusia. Vivió en Niza, Londres y Ginebra, y murió en París en 1870, a los 58 años de edad. En un artículo sobre su figura escrito por José Andrés Rojo se citan unas palabras suyas que probablemente no dudarían en suscribir ni Jonás ni Fernando Trueba, y en las que se entreveran la sensibilidad, el estío y el sentido de la existencia: “El arte, y el rayo veraniego de la felicidad humana: estos son los únicos bienes reales que tenemos”.

Publicado en Escuela (22 octubre 2015)

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