Modernas sin sombrero

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JAVIER SANZ

A aquel grupo literario que, sobre el fondo de las vanguardias, surgió en la España de los años veinte del siglo pasado, se le ha intentado bautizar de muchas maneras, pero la que se ha asentado en la duradera inmutabilidad de los manuales escolares ha sido la que acuñó uno de sus integrantes, Dámaso Alonso, quien la definió como Generación del 27. La primera fila es de sobras conocida: Federico García Lorca, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Luis Cernuda, Gerardo Diego o el propio Dámaso Alonso. Cuando los estudios culturales se abren a otros ámbitos, como el arte o el cine, no dejan de incorporar a gente como Salvador Dalí o Luis Buñuel. Hombres todos. ¿Acaso no había mujeres escribiendo o pintando junto a ellos?

Un reciente documental ha venido a responder a esa pregunta. Las sinsombrero habla de una serie de coetáneas de aquellos varones inmortalizados en la foto del célebre homenaje sevillano a Góngora: María Teresa León, Rosa Chacel, Concha Méndez, Ernestina de Champourcín, María Zambrano, Maruja Mallo, Marga Gil Roësset o Josefina de la Torre. La película remite a un tiempo lejano en el que algunas mujeres jóvenes empezaron a desafiar la estricta moral que las obligaba a lucir sombrero por la calle. Los responsables del filme aseguran que mientras los nombres de sus colegas fueron recuperados y ensalzados con la llegada de la democracia, “los de ellas permanecieron en silencio, perdiendo su lugar de pleno derecho dentro del relato oficial de la Generación del 27, y por consiguiente en la historia”. ¿No es una afirmación problemática? Es innegable que muchos de esos nombres femeninos han quedado desdibujados. Pero, ¿puede sostenerse que figuras como María Zambrano, Maruja Mallo o Rosa Chacel hayan sido marginadas y olvidadas en estas décadas? Cabe pensar que no, y que si sus libros, en el caso de Zambrano o Chacel, o su obra artística, en el caso de Mallo, han sido objeto de recuperación y reconocimiento lo han sido nada más que por la valía y la vigencia de su obra. No en vano, antes que los cineastas de Las sinsombrero, la hispanista Shirley Mangini, en un libro de 2001 de parecido propósito, Las modernas de Madrid. Las grandes intelectuales españolas de la vanguardia, les reservaba a las tres un capítulo propio.

Al final de la película, un profesor, al recoger los ejercicios de un examen, reclama únicamente los de los chicos en una clase poblada mayoritariamente por chicas. La broma pretende llamar la atención sobre una historia de la literatura que habría excluido conscientemente a las mujeres. Sin descartar el poso de machismo que pueda haber en esta como en otras facetas de la vida española, se diría que los autores del documental recurren a una suerte de victimismo ajeno que no toma en consideración otros factores. La fama post mortem es un asunto resbaladizo. Ningún artista que en vida haya alcanzado los más elevados reconocimientos puede estar seguro de que su prestigio no sufrirá mella cuando ya no esté para defenderse. Si en vida, y pese a lo mudable del gusto, su presencia podía ser un baluarte ante la adversidad crítica, su desaparición física lo condenará de manera irremediable a un purgatorio del que tardará más o menos en salir, y esto solo si su obra es reconocida por unos tiempos que ya no pueden ser los suyos.

La compacta fama que en los manuales mantienen los poetas del 27 se agrieta cuando se analiza uno a uno la vigencia de su obra. No da la impresión de que la poesía de Jorge Guillén, de Pedro Salinas o de Rafael Alberti, a los que nadie niega su lugar de honor en la historia de la literatura del siglo XX, despierte hoy el interés que suscitan un Luis Cernuda o un determinado Lorca. Y eso, por no hablar de los poetas menores del 27. En una vieja entrevista que le hizo su compañera de promoción novísima Ana María Moix, Pere Gimferrer sostenía que el futuro de la poesía lo deciden los poetas jóvenes. No los poetas más premiados. Ni los más leídos. Ni los que forman parte de la Academia. El futuro de la poesía lo situaba Gimferrer en la elección que de la obra de quienes los han precedido vayan haciendo las nuevas hornadas. Dicho de otro modo, en la involuntaria capacidad de los viejos poetas para seguir abriendo caminos fecundos. La historia de la literatura es un camarote al que solo acceden unos pocos, mientras se relega a la mayoría. Las sinsombrero tiene el mérito de acercar a los más jóvenes los nombres de un grupo de desconocidas que no deberían serlo. Quizá esas nuevas generaciones sean capaces de ver en ellas cosas que las anteriores orillaron. Solo así podrán salir de su penumbra.

Publicado en Escuela (22 noviembre 2015)

 

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