Pim, Pam Pum

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JAVIER  SANZ   

Aseguraba Javier Marías, en uno de sus artículos dominicales, que ya no se atrevía a decir lo que de verdad pensaba sobre algunos novelistas que él considera “muy malos o flojos”. Y que esa impresión lo había llevado a percatarse de que “desde hace bastante años está ‘mal visto’ que un escritor opine negativamente sobre otro”, porque en seguida será tildado de ‘envidioso’, ‘inelegante’, ‘resentido’ o ‘competitivo’, algo que no le sucederá si su crítica la dirige a practicantes de géneros artísticos que no sean el suyo. De esa actitud cautelosa, Marías excluía a los jóvenes. Estos estarían obligados a rebelarse contra sus predecesores, ante la necesidad de hacerse un hueco en el mundillo literario.

Hasta no hace mucho estaba vivo en internet el blog de una autodenominada `Patrulla de salvación del libro’. En una de las entradas, sus autoras echaban de menos el que los escritores de hoy no se insultaran como lo hacían hace veinte años, cuando todo era más divertido. La sargento Margaret y sus amigas recordaban cómo Francisco Umbral había tildado a Rosa Chacel de “bruja cruzada de Mary Poppins”, antes de que esta le respondiera llamándolo cretino e imbécil; cómo Julio Llamazares sospechaba que, junto al Premio Nobel, los académicos suecos habían nombrado a Camilo José Cela arzobispo de Manila, como tantas veces este había públicamente anhelado, tal vez para situar sus procacidades sexuales en un contexto propicio; o cómo el autor de La colmena, en uno de sus brevísimos artículos de 1994, había calificado de “doncel tontuelo” a un escritor cuyo nombre ocultaba bajo la aparente fórmula matemática de M². Aquellas catorce líneas de estrecho texto escamoteaban la identidad del destinatario de la pavana, pero el enigma se resolvía sin dificultad excluyendo a dos de los tres retratados en la página, a los que iba dedicado el artículo: “A Paco [Umbral], veterano, y a Raúl [del Pozo], misacantano”. La tercera efigie era la de Antonio Muñoz Molina. En 1994 Muñoz Molina había dejado de ser una promesa literaria. Tenía ya en su poder el Premio Nacional de Literatura, el de la Crítica y el Premio Planeta, y estaba en vísperas de ser elegido miembro de la Real Academia Española, algo que pocas veces sucede con un escritor de 39 años.

Quizá por el atrevimiento de ser uno de los más aventajados de entre los escritores de su promoción y, lo que es peor, de contar con un número creciente de lectores, Muñoz Molina se convirtió desde muy pronto en el destinatario preferido de muchos mandobles literarios. El último ha tenido lugar hace unos días. Con la excusa de haberle dedicado TVE un programa de sus Imprescindibles, Alberto Olmos (Segovia, 1975) ha vuelto a asestarle un golpe más, de los muchos que parece haberle prodigado en los últimos años. El artículo se apoyaba en un correcto documental que el autor considera “insustancial y sonrojante”, además de un “cuento de hadas canónico”. Olmos, quien tacha la literatura de Muñoz Molina de fraudulenta y de estar intoxicada de solemnidad, opina que la historia del novelista jienense se puede contar de esta otra manera: “Antonio Muñoz Molina debutó de clásico, desde arriba, siendo un caso sintomático de la cultura española en los años noventa, donde primero se volvía uno imprescindible y luego se buscaba el porqué. Llevamos 30 años dentro de la dictadura de la consagración, y por eso hoy no se consagra nadie: no hay sitio”. Es decir, si hoy un más o menos joven escritor de cuarenta años no adquiere la relevancia que él, su familia y sus amigos creen que merece, no hay duda de que ha de ser por un problema de sobreocupación de la fama literaria o por una conjura del sistema. No caben más explicaciones. En su blog, Muñoz Molina relataba de qué manera, al volver de un concierto, el aviso de alguien bienintencionado le agrió la noche, y cómo, aun cuando se lleven treinta años bajo el foco de la opinión ajena, un agravio le resulta todavía difícil de soslayar. Lo que unas personas aprecian o celebran en su trabajo, afirmaba, “es exactamente lo mismo que despierta el rechazo de otras”.

Levantar su prestigio literario, a Muñoz Molina le ha costado tres décadas. A Olmos, intentar echarlo abajo, apenas un par de folios. No hay por qué descartar que este pim pam pum entre literatos fuera más divertido hace veinte años, cuando los escritores eran menos cautelosos. Siempre quedará la juventud, que a tantas cosas obliga. Y, por supuesto, la envidia, la inelegancia, el resentimiento y la competitividad.

Publicado en Escuela (19 noviembre 2015)

 

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