Un arte elegíaco

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JAVIER SANZ

En Sobre la fotografía Susan Sontag afirmaba que la nuestra es una época nostálgica y que esa melancolía la promueven de una manera activa las imágenes fotográficas. “La fotografía es una arte elegíaco, un arte crepuscular”, aseguraba. “Algo feo o grotesco puede ser conmovedor porque la atención del fotógrafo lo ha dignificado. Algo bello puede suscitar amargura porque ha envejecido o decaído o ya no existe. (…) Tomar una fotografía es participar de la mortalidad, vulnerabilidad, mutabilidad de otra persona o cosa”, añadía la intelectual neoyorquina en aquel ensayo. Algo de esa tristeza melancólica asoma durante la contemplación de unas pocas de las miles de fotografías tomadas por Leopoldo Pomés y Colita a lo largo de sus vidas. Durante dos meses el viejo torreón madrileño del Canal de Isabel II se ha convertido en el escenario en el que mostrar la vasta obra de Pomés (Barcelona, 1931), alguien que, incapaz de conformarse con las limitaciones que impone la imagen fotográfica, ha desarrollado una notoria labor en campos como la publicidad o los negocios gastronómicos, pero también, y aunque con menor reconocimiento, en la escritura poética o en la dirección cinematográfica. Suyas son muchas de las imágenes que, protagonizadas por Karin Leiz, por Teresa Gimpera, o por tantas otras jóvenes mujeres que en esos años encarnaban un nuevo ideal de belleza, llenaron de sensualidad los espacios reservados a la publicidad en los sesenta o setenta. Mal estudiante aunque muy curioso intelectualmente, Leopoldo Pomés abandonó pronto los estudios para ponerse a trabajar. Su primer sueldo en la empresa de los flanes Potax se transformó en seguida en una cámara fotográfica con la que saldría al balcón y tomaría esa imagen del puerto barcelonés que no podía faltar en esta retrospectiva, titulada Flashback. Los integrantes de aquel grupo artístico que fue Dau al set: Tàpies, Brossa, Joan Ponç o Juan Eduardo Cirlot, entre otros, no tardaron en pasar ante el objetivo de su joven amigo Pomés, quien pronto puso su sensibilidad artística al servicio de la imagen publicitaria. Antes de contribuir a que Barcelona se convirtiera en sede olímpica, estuvo tras algunos de los spots más sugerentes, como los de las burbujas Freixenet o aquellos otros en los que una amazona cabalgaba sin montura por una playa solitaria, que aún deben de figurar en el imaginario masculino.

Esa belleza inmovilizada que reflejan las fotos de Pomés no deja de recordarnos melancólicamente el tiempo ido, lo mismo que ese triple retrato conjunto de los arquitectos David Mackay, Josep Martorell y Oriol Bohigas, fotografiados en tres momentos de su vida: 1962, 1997 y 2014. Tampoco falta la melancolía en ¡Porque sí!, la antológica que recoge la obra de otra fotógrafa indispensable, Colita (Barcelona, 1940). Por las paredes del Conde Duque comparece toda una época. Terenci y Ana María Moix anudan sus manos sobre un tapete de florido dibujo. Jaime Gil de Biedma disfruta con la compañía de tres o cuatro perros que se encaraman sobre su tumbona al borde de una piscina. Gabriel García Márquez se deja fotografiar con un ejemplar de Cien años de soledad abierto sobre su cabeza. Orson Welles, Ocaña, Carmen Amaya, Ovidi Montllor, Ana María Matute, Joan Ponç vestido de payaso y sentado en el recodo de una escalera… Gente que ya no está.

Leopoldo Pomés e Isabel Steva, el verdadero nombre de Colita, han trabajado en un tiempo y en un espacio fotográfico semejantes. Pero sus mundos son distintos. Una buena parte del trabajo de Pomés ha girado en torno a la persuasión publicitaria. En Colita, que no ha descuidado la vertiente social o estrictamente documental, pesa mucho su atención al mundo de la cultura. Su archivo es una fuente indispensable a la hora de hablar de fenómenos como la Nova cançó, la Escuela de cine de Barcelona o la Gauche divine. En la exposición figura una cita suya que parece dirigida a Pomés: “Lo que tiene dedicarte a la cultura, en vez de a ganar dinero con la publicidad, es que conoces a la gente que realmente te interesa. Y eso no se paga con dinero”. Y, sin duda, no podrá nunca pagarse con dinero el haber conocido a quienes aparecen en ese panel flotante en el que se apilan retratos como los de Max Aub, Rafael Alberti, J. V. Foix, Josep María Castellet, Salvador Espriu, José Donoso o, entre otros muchos, Carlos Barral, todos ellos ya desaparecidos.

Dice Susan Sontag: “Precisamente porque seccionan un momento y lo congelan, todas las fotografías atestiguan el paso despiadado del tiempo”. También estas. Un arte elegíaco, el fotográfico.

Publicado en Escuela (26 noviembre 2015)

 

 

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