El camino hacia la abstracción

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JAVIER SANZ
Hay cuadros que no solo cambian una vida, también la historia del arte. En 1895 Wassily Kandinsky tiene 29 años. Ha cursado estudios de Economía y se ha licenciado en Derecho por la Universidad de Moscú, en donde imparte clases desde hace dos años. Un día acude a contemplar los lienzos que los impresionistas franceses exponen en la capital rusa. Uno de Claude Monet lo deslumbra. Kandinsky cae fascinado, pero no puede evitar una fuerte irritación. Le molesta no haber identificado en la pintura el montón de heno al que hace referencia el catálogo. “El no reconocerlo”, dirá más tarde, “me causó malestar, y pensé que el pintor no tenía derecho a pintar de forma tan irreconocible”. La obra de Monet quedará fijada para siempre en su memoria. Al apreciar su “fuerza maravillosa y magnífica”, le sobreviene una súbita revelación: el objeto puede dejar de ser un elemento necesario del cuadro. El arte abstracto ha depositado su primera semilla.

Un año después, Kandinsky abandonará la carrera académica para trasladarse a Múnich y realizar estudios artísticos. Tras un intento fallido, logra ingresar en la Academia de Bellas Artes. Sus primeras obras son aguadas y témperas sobre cartón y pequeños óleos, y en seguida, junto a otros amigos, crea una sociedad artística llamada Phalanx. En 1906, durante un viaje a París, conocerá a Gertrude Stein y, de su mano, la obra de Picasso y Matisse. Y en 1911 pondrá en pie el grupo ‘El jinete azul’ y publicará un libro decisivo, De lo espiritual en el arte. En él habla de los efectos del color y de cómo ejerce su influencia sobre la psique. Monet permanece en su recuerdo, pero durante todo este tiempo su obra no ha dejado de ser figurativa: paisajes, escenas rusas… Tampoco ha olvidado la impresión que le causó tiempo atrás la representación del Lohengrin de Wagner, tras la que reconoció la idea de la ‘obra de arte total’ que flotaba en el ambiente cultural centroeuropeo de la época. La relación con el compositor austriaco Arnold Schönberg subrayará la importancia de ese rasgo musical en su obra.

La música de Schönberg suena en los audífonos que el Ayuntamiento de Madrid ofrece a quienes visitan la exposición de Wassily Kandinsky que puede contemplarse estos días en las salas de Centro-Centro Cibeles. Kandinsky. Una retrospectiva constituye un apasionante viaje al centro de la abstracción pictórica, ese territorio artístico que solo se vislumbraría en 1910, cuando, en medio de otras obras de carácter figurativo, el artista ruso pintó con tinta china y mina de plomo una acuarela que carecía de todo elemento referencial. Kandinsky encarna un movimiento que ha marcado la pintura hasta el día de hoy. Con ocasión de una muestra anterior en Madrid, el historiador del arte Valeriano Bozal recordaba que la abstracción no es una ocurrencia ni un hallazgo personal de nadie, sino el resultado alcanzado por un artista en el marco de un debate cultural y estético que tiene lugar en un ámbito mucho más amplio que el meramente pictórico. En la nueva exposición madrileña puede verse cómo la obra del artista ruso va desembarazándose de la figuración, geometrizándose, volviéndose abstracta, hasta llegar, hacia el final de su vida, a esa maravilla de 1940 que es Cielo azul, en el que un conjunto de seres biomorfos flotan sobre la superficie del cuadro, y que le asalta al visitante en el último recodo de la muestra. El espectador cree haberse enamorado de ese cuadro. Vuelve sobre sus pasos para contemplarlo otra vez. Demora la salida. Y cuando, con la retina satisfecha, recorre el inevitable espacio comercial en el que se incita a reunir en un mismo ticket el arte y el consumo, comprueba que el cuadro que tanto le ha fascinado se sucede sin solución de continuidad en todo tipo de soportes.

En una conferencia que dictó en Colonia en 1914, Kandinsky quiso salir al paso de lo que sobre su obra decían los críticos y prefirió definirse de manera inversa. “No quiero pintar música. No quiero pintar estados de ánimo. No quiero pintar con colores o sin colores. No quiero modificar, ni combatir ni derribar un solo punto de la armonía de las obras maestras que nos vienen del pasado”. Eso fue lo que expuso en la ciudad alemana. Puede que todo ello fuera cierto. Pero en algo sí se equivocó. “No quiero señalar el camino del futuro”, aseguró también. Es posible que no estuviera entre sus objetivos. Sin embargo, el arte que le sucedió no dejó de profundizar en el exacto camino abierto por él.

Publicado en Escuela (10 diciembre 2015)

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