El don de la melancolía

cavafis-web

JAVIER SANZ
La primera edición en castellano de las Poesías completas de Constantino Cavafis (1863-1933) apareció en 1976 en versión del poeta novísimo José María Álvarez. El volumen hacía el número 13 de una colección inaugurada con el Hiperión de Friedrich Hölderlin, que, además, le prestaba el nombre a la editorial fundada por Jesús Munárriz. La portada del libro combina el negro con un verde botella sobre el que se rotula el falso título de unas poesías que no aciertan a ser completas y el error, según los expertos, de un nombre y un apellido encabezados por una ‘k’ indebida. Pese a que las sucesivas reimpresiones desterrarían el negro, atenuarían el verde y dotarían a la cubierta de una viñeta, la portada sigue luciendo, ajena a cualquier reprobación, el nombre de Konstantino Kavafis.

Álvarez aseguraba haber traducido directamente del griego, en colaboración con Mercedes Belchí, y haber confrontado el texto con versiones en inglés, francés e italiano. Editores posteriores de la obra de Cavafis discuten esa supuesta procedencia griega, se atreven a rastrear una versión directa del francés y no falta quien sostenga que la versión se aleja a menudo del original y deja a oscuras ciertos pasajes y poemas. Al cabo de cuarenta años, resulta difícil encontrar a alguien que la defienda y, sin embargo, no solo tuvo la virtud de dar a conocer entre nosotros al poeta alejandrino, y la involuntaria desdicha de sembrar de imitadores de Cavafis hasta el último rincón hispano, sino que es allí donde la memoria acude cuando intenta recordar algunos poemas memorables como ‘La ciudad’, ‘Ítaca’ o ‘Deseos’.

Luis Antonio de Villena, que le dedicó un ensayo en 1995, Carne y tiempo, definió a Cavafis de esta manera: “Un oficinista aficionado a la Historia, a la literatura y al mundo de la clandestinidad masculina”. El nombre de Constantino Petrou Cavafis va asociado al de Alejandría, la ciudad del norte de Egipto fundada por Alejandro Magno. Allí nació en 1863 y allí murió siete décadas después. Salvo los siete años que a la muerte del padre pasó en Londres junto a su madre y sus muchos hermanos, y los tres en los que vivieron en Constantinopla tras el bombardeo llevado a cabo por la armada británica en 1882, Constantino Cavafis apenas se movería de la antigua urbe grecorromana, salvo para realizar algún viaje a Londres, París o Atenas. Hasta que en 1922 se vio beneficiado por una disposición gubernamental que favorecía la jubilación indemnizada de empleados públicos, los días de Cavafis se sucedieron entre su oficinesco trabajo en el Servicio de Regadíos del Ministerio de Obras Públicas; la elaboración de una obra poética que nunca editó en libro, sino solo en revistas o en pliegos sueltos que él mismo publicaba y regalaba a los amigos, y la búsqueda de un placer furtivo por antros y tabernas. Su poesía, que compendia los que fueron sus grandes intereses vitales: la reflexión filosófica, la historia y el erotismo, ha gozado de un gran predicamento en nuestro país y contado con numerosas traducciones. A las de José María Álvarez, Pedro Bádenas de la Peña o Ramón Irigoyen, entre algunas de las más conocidas, se ha venido a sumar ahora la que Juan Manuel Macías acaba de publicar en la editorial Pre-textos.

Filólogo, helenista y traductor, además de poeta, Macías (Cartagena, 1970) confronta con el original griego los 154 poemas -los llamados canónicos- que un autor tan escrupuloso como Cavafis dio por definitivamente concluidos y que fueron publicados en libro por primera vez dos años después de su muerte; así como los 75 inéditos, denominados aquí “ocultos”, y tres poemas en prosa. Frente a la de Bádenas de la Peña, quien entre canónicos, inéditos, proscritos, en prosa, inconclusos y borradores sueltos llegó a reunir trescientos cinco poemas, la edición de Macías opta por dejar a un lado los inconclusos y los desechados, y asumir que titularla ‘Obra completa’ no hace sino conducir al “purgatorio de lo permanentemente a medias”.

Para Macías, en la de Cavafis, en esa poesía en la que conviven Antíoco, Juliano o Jasón, junto a personajes excéntricos y marginales, tristes, incrédulos o cansados, el don de la melancolía “tiñe el tránsito de la belleza, la memoria, el tiempo”. Y así es, por ejemplo, en este poema de 1904, ‘Deseos’, con el que José María Álvarez abría su traducción y que en la versión de Juan Manuel Macías dice así: “Como cuerpos hermosos y muertos que nunca envejecieron, / sepultados, entre lágrimas, bajo brillantes panteones, /con rosas en la cabeza, y jazmines en los pies, / así son los deseos que pasaron / sin ser cumplidos: ninguno de ellos digno / de una noche de placeres, de una mañana clara”.

Publicado en Escuela (14 enero 2016)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s