El sanguinario matrimonio de los Macbeth

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JAVIER SANZ
Las grandes obras de arte lo son porque hunden su estilete en lo más profundo del corazón humano y contribuyen a desvelar un poco más su enigmática naturaleza. William Shakespeare es uno de esos genios que han sabido diseccionar como nadie las interioridades del alma y ante los que el tiempo sigue rindiéndose a sus pies. Cuatrocientos años después de su muerte, sus omnipresentes personajes están igual de vivos que el primer día y continúan alumbrando a los creadores y a los espectadores de hoy. Ahora mismo, Hamlet estará representándose en algún escenario del mundo, lo mismo que El rey Lear, El mercader de Venecia, Otelo, Macbeth o cualquier otra de sus piezas teatrales. Del mismo modo, esos seres de ficción escaparán del encorsetamiento de las tablas y adquirirán su nueva condición bajo cualquier otra fórmula que pueda concebir un artista. Por ejemplo, en la penumbra de una sala de cine.

Shakespeare constituye una fuente inagotable para los realizadores cinematográficos. Solo de Macbeth, ese afilado estudio sobre la ambición de poder y la capacidad debilitadora del remordimiento, los arqueos meticulosos dan noticia de hasta dieciséis o dieciocho adaptaciones, que empiezan con una versión muda de Frank Benson de 1911 y concluyen, por el momento, con la dirigida por Justin Kurzel, ahora en las carteleras. En medio, las revisiones de nombres tan prestigiosos como Orson Welles, Akira Kurosawa, Glauber Rocha o Roman Polanski. La de Kurzel (Gawler, Australia, 1974) es una ambiciosa producción que respeta la esencia de la escritura shakesperiana, pero en la que introduce el dolor por la muerte de un hijo como telón de fondo del vaticinio que las brujas le hacen a Macbeth, ante su regreso victorioso del campo de batalla, de que un día se convertirá en rey de Escocia. Alentado por su mujer, Macbeth emprenderá una carrera criminal en la que acabará no solo con el legítimo monarca, para el que no tiene más que buenas palabras, sino también con todo aquel que pueda hacerle sombra o que sea molesto testigo del horror.

El Macbeth de Justin Kurzel es una película que enfatiza lo espectacular, ya sea en el épico rodaje de las batallas, en la elección de los ásperos paisajes de las tierras altas escocesas, en el uso de vistosos planos cenitales o en la ralentización de imágenes. A pesar de todo ello, y del notable trabajo de Michael Fassbender y de Marion Cotillard dando vida a ese matrimonio sanguinario, la cinta se sitúa muy por debajo de las expectativas que el título de Shakespeare sugiere y se limita a ser una propuesta bien realizada pero fría, que no sabe llegar al espectador y que queda a enorme distancia de lo que en su monumental Shakespeare, la invención de lo humano Harold Bloom concede como una de las grandes virtudes del texto original: que el lector quede encerrado en ese mundo sin límites morales en el que la identificación con el malvado es casi automática. “Shakespeare”, afirmaba el profesor neoyorquino -para quien la de Kurosawa era la mejor adaptación-, “se asegura de manera bastante aterradora de que seamos Macbeth; nuestra identificación con él es involuntaria, pero inescapable”. En el filme de Kurzel, esa identificación parece una quimera.

Shakespeare escribió Macbeth en 1606, en un periodo fructífero que coincidiría con su presencia en el mundo teatral londinense como autor, actor y empresario, y en el que, en el plazo de apenas seis o siete años, alumbró también piezas como Hamlet, Otelo, El rey Lear, Timón de Atenas o Antonio y Cleopatra. Seis obras maestras que, a juicio del especialista shakesperiano Salvador Oliva, bastarían por sí solas para convertirlo en el mejor dramaturgo de la historia. Aunque su primera representación debió de ser en el verano de aquel año, con motivo de la visita que el rey Cristian de Dinamarca hizo a su cuñado el rey Jacobo, la tragedia no llegaría al escenario del teatro The Globe hasta 1611. El Macbeth de Justin Kurzel probablemente no le haga justicia, pero constituye una buena excusa para volver a oírle decir a lady Macbeth que sus manos tienen ya el sangriento color de las de su marido, pero que se avergonzaría de tener un corazón tan blanco; o al propio Macbeth recordarnos, a la muerte de su esposa, que la vida es una historia contada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa. Frases que han cautivado a la humanidad desde hace cuatrocientos años y que siguen resonando en novelas que van de William Faulkner a Javier Marías.

Publicado en Escuela (28 enero 2016)

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