El libro de la juventud perdida

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JAVIER SANZ
El narrador de Reyes de Alejandría (Alfaguara) es alguien que está próximo a cumplir los sesenta y que recuerda los años de su juventud: una Palma desaparecida y una Barcelona que ya no existe. Alguien, hijo de un militar, que estudió en la Universidad, que trabaja como bibliotecario y que escribe. Que adora la poesía y ama la música de aquel tiempo. Con esos y algunos otros datos, el narrador innominado de Reyes de Alejandría podría antojarse un trasunto de su autor. La idea de un relato memorialístico solo se rompe cuando, a su término, José Carlos Llop interviene para alejar esa imagen emborronándola un poco más. “Los personajes reales y los personajes ficticios, así como los lugares reales y los lugares imaginados, pertenecen todos al territorio de la imaginación”, advierte el autor en su nota final. Y añade: “Trasladarlos a otro sería tomar por cosa distinta lo que no es más que una novela”.

Apenas se tiñe con una gota de inventiva, cualquier relato se adentra sin remedio en el terreno de la ficción. El lector ha seguido por varias ciudades los pasos de esa voz que le habla y que en las primeras líneas le advierte sobre el volumen que se apresta a leer. “Este libro trata de un viaje en el tiempo. Un tiempo que fue todos los tiempos para desaparecer después en el tiempo. Este libro trata, pues, de nosotros y ha de contar quiénes éramos”. Reyes de Alejandría debe leerse, por tanto, como una novela y, sin embargo, no es una novela al uso, en la que el narrador singulariza a unos personajes en su deambular por un espacio y un tiempo determinados. Los pocos que asoman aquí quedan descritos en unos simples trazos, antes de desaparecer para siempre, como Pablo y sus camisas de seda floreadas, trajes de terciopelo, pulseras de plata, siempre acompañado por Gabriel, el falso conde, zapatos ingleses, camisas a medida, pantalones de impecable corte; o como Fabrice, admirador de Miró y suicidado en Viareggio, a los 25 años, tras una discusión con una exnovia en una fiesta. Al fondo, el friso histórico de aquella época.

El narrador se recrea en un ejercicio de la memoria en el que comparece su vida en la década de los setenta del siglo pasado, primero en su Palma de Mallorca natal, a la que terminará regresando, y después en una Barcelona efervescente, no sometida aún a los requerimientos del nacionalismo rampante y las exigencias del turismo de masas. Los pequeños escarceos en la actividad contestataria del final de la dictadura y el comienzo de la Transición. Los encuentros amorosos. Las pasiones poéticas. Un yo que habla en nombre de un nosotros colectivo, desaparecido también, al igual que el tiempo que se fue. Un plural modesto que acoge a una generación que mojó sus pies en la contracultura hispana, se asomó a las drogas, vio desaparecer con ellas a unos cuantos y se apasionó con la música, en especial con la que llegaba de fuera en la voz de Bob Dylan, de Leonard Cohen, de los Rolling, de Crosby, Still, Nash & Young, de Lou Reed, de los Creedence Clearwater; pero también de Sisa, y de Lole y Manuel, y de Pau Riba.

Hay mucha música de aquel tiempo en Reyes de Alejandría, título tomado de un poema de Constantino Cavafis en el que habla de los tres hijos de Cleopatra. Como también hay una desatada pasión por la literatura y la poesía. “Éramos poetas. Ante todo, sobre todo y después de todo, éramos poetas. Nada era descifrable sin la poesía; nada era digno de ser vivido sin la poesía. Rilke, Cavafis, Pound y Eliot formaban la tetralogía sagrada de nuestra religión”. Pero también Baudelaire, Poe, Wallace Stevens y Yeats, como heraldos de una tropa de incontables dioses menores. Y Ferrater, y Parcerisas… Y Modiano. El novelista francés tiene aquí su altar. Al igual que el narrador, José Carlos Llop también descubrió al futuro Premio Nobel cuando a los veinte años leyó Villa Triste en una edición venezolana. Como prueba de una devoción que parece uno más de los muchos préstamos literarios del autor, al que se ha comparado, por la atmósfera de sus libros, con el de Los bulevares periféricos y El café de la juventud perdida, el narrador de Reyes de Alejandría dice del novelista francés: “Modiano era el cronista de nuestro desamparo y Villa Triste un libro de claves esencial para interpretar el tiempo y su huella y su vasto catálogo de pérdidas, desapariciones y pasaportes falsos”.

El desamparo de una generación. La de los supervivientes del reino de Alejandría. En un viejo poema titulado ‘My generation’, Llop sentenció: “Como sombras, / Casi todos regresamos. / Los que no, / Descansan en su tumba”. Reyes de Alejandría, el libro de la juventud perdida.

Publicado en Escuela (18 febrero 2016)

 

 

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