El tabaco y su representación

pulp_fiction-web

JAVIER SANZ
En los museos, una cartela suele dar cuenta del título de una pieza artística, de los materiales empleados para producirla, de la fecha de ejecución, de su propiedad. En un libro, los paratextos, los enunciados que lo presentan y lo revisten, se refieren en ocasiones, además de al contenido, al tiempo en el que el autor lo compuso, acaso a las adversidades a las que tuvo que hacer frente, tal vez a los años que tardó en escribirlo. Lo mismo que podría consignarse en el programa de mano de una ópera, en la grabación de un concierto de jazz o en el estuche de uno de esos discos que se resisten a desaparecer ante el formato digital.

La información sobre el tipo de pigmento con el que se impregnó el lienzo, el conflicto que supuso la publicación de un texto o el estilo en el que se inserta una composición musical no suele ir acompañada de referencias a otros elementos sin los cuales ese cuadro, ese libro, esa música probablemente no tuvieran la forma con que han llegado hasta nosotros. Quizá ni existirían. Imaginemos que el museo que fecha entre 1500 y 1505 un cuadro como El jardín de las delicias, para el que El Bosco utilizó óleo sobre tabla de madera de roble, incluyese en la información que suministra al visitante el dato de que tal vez lo pintó bajo los efectos de alguna droga alucinógena. O que una reproducción musical viniese precedida por el recuerdo de haberse materializado gracias a la ayuda de alguna sustancia al margen de la ley. En ese caso, los libros en los que habría que advertir de que fueron escritos en un mano a mano con todo tipo de sustancias euforizantes –alcohol, opio, anfetaminas, hachís, cocaína…- constituirían una lista interminable. Tan larga como la de los creados bajo la nube tóxica del tabaco.

En los libros, la huella del tabaco es menos reconocible que la de otras sustancias más proclives a los mundos irracionales. En el cine, la distancia entre el guion y la película diluye aún más su rastro, pero en la pantalla el cigarrillo puede ser un elemento de identidad de un personaje y un factor de emulación. Los datos irrefutables sobre los perjuicios que acarrea el tabaquismo han movido a las instituciones sanitarias a liderar combativas campañas contra esta adicción. Felizmente desterrado el tabaco de los centros de trabajo, los lugares públicos y los espacios publicitarios, las siempre poco escrupulosas compañías tabaqueras han agudizado el ingenio para seguir estando presentes de la manera más discreta posible. Como espacio de representación social, el cine es uno de esos emplazamientos en los que pueden estar sin demasiada ostentación. Si fumar es una actividad legal, ¿por qué no va a hacerlo un personaje anclado en mayor o menor medida en el mundo? ¿Imita el arte a la realidad o es una mera utilización como soporte publicitario?

La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la industria tabaquera llevan años jugando al ratón y al gato. Cansada de buenas promesas, la OMS ha lanzado una nueva ofensiva. La acometida se llama esta vez Películas sin tabaco: de la evidencia a la acción. Se trata de un informe de sesenta páginas que sostiene que las imágenes cinematográficas siguen transmitiendo impresiones engañosamente positivas del tabaquismo, y que constata que los acuerdos voluntarios con la industria del tabaco para autolimitar su presencia en el cine “no han funcionado ni pueden funcionar, puesto que los intereses fiduciarios de la industria tabacalera son opuestos a los de la comunidad de salud pública”. El documento recuerda que el cine, como soporte de promoción del tabaco, ha ido ganando terreno a medida que se le achicaban otros, y cómo, frente al escepticismo que suele suscitar la publicidad, no se percibe como un apostolado de la nicotina el ver a un personaje fumando en la pantalla de un cine. El documento viene refrendado por pruebas de que la exposición al “tabaquismo cinematográfico” afecta al consumo de tabaco entre adolescentes. Una de las medidas propuestas es que las películas en las que se fume no reciban subvenciones públicas. Otra, clasificarlas solo para adultos. En algunos países hay entidades que advierten de los filmes que contienen escenas de violencia o de sexo, lenguaje racista, consumo de drogas o palabras soeces. Tal vez pronto incluyan una nueva categoría: apología del tabaco. ¿Llegará a ocurrir algo parecido con las canciones, las piezas musicales, los libros o las obras de arte en las que haya alguna traza de tabaco? Magritte se curó en salud. La pipa que pintó no era en realidad una pipa. Solo su representación.

Publicado en Escuela (11 febrero 2016)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s