Frank y Ava, con España al fondo

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JAVIER SANZ
El amor entre Frank Sinatra y Ava Gardner, o como quiera que se denomine esa relación patológica que ambos mantuvieron, solo pudo estar al alcance de dos seres tan complementarios que ni podían permanecer el uno sin el otro durante mucho tiempo, ni tampoco estar juntos. Su relación empezó en 1949. Casado con Nancy Barbato, Sinatra era padre de tres hijos y mantenía diversas relaciones sentimentales. Su vida se repartía entre la casa familiar de Palm Springs, los conciertos, los rodajes de películas y un apartamento que estaba al lado del de Ava Gardner y desde el que, a gritos, la invitaba a sumarse a sus fiestas. Nacida en Carolina del Sur en 1922, Gardner había ido a Los Ángeles con la intención de convertirse en actriz de Hollywood. “No sabe actuar, no sabe hablar, pero es deslumbrante”, dijeron tras su primera prueba. Ava Gardner debió de ser un personaje deslumbrante toda su vida. Deslumbrante, libre y temible. “Cuando pierdo mi temperamento”, proclamaba, “no se puede encontrar en ningún sitio”. Con veinte años se había unido a Mickey Rooney en un matrimonio que duró solo uno. Siete después se había divorciado de su segundo marido, el clarinetista Artie Shaw, cuando no había pasado otro desde la boda. Una vez, Sinatra le dijo a Rooney: “Si ella no estuviera casada contigo, lo estaría conmigo”. Frank Sinatra y Ava Gardner contrajeron matrimonio en noviembre de 1951. Dos años después, la Metro anunció su separación. Su relación fue una agitada mezcla de lujuria, celos, abruptas rupturas y caros regalos de reconciliación, todo ello regado con abundante alcohol y con España como telón de fondo durante una buena década.

En Sinatra. Nunca volveré a ese maldito país (Fundación José Manuel Lara), Francisco Reyero describe el paso del cantante norteamericano por España, siempre tras la celosa estela que a su paso iba dejando la mujer que algún publicista cinematográfico había considerado el animal más bello del mundo. Sinatra se presentó de urgencia en Tossa de Mar en cuanto le llegaron los rumores de que Ava, que rodaba en la Costa Brava Pandora y el holandés errante, flirteaba con el torero de la película, Mario Cabré. Cuando ella inició una relación sentimental con Luis Miguel Dominguín, también hizo rápido acto de presencia. Un día cualquiera, en un palacete convertido en cabaré, entre bulerías y alcohol, Sinatra le propina una bofetada a Ava. Nada excepcional en una pareja con tendencia a pasar de los insultos y las imprecaciones a las manos. Durante años protagonizaron una sucesión de feroces encontronazos y desenfrenados reencuentros. Una noche de principios de los cincuenta en la que Ava había acudido invitada a una fiesta de su exmarido Artie Shaw, Sinatra la llamó por teléfono para despedirse de ella: “¿A dónde vas, Frank?”. “Voy a un lugar al que no puedes acompañarme”. Primero sonó un disparo y luego otro. En estado de histeria, Ava corrió al hotel en el que se alojaba el cantante. Al entrar en la habitación –lo cuenta Marcos Ordóñez en su indispensable Ava Gardner en España. Beberse la vida-, Sinatra estaba sentado en la cama, con un libro en las manos, sonriente, como si nada hubiera pasado. Otra vez, estando alojado en un hotel de El Escorial se sentó al piano, pidió que le alargaran el teléfono, solicitó una conferencia con Madrid y, una vez que reconoció la voz de Ava y sin decir nada, empezó a interpretar su repertorio. No mucho después, se abrió la puerta del bar, entró Ava, se acercó al piano, colgó el auricular del teléfono y se llevó a Sinatra.

Reyero recorre el camino abierto diez años atrás por Marcos Ordóñez en un libro repleto de pormenores proporcionados por algunos de los que conocieron bien a la actriz en sus muchas noches de fiesta. El complemento perfecto a estas dos lecturas es el documental de Isaki Lacuesta. La noche que no acaba incluye un magnífico montaje en el que la bellísima madurez de la Ava Gardner de Harem dialoga con la subyugante actriz de Pandora. El primero y el último plano que rodó en España. En 1969 se instaló en Londres. Allí siguió oyendo los viejos discos de Sinatra, hasta su muerte en 1990, nueve años antes que él. En 1988, con 65 años, buscó a alguien que le escribiera sus memorias, pero fue despedido antes de que vieran la luz. En 2013, esas conversaciones aparecieron en un libro en Estados Unidos. “Echo de menos a Frank. Incluso las peleas”, aseguraba, antes de dar por cierto que ella sería la primera de los dos en desaparecer. “Los bastardos”, adujo, “siempre sobreviven”. Frank y Ava, hasta el final.

Publicado en Escuela (24 febrero 2016)

 

 

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