La grandeza de la gran pantalla

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JAVIER SANZ
Las películas empequeñecen en el trasvase del cine a la televisión. Las salas cinematográficas ya no son, en su mayoría, esos grandes coliseos de antes. Las de ahora, en espacios más recogidos, tienden a ser más modestas, menos grandilocuentes. Aun así, el cine implica un ritual, unas normas, un horario. En casa, el aparato de televisión vomita ficciones sin parar. Sin necesidad de que le prestemos atención. En formatos como el dvd o la televisión bajo demanda, podemos ver la película en el momento que queramos, detenerla mientras vamos a la cocina a por algo que comer, retroceder si no hemos entendido una frase o queremos comprobar un gesto, retomarla días después en el mismo plano en el que la dejamos. Quejándose de la publicidad que tronchaba sin miramientos las películas en la pequeña pantalla, alguien dijo que no se podía interrumpir una emoción. De las manos de alevosos programadores, esa capacidad cercenadora ha pasado a las nuestras. Ver una película en la pantalla de televisión puede parecerse en algo a contemplarla en una sala de cine. Pero son dos cosas distintas. La película es la misma. Los personajes son los mismos. La trama no ha mutado, y su desenlace llega otra vez de la misma manera. Pero algo ha cambiado. No es lo mismo.

A veces somos nosotros. Volvemos a leer un libro o a ver una película al cabo del tiempo y tal vez no sentimos lo mismo que la primera vez. Al igual que nosotros, la mayor parte de los libros y las películas también envejecen. Sin embargo, en los pocos meses que median entre el estreno de un filme y su distribución en dvd, resulta difícil que la impresión que nos produjo sufra una gran transformación. La impronta inicial, la sensación primera, puede atenuarse o desvanecerse en un segundo pase. Por lo mismo, también puede enriquecerse aquello que sometemos a un nuevo escrutinio. La visión hace unos pocos meses de Truman en la pantalla de un cine fue seguida de ese resonar que acompaña a las obras que no resbalan sobre nuestra conciencia, sino que dejan en ella una huella más o menos duradera.

La película de Cesc Gay interpretada por Ricardo Darín y Javier Cámara aborda un tema como la asunción de la muerte por parte de alguien no condenado todavía por la edad, sino por una enfermedad incurable a la que en vano ha tratado de hacer frente. No tiene precisamente un motivo intrascendente, pero su director, alejándose de una gravedad o un dramatismo que hubiesen podido estar justificados por completo, la plantea en un tono de ligereza. Truman supone la crónica de esa amistad que, más allá del tiempo y la distancia, sigue uniendo a Tomás, un matemático español que trabaja en Canadá, y a Julián, un actor argentino separado que, como dice, tiene dos hijos: el veinteañero que estudia en Amsterdam y ‘Truman’, el Bullmastiff con el que convive y para el que busca un nuevo dueño. Y es, asimismo, el relato de un viaje, de una despedida. De varios viajes y varias despedidas, en realidad. El viaje de Tomás en busca del amigo gravemente enfermo que ha tomado una decisión que puede acelerar su final. El fugaz viaje de Julián para ver a su hijo. Los viajes en coche con los que cruzan la ciudad en busca de alguien que merezca hacerse cargo de Truman. El largo viaje final para el que Julián va preparándose.

Truman se desarrolla en apenas cuatro días, el breve lapso de tiempo marcado por la llegada de Tomás a Madrid y su regreso a Canadá. Ficción, la película que Cesc Gay estrenó en 2006, tras En la ciudad (2003), sucede también en unos pocos días, durante la estancia de sus protagonistas en la casa de unos amigos comunes en el Pirineo catalán. Aunque es una cinta que puede desalentar o aburrir abiertamente a más de uno, Ficción guarda cierto parecido con alguna subtrama de Truman. Lo que allí quedaba frustrado, aquí se culmina. Javier Cámara, Eduardo Fernández, Ricardo Darín: actores fetiche de las películas de Cesc Gay.

Al igual que en su proyección en la sala de cine, todo eso sigue estando en Truman al volver a verla en dvd en la pantalla del televisor. Nadie puede decir que no sea la misma película. Ni que el espectador sea ya otro. No ha dado tiempo a que ambos puedan volverse muy distintos. Y, sin embargo, la grandeza que emanaba la película parece empequeñecerse algo al reducirla de tamaño. Sucede con casi todas. La televisión achica los contenidos. Sofoca sus brasas. Una buena película, como sin duda es Truman, resiste su paso por la pequeña pantalla. Pero en el cine sabe a más. La grandeza de la gran pantalla.

Publicado en Escuela (6 marzo 2016)

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