Una nadería minimalista

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JAVIER SANZ
La muerte suele situar a los escritores notorios ante la puerta de un oscuro purgatorio en el que su obra, desprovista de aderezos y ornamentos, se verá conminada a defender su propia valía. De esa contienda, no todos los que en vida recibieron atenciones y renombre logran salir airosos. Los honores, los más altos premios, la popularidad, los muchos libros vendidos, el prestigio, sirven de poco en ese tiempo de duelo, del que algunos lograrán aflorar al cabo de cinco, de diez, de veinte años, con el esfuerzo de unos interesados deudos o al calor acaso de un aniversario rotundo. No parece ser el caso de Jaime Gil de Biedma. La obra del autor de Moralidades ha venido disfrutando, desde el fallecimiento del poeta en 1990, de un sostenido interés que se diría lejos de decaer. Su obra se ha convertido en un referente. Sigue plenamente viva.

Un año antes de su desaparición, Gil de Biedma le envió una carta a Carmen Balcells, su agente literaria, en la que le daba cuenta de la existencia de una treintena de carpetas con diverso material, que solo podría publicarse cuando él ya no existiera. Entre esos dos mil folios estaban los diarios que fue escribiendo en diferentes momentos de su vida, y de los que únicamente había publicado, en 1974 y de manera parcial, su Retrato del artista seriamente enfermo. Esos textos han aparecido ahora en un voluminoso tomo de más de seiscientas páginas titulado Diarios. 1956-1985, que incluyen Diario de ‘Moralidades’. 1959-1965; Diario de 1978, y Diario de 1985, en el que da cuenta de su lucha contra el sida.

En una algo retardada celebración del 25º aniversario del fallecimiento del poeta barcelonés, la Biblioteca Nacional ha programado una exposición en su memoria. Albricias, diría uno, si esa palabra estuviera en su vocabulario. Antes de acercarme, ya sé que no se ha elaborado un catálogo que recoja el contenido de la muestra. Hum. En la verja de entrada, dos cartelones anuncian sendas exposiciones que no son la que busco. Vaya. ¿Estaré confundido? ¿Me habré equivocado de mes, de año? No, no lo estoy. Un folleto desplegable da cuenta de que ‘En palabras de Jaime Gil de Biedma’ permanecerá abierta entre el 8 de febrero y el 3 de abril de 2016. Bien. Tomando como referencia otras exposiciones, uno se hace una idea aproximada de qué puede encontrar. Los comisarios de este tipo de muestras, llevados de una inevitable falta de originalidad, suelen organizarlas en torno a los restos materiales que va dejando un escritor: desde la partida de bautismo, hasta la de defunción, pasando por sus años escolares, sus pertenencias, los manuscritos de sus obras emblemáticas, sus fetiches indispensables…, todo ello aderezado con una buena ración de fotografías o entrevistas televisivas. Innovar resulta difícil.

Al visitante de la exposición dedicada a Gil de Biedma lo recibe esa sentencia suya en la que afirmaba que fue en la primavera de 1967 cuando escribió el que consideraba su mejor poema, ‘No volveré a ser joven’. Al lado, unas vitrinas muestran siete de sus primeras ediciones y tres cartas. Al girar la vista no detecto más contenido que el que ofrecen unos pocos paneles con algunos de sus poemas más conocidos. También hay unos pequeños altavoces elevados que conforman un círculo en mitad del cual no se percibe sonido alguno. Vaya. En una sala se proyecta un documental, pero antes de enfrascarme en él, me interno por un pasillo al final del cual calculo que retomaré la continuación de la muestra. No es así. ¿Dónde está la exposición sobre Gil de Biedma? ¿Me he desorientado? ¿Hay algún pasaje secreto que permanezca oculto para mí, ignorante de su santo y seña? No, no lo hay. En fin. Cabizbajo, entro en la sala de proyección y contemplo el documental realizado por Inés García-Albi, que da continuidad a uno ya conocido. Al salir de la Biblioteca, celebro la falta de originalidad de algunos comisarios y lamento homenajes como este, concebidos como una “instalación sonora” o un “viaje sensorial en un formato minimalista”. Uf. El minimalismo puede confundirse a veces con la nadería.

Como desagravio a Jaime Gil de Biedma, abro su poesía y busco su mejor poema: “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde / -como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante. // Dejar huella quería / y marcharme entre aplausos / -envejecer, morir, eran tan solo / las dimensiones del teatro. // Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, / es el único argumento de la obra”.

Ay.

Publicado en Escuela (25 febrero 2016)

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