El peligro de escribir

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JAVIER SANZ

El gato encerrado, el primer tomo de los diarios de Andrés Trapiello, ha cumplido veinticinco años. Su primera edición, en Pre-textos, es un tomito en octavo cuya portada celeste luce un collage de Picasso titulado Hombre con sombrero. Son algo menos de doscientas páginas, precedidas por un breve prólogo y una cita en catalán de Josep Carner que habla de la dificultad de encontrar un gato en una habitación negra…, sobre todo cuando no hay tal gato. El diario comienza un 1 de enero en Las Viñas. Contando aquel primero, Trapiello ha publicado ya 19 volúmenes de lo que, con el tiempo, ha bautizado como ‘Salón de pasos perdidos’, epígrafe al que no ha dejado de añadir el de ‘Una novela en marcha’. En estos veinticinco años los libros han ido adquiriendo una mayor corpulencia. Han crecido en formato y en volumen. Seré duda, recién aparecido, son algo más de setecientas páginas. Como los demás, comienza también en ese refugio cacereño, otro 1 de enero, y su lectura va precedida de algún preámbulo. De seis, para ser exactos, adjetivados cada uno a su manera: prólogo sentimental, anormal, confesional, profesional, accidental y final. En ellos, Trapiello vuelve a prevenir al lector con su idea de que lo que se dispone a leer no es un diario, sino una novela. “(…) Sólo una novela, no una novela real o unos diarios novelados, sino una novela, un relato largo, algo a lo que la gente no le dé ninguna importancia como literatura, aunque aspiro a que se la dé como algo que tiene que ver con la vida”. Como el resto de las entregas, Seré duda está sembrado de pequeños o grandes ajustes de cuentas hacia la gente de la cultura, de parodias no siempre bien recibidas por quienes se ven reflejados en esos trazos.

En las setecientas páginas que el lector tiene por delante, el Andrés Trapiello que asume la narración y que, como el autor, acaba de publicar una novela titulada Al morir don Quijote, se echa con frecuencia a los caminos para dar una charla aquí o una conferencia allá ante auditorios que él mismo se encarga de reducir con humor a ocho o diez oyentes, si no menos. O se acerca cada domingo al Rastro movido por la ilusión de descubrir preciados tesoros bibliográficos entre los montones informes que yacen en el suelo a la espera de un comprador. A veces, la peripecia se demora en sucesivas entregas de folletón, como el que protagoniza ese gitano joven al que, junto a J.M.B., le compra un puñado de documentos y cartas entre las que figuran algunas de Falla o Turina. En otras, el relato procede de terceros, pero no por eso resulta menos divertido. Un día, a la muerte de su viuda, aparecen en un contenedor un sinfín de papeles procedentes de un escritor ultraísta fallecido unos años antes. Pariente más o menos lejano suyo, el amigo J.M.B. es alertado del hallazgo y a setecientos kilómetros de distancia se encarga de dirigir el operativo que ha de concluir con el rescate de esos pecios. La crónica de un premio sin dotación económica hace aflorar envidias y traiciones y motiva el reencuentro con ese filólogo autor de numerosas ediciones quijotescas, del que Trapiello había sido amigo hasta que una disputa en torno a pequeños detalles sobre cómo se imprimió el libro de Cervantes los separó. O da lugar a un mal gesto hacia ese otro hombre de letras que protagonizó aquel viaje a Toledo tan cáusticamente narrado en otro tomo de este Salón de pasos perdidos. ¿Diarios o novela? ¿Verdad? ¿Ficción?

Hace no mucho, Arcadi Espada publicó en El Mundo una entrevista con Trapiello que llevaba por título: “Yo vivo peligrosamente”. El escritor leonés daba cuenta en ella del proceso de elaboración de sus diarios, nacidos cada día en unas libretas manuscritas y reescritos años después en el ordenador, donde cobran la forma con la que llegarán a los lectores. Avezados duelistas, a las dudas de uno sobre la legitimidad de introducir en unos diarios elementos ficcionales, le oponía el otro la verosimilitud del relato novelesco como única exigencia. En medio del tira y afloja, Trapiello dejaba caer que hace veinticinco años decidió contar su vida y que eso era lo que había seguido haciendo. “No soy un hombre que cumpla con el decálogo de las buenas costumbres, ni política ni literaria ni personalmente. Eso, y el propósito de contarlo”, añadía, “es lo que ha hecho peligrosa mi vida de escritor”. ¿Peligrosa, la vida de un escritor?, se preguntará el lector inocente que se adentre en estas páginas. Antes de llegar al final, intuirá que sí. En un mundo de egos superlativos y escaso humor, ¿cómo no va a estar lleno de peligros el uso de la pluma como si fuera el florete con el que se clava a alguien en la pared, caricaturizado a la vista de todos?

Publicado en el periódico Escuela (10 marzo 2016)

 

 

 

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