La novela y el Candy Crush

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JAVIER SANZ

Convengamos que la poesía se ha convertido hoy en un género de catacumbas; el ensayo, en una práctica abstrusa con la que el profesorado universitario ceba su currículo al par que su vanidad, y la novela, en un pasatiempo intrascendente para los pocos que aún disfrutan leyéndola.

Hasta no hace mucho, y sin necesidad de demostrar mayores méritos, la poesía otorgaba su aureola a quien la practicaba. Escribir poesía, aunque fuera en secreto, confería un alto prestigio en el mercado de la sensibilidad y, si además llegaba a ser publicada y extendía un nombre más allá de los límites del barrio, entonces situaba al elegido en los umbrales del Parnaso, allí donde se les podía llamar por su nombre de pila a Rubén, a Juan Ramón o a Federico. La poesía era lo excelso.

Hubo un tiempo también en el que el ensayo se convirtió en el género por excelencia para la generación llamada a derribar de su pedestal a los dictadores seniles. Los sesudos manuales de difícil comprensión que ponían al alcance de la mano una sociedad igualitaria se convirtieron en lectura imprescindible para esas nuevas élites políticas. Las febriles lecturas sirvieron luego de poco a la hora de buscar soluciones a problemas irresolubles. De la visión utópica del mundo, se pasó a la autoayuda. Si el ensayo sirve hoy como pienso divulgativo y como sustento ineludible de quien se ve sometido a la férula académica, la poesía ha terminado por convertirse en alimento exclusivo de poetas en ejercicio. Una suerte de antropofagia poética. De poetofagia.

¿Y la novela? La novela ha mutado en un extraño fenómeno por el que el común de los mortales no parece interesarse en absoluto salvo en dos momentos precisos del año: el 23 de abril y la Feria del libro, cuando todo el país se convierte en lector. Si la poesía o el ensayo eran los géneros que antaño otorgaban algo parecido al prestigio, hoy parece concederlo ese género decimonónico que, pese a su mala salud de hierro, se resiste a su defunción. Ni poetas, ni ensayistas. Hoy el delantero centro del campo literario, la estrella que marca los goles y se lleva la fama, los honores y el dinero –el poco o mucho que haya- es el novelista. Como en otros momentos se podía soñar con ser poeta -mejor que notario, odontólogo o registrador de la propiedad-, hoy cualquiera aquejado de ínfulas literarias lo que verdaderamente ambiciona es ser novelista. Todos los demás son rangos menores. Un periodista que ya ha cumplido el medio siglo y que en su biografía pregona los libros escritos en el tiempo que le deja libre su pluriempleo como tertuliano televisivo no deja de martirizarse con la ausencia de ese broche de oro: “Me falta una novela, pero la escribiré”. Ese será sin duda su gran día, el momento en el que la humanidad podrá quedar tranquila, porque se habrá reparado una gran injusticia. Solo entonces, el periodista y escritor podrá presentarse también como novelista, una condición compartida con casi todos los presentadores de la televisión de hoy. Salud, dinero, amor. Plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro. Una novela. Antes, en el transporte público podía verse a gente leyendo libros, e incluso, aunque parezca mentira, sosteniendo el ejemplar de un periódico de papel. Hoy todo el mundo va pendiente de la pantalla de su móvil. “El mayor competidor del libro [de la novela, se entiende] es el Candy Crush”, asegura en una entrevista en la web de Jot Down Koro Castellano, la directora de Kindle España, una empresa de Amazon. Atraído quizá por su inteligencia futbolística, aunque probablemente más por la fama y las increíbles cifras de sus contratos, el alevín de novelista salta al césped aspirando a suceder al Messi o al Ronaldo de las letras. Pero la lectura no es hoy un campo de juego, sino de batalla. Lo que está en disputa es el tiempo de ocio. Dice Koro Castellano que hoy el libro, sea de papel o electrónico, compite con casi todo: con Sálvame, con una película, con Facebook, con Instagram, con el Candy Crush

“Hay que sacar la poesía de las catacumbas”, proclama en una entrevista el poeta Manuel Vilas, que, por si acaso, también es novelista y que ha escrito un poema sobre un McDonald´s, “el mejor restaurante del mundo”, “un restaurante comunista”. Si la novela empieza a situarse a la altura del Candy Crush, ¿no será el momento de volver a la poesía, aunque sea en la catacumba de un McDonald´s? “(…) Algo importante está sucediendo / en este subterráneo del McDonald’s / de la Plaza de España de Zaragoza, pero no sé qué es. No lo sé (…)”.

Publicado en el periódico Escuela (17 marzo 2016)

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