Reír o llorar

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JAVIER SANZ

El humor es una cosa muy seria. Lo dijo Wenceslao Fernández Flórez y cualquiera puede comprobarlo. A cada instante y sin compasión, los medios de masas nos enfrentan a un sinfín de noticias revestidas de muchas capas de seriedad que terminan por resultar visceralmente cómicas. ¿Cómo tomarse en serio a un presidente del Gobierno que, aferrándose desesperadamente a su cargo, asegura no haber actuado antes contra determinados responsables de su partido porque no tenía ni idea de lo que estaba pasando? ¿No resulta divertido que aparezcan sobresueldos ilícitos a su nombre en unos papeles que sus subordinados trataron de desdeñar al tildarlos de fotocopias de fotocopias, pero que el juez ha acreditado como auténticos, y que él no supiera nada? ¿O que todo fuera falso salvo alguna cosa y sigamos sin saber, por su boca, cuál era esa cosa cierta? ¿No es cómico enterarse de que la sede de un partido político se ha reformado con dinero negro y a nadie le conste nada? ¿No es hilarante oír que una presidenta regional con fama de inquisidora no tuviese la menor noticia de cómo algunos de sus hombres de confianza traficaban con dinero indebido o aprovechaban su posición de poder para enriquecerse ilegalmente? ¿Y no es desternillante que, pese a ello, esos gobernantes sigan representándonos y cobrando del presupuesto público? Es todo tan penoso, tan inmundo, son tantas las deficiencias democráticas del país, que solo la risa nos puede ofrecer algo de consuelo. ¿No es acaso una broma que unos informativos de la televisión pública que una vez fueron ejemplares hayan naufragado en el sectarismo que cada día les hace perder espectadores a chorro, y que a estos los recoja un programa satírico de actualidad? ¿No es algo lógico y natural? ¿No es algo perfectamente serio?

El humor no ha tenido hasta ahora mucho eco en la investigación académica. Es lo que asegura el profesor de la Universidad de Valencia Francesc-Andreu Martínez Gallego en el prólogo de El humor frente al poder. Prensa humorística, cultura política y poderes fácticos en España (1927-1987) (Biblioteca Nueva). El libro, que es fruto de algo tan serio como un proyecto financiado por un Ministerio de Ciencia e Innovación que ya no existe -quizá porque no quede ya en este país ni ciencia ni innovación-, aborda el tratamiento concedido por distintas publicaciones a tres instituciones de poder como la monarquía, el ejército y la iglesia. Los autores, investigadores de la comunicación, parten de la premisa de que el estudio del humor ha sido algo a lo que se ha prestado escasa atención intelectual, pese a que resulta indispensable analizar con rigor qué hace reír a una sociedad, si se quiere conocerla profundamente. El volumen se centra en dos momentos de transición en la historia política de la España del siglo XX. Dos intentos de dejar atrás una dictadura para encarar la construcción de un tiempo nuevo mediante el ejercicio de la democracia: el que va de la dictadura de Miguel Primo de Rivera a la Segunda República, y el paso de la de Francisco Franco a la monarquía parlamentaria. Si, como plantea Martínez Gallego, el humor ejerció de dardo o de comparsa es algo que cada cual tendrá que dilucidar en la lectura de unos capítulos por los que van compareciendo publicaciones como La Esfera, La Campana de Gracia, La Traca, Gutiérrez, Gracia o Justicia, Por Favor, Hermano Lobo, La Codorniz, El País o El Jueves, entre otras.

Como todo lo que se pone bajo el foco del microscopio, el humor, eso ante lo que no habíamos ido nunca más allá, se convierte de pronto en una polifonía semántica que diferencia entre términos contiguos como ironía, burla, sarcasmo, sátira o parodia, pero también en la clase de efecto provocado, que puede ir de la connivencia lúdica a la crítica, pasando por la cínica o la burlesca; o en las tres formas de construirlo: la insólita, la paradójica y la absurda. En función del objetivo que se persiga, los estudiosos hablan también de cuatro tipos de humor: como diversión (humor benigno), como consuelo (tragicomedia), como juego intelectual (ingenio) y como arma (sátira). El humor, ya se ve, también puede someterse a disección.

Pero, antes de embarcarse en todo ello, hay una primera definición imprescindible. ¿Qué es el humor? En el libro se utiliza en varias ocasiones aquella que lo identifica con cualquier mensaje transmitido por el gesto, la palabra hablada o escrita, la imagen o la música, que se proponga provocar la sonrisa o la risa. ¿Se proponían esos gobernantes presuntamente aludidos antes provocarnos la risa con sus imperturbables declaraciones, con sus lamentables excusas, con sus despiadadas burlas hacia quienes los han situado en esos puestos? Cabe pensar que no. Si reímos, es por no llorar.

Publicado en el periódico Escuela (31 marzo 2016)

 

 

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