La Novena, en los arrabales del mundo

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JAVIER SANZ

La del ser humano es, periódicamente, una historia de destrucción. A lo largo de los siglos, las guerras han servido, entre otras cosas, para aniquilar la cultura del adversario, después de haberse apoderado de lo que se consideraba valioso. La práctica no ha desaparecido, ni mucho menos. En 2001, en Afganistán, los talibanes destruyeron los budas gigantes de Bamiyán. En 2012, un grupo vinculado a Al Qaeda demolió, además de varios mausoleos, la mezquita de Tombuctú, en Mali. En 2015, el llamado Estado islámico dinamitó el bimilenario templo de Baal, emblema de la antigua ciudad de Palmira, en Siria. Son solo tres ejemplos. De nada ha servido que a todas esas obras arrasadas por el fanatismo la Unesco las hubiera declarado Patrimonio de la Humanidad, condición que otorga al conjunto de “bienes inestimables e irremplazables de las naciones, cuya desaparición representaría una pérdida invaluable para la humanidad entera”. El listado recoge un impresionante elenco de maravillas, en cuyo capítulo español figuran monumentos como la Alhambra de Granada, la Cueva de Altamira, la ciudad histórica de Toledo o las obras de Antoni Gaudí. Tampoco es probable que cause una gran impresión en la mente de los terroristas el patrimonio documental que compone el Registro de la Memoria del Mundo, elaborado igualmente por la Unesco, y en el que, por no salirnos del ámbito alemán, junto a un texto sobre el inicio de la reforma de Lutero, el manuscrito del Manifiesto Comunista o una serie de documentos sobre la construcción y la caída del Muro de Berlín, figura la partitura de la Novena sinfonía de Ludwig van Beethoven.

La Unesco reconoce a la Sinfonía nº 9 en Re menor, Op. 125, como una de las composiciones musicales más conocidas en el mundo entero, y subraya, además de la influencia decisiva ejercida en la música de los siglos XIX y XX, el hecho de que por primera vez se incluyera la voz humana en una sinfonía. Ese movimiento coral, que recupera los versos del poeta Friedrich von Schiller, se ha convertido en símbolo de la paz entre las naciones y los pueblos del mundo. La Novena, la última sinfonía que escribió Beethoven, volvió a sonar días atrás en el Teatro Real.

Íñigo Pirfano (Bilbao, 1973), director de la Orquesta Académica de Madrid, se ha propuesto acercar ese fraternal mensaje a los desheredados que no pisarán nunca una sala de conciertos o un teatro de la ópera. Obsesionado por esa idea, ha puesto en marcha un ambicioso proyecto que, en una primera fase, pretende llevar a colectivos marginados de varios países de Sudamérica la belleza de la composición concebida por Beethoven. Su propósito es extenderlo luego a África y a Asia. El quijotesco proyecto, que tiene en su patronato de honor a nombres como Plácido Domingo, Luis Rojas Marcos, Carmen Thyssen o Antonio Garrigues Walker, lleva por nombre ‘A kiss for all the world’. El concierto benéfico del Teatro Real ayudó a recaudar fondos para una iniciativa que ya ha proporcionado algún consuelo a los enfermos del Hospital 12 de octubre, de Madrid, o a los del Hospital Nacional de Parapléjicos, de Toledo. En la solemnidad del coliseo madrileño, la música de la Orquesta Académica de Madrid fue abriéndose paso y desgranando poco a poco esa alegre melodía universal estrenada en 1824 y que un día de 2016 volvió a encontrar su cenit con la colaboración de solistas como Ainhoa Arteta, María José Montiel, Aquiles Machado y Felipe Bou, arropados en los pasajes más enfáticos por el Coro de Jóvenes de Madrid, que dirige Juan Pablo de Juan.

Cuando se estrenó la Novena, el público vienés que antaño lo adoraba había empezado a olvidarse ya de su autor, en la creencia de que el mejor Beethoven era un recuerdo de otro tiempo. Con todo, a su funeral asistieron 20.000 personas en lo que parece que fue una elaborada ceremonia para despedir a su ilustre convecino. La partitura de la Sinfonía nº 9 en Re menor, Op. 125 ‘Coral’ está guardada en una caja fuerte de la Biblioteca Estatal de Cultura Prusiana de Berlín y constituye uno de sus tesoros más preciados. Un tesoro dividido. De sus dos centenares de páginas, faltan cinco: tres están en la Biblioteca Nacional de París y dos en la Casa Beethoven de Bonn. Aunque nunca se sabe, y aun fragmentada, parece a salvo de los talibanes y de los ladrones del patrimonio artístico. El escudo protector de la Unesco hace lo que puede. Lo que nadie podrá arrebatar nunca a sus oyentes es la emoción que produce la música que contiene. Ojalá que esa emoción llegue también a los arrabales del mundo.

Publicado en Escuela (14 abril 2016)

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