La escritura invisible

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JAVIER SANZ

En alguna página de El fantasma en el libro (Seix Barral), su autor, Javier Calvo, anima a citar el nombre de tres traductores españoles literarios actuales. Una señal de alarma se enciende entonces en la mente del lector. Superado el golpe bajo, aún acierta a recobrar los de algunos con cuyos trabajos se había familiarizado en las últimas décadas. Sin embargo, si se descuentan los que han fallecido, los que han visto reconocido su prestigio y su edad con premios o designaciones académicas y unos pocos asociados a la lectura de determinados autores, es probable que ese listado tienda a quedar bajo mínimos.

La del traductor es una figura curiosa. Su tarea sigue resultándonos imprescindible, pero en muchos casos su presencia se diluye hasta casi desvanecerse, convertida en una diminuta mención en la página de créditos de una novela, un libro de poemas, un ensayo. A lo largo de los treinta últimos años, su aparición en las cubiertas ha sido la punta de lanza de las reivindicaciones del gremio. En este aspecto, es probable que se haya avanzado mucho, pero no deja de ser paradójico que en textos recientes haya que abrir el libro para conocer al responsable de la versión española, cuando en los años ochenta del siglo pasado una colección como Narradores de Hoy, de Bruguera, ya lucía en sus portadas el nombre de sus traductores.

En El fantasma en el libro, que es una reflexión sobre el mundo de la traducción, Javier Calvo asume esa invisibilidad como algo intrínseco a este trabajo. “Nuestra escritura”, dice, “es la única que intenta que nadie se fije en ella, que quiere ser literalmente invisible, algo en lo que la mente no se detenga en absoluto”, hasta el punto de que el texto vertido a una nueva lengua “se lea ‘como si no fuera una traducción’”. La intermediación invisible será una prueba del éxito. En la primera línea, Javier Calvo, novelista y traductor de autores como Don DeLillo, Salman Rushdie, J. M. Coetzee, David Foster Wallace o Zadie Smith, adelanta que la intención de su libro no es reivindicar su profesión. Pero la advertencia pronto se revelará imposible. El ensayo repasa la historia de esta actividad consistente en poner en una lengua aquello que se ha escrito en otra, analiza los variados problemas con los que se encuentra hoy día quien quiere ejercerlo profesionalmente y defiende una labor que no solo no es considerada por muchos lectores, sino tampoco por algunos editores.

Para quien no se ha adentrado antes en este mundo, hay un capítulo especialmente interesante. Es ese en el que se habla del ‘español de las traducciones’. Cuenta Javier Calvo que en la industria editorial española se ha instaurado un ‘español traducido’, algo que identifica como un idioma en sí mismo. Tratando de facilitar la lectura, las editoriales persiguen un “supuesto castellano ‘neutro’”, en virtud del cual eliminan todos los giros y rasgos locales que haya podido introducir el traductor, algo que, según el ensayista, va en contra de la misma lógica de la traducción. Eso, bajo su punto de vista, obliga a los traductores a escribir en un lenguaje estándar “que se aleja de lo que la gente habla en realidad y, sobre todo, se aleja del idioma literario”. Lo que finalmente ocurre es que el lector de la otra orilla del Atlántico se irrita ante el lenguaje de una traducción nacida aquí, de una forma probablemente no muy distinta a lo que sucede cuando llegan acá versiones creadas allí. Según Calvo, esa imposición de un español neutro está condenada siempre al fracaso, porque destruye una parte importante del contenido original y crea una versión empobrecida del español.

Con todo, este no dejará de ser uno más de los muchos problemas con los que tienen que lidiar a diario nuestros traductores. A unas tarifas que dificultan el poder vivir de una tarea “laboriosa, prolija, cara, [que] requiere mucho tiempo y, sobre todo, es lenta”, se unen otras amenazas propias de este tiempo hipercomunicado. Frente a ese trabajo minucioso y exigente, surgen competidores como el crowdsourcing –la invitación que algunas empresas hacen a usuarios para que traduzcan sus interfaces de manera gratuita-, la fantraducción literaria –cuando los fans de un autor se lanzan a traducir espontáneamente un libro para no esperar a su aparición oficial- o la propia existencia de Google Translate, cuyas imprecisiones quizá ayuden durante bastante tiempo a asegurar a los traductores su trabajo.

A esos, Nicholas Negroponte añade algún otro futuro rival. El gran gurú norteamericano de 72 años que en 1984 auguró cómo sería nuestro presente de pantallas táctiles, libros electrónicos y videoconferencias, aseguraba hace unos pocos meses que en el futuro podremos aprender idiomas con tan solo tomar una pastilla. Si el desconocimiento de lenguas deja de ser el problema que es hoy, ¿serán necesarios entonces los traductores literarios? ¿Y seguirá existiendo eso que llamamos literatura?

Publicado en el periódico Escuela (28 abril 2016)

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