Una Laponia mediterránea

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JAVIER SANZ

Con 91.006 habitantes censados a 1 de enero de 2015, la de Soria es la provincia menos poblada de toda España. Para la Unión Europea, una zona de baja densidad de población es aquella que no supera los 12,5 habitantes por kilómetro cuadrado. Soria tiene 8,8. Laponia, un territorio repartido entre cuatro países -Noruega, Rusia, Suecia y Finlandia- está por debajo de 8. Lo mismo que 163 de los 183 municipios que componen la provincia soriana. O que ese desierto demográfico que, además de por Soria, se extiende también por zonas de Burgos, La Rioja, Zaragoza, Guadalajara, Teruel, Cuenca y algo de Castellón y Valencia. Esa franja, que el catedrático de la Universidad de Zaragoza Francisco Burillo-Mozota denomina la Serranía Celtibérica –pero también la Laponia del Mediterráneo-, tiene una extensión que equivale a dos veces la de Bélgica y una densidad media que no pasa de los 7,98 habitantes por km².

La población oficial de la provincia de Soria cabría cómodamente en un campo de fútbol como el Camp Nou (93.053 localidades), y aún quedarían butacas vacías. Pese a esas cifras desoladoras, y no probablemente porque tenga una afición lectora como la de Finlandia, Soria cuenta hoy con dos diarios en papel, un semanario, un quincenal gratuito y varios digitales. Hace solo unas semanas, en el ejemplar que hacía su número nueve, el último periódico en llegar a los quioscos sorianos exhibía en su portada un avance del reportaje de dos páginas que ofrecía en su interior bajo un título inquietante: “Se vende pueblo”. La oferta inmobiliaria de esta aldea abandonada, a 25 kilómetros de la capital, incluye un caserío con dieciocho habitaciones, granero, casas de piedra, una iglesia rehabilitada del siglo XII y 90.000 metros cuadrados de terreno. El precio no ha trascendido, pero el pueblo lleva seis años en venta.

Como tantas otras dispersas por la meseta, esta aldea puede servir de muestra de lo que en su ensayo recién publicado (Turner) el novelista Sergio del Molino denomina ‘La España vacía’. La España vacía es esa parte del país que, alejada de los grandes núcleos urbanos, empezó a abismarse en la segunda mitad del siglo XX por lo que se conoce como declive rural. Un círculo vicioso. La mecanización del campo requería menos mano de obra y provocaba la emigración de los jóvenes a la ciudad. La pérdida de población había de conllevar la reducción de la oferta de servicios e infraestructuras y un menor número de posibilidades laborales en los pueblos. Todo contribuía a favorecer aún más la marcha de los jóvenes.

Sergio del Molino (Madrid, 1979), quien ha adquirido ya cierta notoriedad por sus novelas La hora violeta y Lo que a nadie le importa, se adentra en este ensayo por un camino que no ha sido demasiado transitado, salvo por los geógrafos y por unos pocos escritores interesados en el mundo rural. En los primeros capítulos, Del Molino sitúa el origen de ese declive de lo campesino -lo que él denomina el Gran Trauma-, lo ubica geográficamente, compara el problema demográfico con otros países y no olvida la sobrerrepresentación parlamentaria de que esa España vacía disfruta solo en teoría, y en virtud de una ley que lleva a que el voto de un elector no tenga el mismo peso en unas provincias que en otras: el sufragio de un soriano vale por 5,9 papeletas depositadas en Madrid. Pese a ello, esa España vacía cuenta tan poco en el Parlamento que se ha visto obligada a alzar la voz con la ayuda de movimientos ciudadanos como Foro de Zamora, Teruel existe o Soria ya. En la segunda parte, el autor se encarga de analizar algunos de los mitos de esa España rural y conduce al lector por los pormenores de los crímenes de Fargo o de Puerto Hurraco; por la leyenda construida en torno a Las Hurdes. Tierra sin pan, la película de Buñuel que nadie pudo ver durante décadas; por ese laboratorio de transformación social a largo plazo que fueron las Misiones Pedagógicas y para el que no hubo tiempo, o, entre otros, por esa literatura de lo charnego que va de Juan Marsé a Javier Pérez Andújar, pasando por Francisco Casavella.

Nadie repara en ella, pero esa otra España está ahí, languideciendo en su abandono, en su decrepitud, en su soledad. Sus habitantes envejecen y mueren. Las aldeas de esta Laponia mediterránea se despueblan. Al cabo de los años, unas pocas saldrán a la venta para ser utilizadas como recinto de convites nupciales, como lugares en los que aprender idiomas extranjeros, como alojamiento vacacional para urbanitas estresados. Mejor eso que convertirse en ruinas.

Publicado en el periódico Escuela (21 abril de 2016)

Sergio del Molino: “Quizá debamos resignarnos a vivir en un país cada vez más vacío”.

Publicado en el periódico Escuela, 12 mayo 2016

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