El eterno regreso de Torres-García

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JAVIER SANZ

El trayecto artístico de Joaquín Torres-García va del clasicismo de sus primeras obras hasta el constructivismo geométrico de su madurez. En las imágenes de esa Arcadia mediterránea que preconizaba el noucentismo catalán y que marcan su iniciación artística no hay nada aparentemente que permita adivinar su evolución pictórica. Nada, en esas estampas campestres, en esas piezas levemente helénicas en las que aparecen construcciones arquitectónicas, templos, mujeres de un tiempo remoto e idealizado. O en esas otras en las que aparecen obreros y burgueses férreamente separados. Y, sin embargo, algo podría vislumbrarse en ese gusto primerizo por las estructuras, por la división arquitectónica, en lo que luego será ese constructivismo que se convertirá en su sello de identidad.

Entre unos cuadros y otros hay una vida de 75 años enmarcada entre el Montevideo de su nacimiento en 1874 y el de su muerte en 1949. Una vida repartida entre varios países: España, Francia y Nueva York, fundamentalmente. De padre catalán, Torres-García nació y vivió en la capital uruguaya hasta que, cuando contaba 17 años, la familia emprendió rumbo a Cataluña, en busca de unas raíces paternas que lo llevarían a Barcelona. Allí inició estudios artísticos que pronto dejó atrás, para empezar a mostrar su obra y realizar ilustraciones en diversas revistas. Muy pronto debió de alcanzar cierta notoriedad. En 1903 Antoni Gaudí  lo invitó a colaborar en la Sagrada Familia y en la catedral de Palma de Mallorca, y en 1908 recibió diversos encargos, entre ellos la decoración de una sala del Ayuntamiento de Barcelona, una obra que sería recubierta y destruida poco después.

En la exposición que puede verse en la Fundación Telefónica, en Madrid, bajo el título ‘Un moderno en la Arcadia’, el clasicismo de ese primerísimo Torres-García da paso al vibracionista que, hacia 1917, trata de llevar al lienzo la agitación, el bullicioso espíritu de la gran ciudad. París es entonces la meca del arte, el destino soñado para cualquier pintor con ambiciones. Sin embargo, solo en 1910, mucho después que otros correligionarios como Sunyer o Picasso, traba contacto con la escena artística parisina, que retomará tras su paso por Nueva York. En la urbe norteamericana, busca fabricar de manera industrial los juguetes de madera articulados que ha ideado tras trabajar como profesor de dibujo en un colegio y aprovechar su propia experiencia como padre. Instalado en Livorno, en la Toscana italiana, hacia 1924 centra casi todos sus esfuerzos en la producción de sus juguetes en Estados Unidos, para lo que un amigo suyo pone en pie Aladín Toys Company, una empresa que quiebra al arder sus instalaciones.

Si a Joaquín Torres-García se lo identifica con un estilo propio es con el constructivismo. En los seis años que pasó en París entre 1926 y 1932, traba contacto con un grupo de artistas que, opuestos al surrealismo imperante, defendían un  arte neoplasticista, abstracto y puro. Entre esos pintores estaban Piet Mondrian y Theo van Doesburg, con los que fundará un efímero movimiento llamado Cercle et Carré (Círculo y Cuadrado). Impresiona ver cuadros de Torres-García que remiten de inmediato a la obra más conocida de Mondrian. Pero, si en los cuadros del holandés los colores primarios llenan el interior de estructuras geométricas, en los del uruguayo los colores puros se han ensuciado, se han vuelto pardos y ocres, las pinceladas son visibles y las rectas están trazadas a mano y no con tiralíneas. Ahí asoma ya el constructivismo de Torres-García, esas ventanas geométricas con las que divide el lienzo y en las que luego se generará una cuadrícula laberíntica poblada por una iconografía que abunda en elementos esquemáticos: peces, relojes que (casi) siempre marcan la misma hora, anclas, brújulas, botellas, estrellas, herraduras, compases, corazones, frontispicios o meras letras.

Hay un último Torres-García. Ese que en sus postreros años de vida, de vuelta en Uruguay, retoma los colores llamativos -rojo, blanco, azul, negro-, usados diez años atrás para, sin abandonar sus postulados constructivistas, representar un pez o un bodegón plano en el que se incrustan unos cubiertos, una espumadera, una botella, un colador. La exposición de la Fundación Telefónica nos devuelve a ese Torres-García cuya obra podemos revisar cada cierto tiempo. El Reina Sofía le dedicó una muestra en 1991. El IVAM en 1997 se centró en sus juguetes. En 2002 organizó una retrospectiva la Fundación ICO. Y ahora, y hasta el 11 de septiembre, puede contemplarse esta otra organizada por el MOMA, el Museo de Arte Moderno de Nueva York, y el Museo Picasso de Málaga. Joaquín Torres-García siempre vuelve. Es su eterno regreso.

Publicado en el periódico Escuela (2 junio 2014)

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