Palabras para derrocar una dictadura

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JAVIER SANZ

En cualquier proceso histórico hay siempre una letra pequeña que pocas veces es tenida en cuenta en el gran relato final. En un libro de cuatrocientas largas páginas sobre la oposición democrática al franquismo, obra de un conocido historiador ya fallecido, aparecen todos los grandes personajes que protagonizaron esa época. Pero que nadie busque los de tantísima otra gente que, como Antonio Donoso, fueron asesinados en una redada; sufrieron cárcel, como Marcos Ana, o fueron los artífices, como Domingo Malagón, de numerosos documentos con los que pudieron moverse a sus anchas muchos de los dirigentes de la clandestinidad que nutren las onomásticas de los libros que hacen la crónica de aquel tiempo.

Los de Donoso, Ana o Malagón son solo tres nombres de tantísimos pequeños grandes héroes que con su sacrificio personal sustentaron la lucha contra el tirano. Los tres aparecen en distintos tramos de una, en apariencia, poco llamativa exposición que, sin embargo, se vuelve épicamente apasionante. Cuando se traspasa el patio de la Imprenta Municipal de Madrid, donde chibaletes, linotipias y rotoplanas duermen su sueño de dinosaurios extinguidos, una lluvia de pasquines marca el camino de la exposición titulada ‘Letras clandestinas’. La muestra va enmarcada entre dos fechas: 1939, el año de la derrota de la Segunda República, y 1976, el del referéndum sobre la Ley de Reforma Política. Entre medias, se extiende un largo periodo en el que unos cuantos se expusieron a ser perseguidos, represaliados, torturados o asesinados por luchar contra el siniestro régimen imprimiendo clandestinamente un periódico, elaborando un boletín, estampando un panfleto o lanzando al aire un manojo de octavillas. Detrás de ‘Letras clandestinas’ están esos pequeños comportamientos heroicos que, si no lograron acabar con la dictadura, al menos hicieron cuanto estuvo en sus manos por intentar cambiar el rumbo de la historia con unas letras impresas sobre un papel.

Domingo Malagón (1916-2012) fue el genial falsificador que proveyó de todo tipo de papeles aparentemente legales a los responsables del PCE en la clandestinidad. En un rincón se muestran unos documentos de identidad a nombre de Alfredo Solares Martínez y Amparo Costa. Desde la vitrina en la que yacen viejos DNI en blanco, pinceles, tampones, estampillas o botes de tinta que delatan la pulcritud de la falsificación, nos miran las fotografías burlonas de Santiago Carrillo y de Dolores Ibárruri. El nombre de Marcos Ana, pseudónimo de Fernando Macarro Castillo (1920), sale al encuentro del visitante en forma de poemas escritos por quien fue el preso político que más tiempo pasó en las cárceles franquistas, y en un vídeo en el que cuenta cómo, al salir libre tras 23 años en prisión, fue a ver a Pablo Neruda y le entregó un libro sobre Genoveva de Brabante. Las cien primeras páginas versaban sobre la vida del legendario personaje del medievo, pero tras ellas arrancaba el Canto General del prohibido poeta chileno. Tras muchas de las páginas de esos libros furtivos, de estos periódicos vedados, de estos boletines concebidos e impresos en el mayor de los sigilos, elaborados algunos de forma manuscrita y aun en la cárcel, hay un cúmulo de sufrimiento, de persecución, de miedo. Y a veces, inesperadamente, también de humor. Tras la cubierta de Nuestro caudillo, atribuida al intelectual fascista Ernesto Giménez Caballero, se desplegaba en realidad un ejemplar de 1944 de Nuestra bandera, la revista de educación ideológica del PCE. Las Novelas ejemplares de Cervantes enmascaraban una Historia del Partido Comunista de la URSS. Y tras una portada de El fútbol, deporte popular podía esconderse, por ejemplo, un ensayo sobre la lucha de los obreros, publicada por el Frente de Liberación Popular.

Otras historias llevan la marca de la tragedia. La de Antonio Donoso es una de ellas. Junto a una minerva, un ciclostil o una vietnamita con las que se debieron imprimir subrepticiamente tantos impresos, se proyecta un video en el que la hija de Donoso, Filomena, abre una trampilla que desde un dormitorio da acceso al sótano en el que a mediados de los años cuarenta del siglo pasado su padre imprimía El Socialista. La noche del 9 de marzo de 1945, tras haber sido delatado por unos compañeros sometidos a tortura, la policía franquista se presentó en su casa. Antonio Donoso pudo escapar, pero el sereno del barrio, alertado por los agentes, le disparó y lo dejó herido. Murió acribillado por los policías.

¿Se había hecho antes aquí una muestra como esta? No parece haber constancia, y solo por eso Letras clandestinas (1939-1076) merece ya una visita. Una visita inexcusable.

Publiado en el periódico Escuela (19 mayo 2016)

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