Tras el rastro de Calvert Casey

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JAVIER SANZ

No hay muchas fotografías de Calvert Casey en internet. Apenas pueden localizarse seis o siete de mala calidad, incluida una de 1963 en la que, alrededor de una mesa y con ocasión de algún premio convocado por Casa de las Américas, aparecen, entre otros, Julio Cortázar, Aurora Bernárdez, Alejo Carpentier o Haydée Santamaría, la guerrillera de la Revolución castrista que presidió, hasta su suicidio en 1980 en La Habana, la célebre institución cultural cubana que ella misma había puesto en marcha en 1959. Sin embargo, para reconocer en esa imagen a Casey no queda más remedio que fiarse del pie de foto, puesto que su rostro aparece casi tapado por el del hispanista francés Claude Couffon. Esa suerte de velo accidental que oculta su figura también podría interpretarse como un signo. Los pocos libros que escribió este narrador cubano nacido en 1924 en Baltimore (Estados Unidos) no aparecen nunca en primer plano, ni son de fácil acceso. Pero su referencia surge aquí y allá, de la mano de quienes lo conocieron.

Una de esas fotografías presenta a Casey y al resto del equipo de Lunes de Revolución, que dirigía Guillermo Cabrera Infante, durante una entrevista al poeta turco Nazim Hikmet. El autor de Tres tristes tigres dejó en uno de los capítulos de Vidas para leerlas el testimonio de su amistad con Calvert Casey, a quien conoció en 1960, cuando Antón Arrufat lo llevó hasta las oficinas de Lunes, el suplemento cultural del periódico Revolución en el que colaboraría. Según Cabrera Infante, Casey fue “uno de los pocos que supo temprano que corríamos peligro inminente de ser expulsados del Paraíso”. El esperanzador tiempo que el derrocamiento de Batista había inaugurado empezó a mostrar en seguida su verdadera naturaleza, esa que se amparaba bajo el axioma de que “con la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”. Tras la clausura de Lunes y su alejamiento inicial como agregado cultural en Bruselas, Cabrera Infante terminaría por exiliarse primero en Madrid y luego en Londres, la ciudad en la que murió en 2005. Calvert Casey también tuvo que dejar Cuba. Aterrorizado por la persecución de que empezaban a ser objeto los homosexuales en el régimen de Fidel Castro, abandonó la isla en 1965 con el propósito de recuperar en Ginebra el puesto que como traductor de las Naciones Unidas había ejercido en Nueva York. Pero pronto Ginebra se le haría insufrible y la cambiaría por Roma.

Como antes en María Zambrano o en José Ángel Valente, el rastro de Casey puede seguirse en uno de los textos que Juan Luis Panero reunió en Los mitos y las máscaras. Al cumplirse en 1989 el vigésimo aniversario de su muerte voluntaria en Roma, Panero lo recordaba como “un escritor de obra breve, aciago destino y oscurecida posteridad”. “Salió de Cuba”, escribía el mayor de los Panero, “deambuló un poco sin brújula por el mundo y un día de espesa primavera, en su pequeño apartamento romano, decidió acabar –soledad y barbitúricos- con el peso de su historia y de su histeria”. La huella del escritor cubano es persistente. Vuelve en uno de los capítulos de Los malditos, el libro de semblanzas que en 2012 coordinó la periodista argentina Leila Guerriero, y en el que Casey comparte calificativo con otros raros hispanoamericanos como Alejandra Pizarnik o Porfirio Barba Jacob.

La última reaparición por ahora del nombre de Calvert Casey se ha producido en Enemigos de lo real, el volumen en el que Vicente Molina Foix acaba de recopilar una larga serie de ensayos sobre escritores. Aunque haya sido el último en llegar ahora al lector, el artículo se escribió a finales de 1969 y probablemente fuese el primero en ver la luz tras la muerte del narrador cubano. En él, y tras aludir a la soledad y la marginación de que Casey fue víctima hasta abandonar Cuba, Molina Foix repasaba la breve obra narrativa del autor cubano, compuesta por apenas dos colecciones de relatos: El regreso (1967) y Notas de un simulador (1969), publicadas ambas en la editorial de  Carlos Barral.

Tras la aparecida en 1997, la última edición española de su obra data de 2009. Ninguna de ellas está hoy al alcance inmediato del lector, salvo en librerías de viejo o en algún almacén. Para rescatar a Calvert Casey, el desaparecido poeta y traductor Mario Merlino desordenó sus cuentos y armó una antología bajo el título del volumen de 1969. El regreso, uno de sus relatos más celebrados, estremece por su resonancia biográfica y su filiación kafkiana. Calvert Casey. No será la última vez que oigamos su nombre.

Pulicado en el periódico Escuela (12 mayo 2016)

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