Una Celestina llamada José Luis Gómez

Celestina-web

JAVIER SANZ  

La Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) mantiene la buena costumbre de publicar un cuaderno pedagógico sobre cada uno de los montajes que realiza. A medio camino entre la revista y el libro, es un tomito que ronda el centenar de páginas y que, pese a un precio que lo hace algo más que accesible incluso al bolsillo más modesto, está disponible gratuitamente en internet. Acompañado de cuidadas fotografías de la representación, el cuaderno da cuenta del entorno histórico y cultural en el que se gestó la obra, para pasar luego a desgranar las características del montaje, la historia del texto, su síntesis argumental, los personajes, y, mediante entrevistas con los responsables, ir desmenuzando las decisiones adoptadas en materia de escenografía, vestuario, música, iluminación.

En una representación teatral ninguna decisión está tomada al albur. Tras la elección de un color, de una escenografía, de un modo de iluminar o de una forma de decir el texto, hay una suma de conocimientos, de inteligencia, de experiencia, que no siempre llegará a ser percibida en toda su integridad por el espectador medio. Y, sin embargo, todos esos factores tienen que coaligarse para fluir sin dificultad y sin aparente esfuerzo y cautivar a quien se sienta en la butaca y quiere tener una experiencia cultural o disfrutar un rato de un buen espectáculo. Leyendo las páginas del cuaderno pedagógico elaborado con motivo del montaje de Celestina, una coproducción del CNTC y del Teatro de la Abadía, el lector puede adentrarse en las interioridades de la obra que ha dirigido José Luis Gómez, uno de los más eminentes nombres del teatro español de nuestro tiempo. Elementos en los que el espectador acaso no haya reparado se revelan aquí fruto de decisiones concienzudas que tienen tras de sí muchas horas de análisis y reflexión. Una sabiduría puesta al servicio del texto, que sin embargo no siempre termina por cuajar en una representación redonda.

Antes que una obra teatral, La Celestina es una novela dialogada cuya puesta en escena podría prolongarse durante ocho o nueve horas. Es, por tanto, una pieza irrepresentable que requiere de una adaptación inmediata y severa que la comprima en el tiempo que un espectador tolera. Además, es una obra que ofrece una historia textual compleja, no del todo esclarecida por los estudiosos, y que remite a un primer autor, del que Fernando de Rojas sería continuador. Una teoría que va acompañada también de muchas dudas, pero que no afectaría a la vigencia absoluta que José Luis Gómez observa y que cifra en la búsqueda del provecho personal y en el absolutismo tanto político como religioso “que ha exterminado, asiduamente, la diversidad cultural e intelectual de nuestro país”. Con palabras de Juan Goytisolo, quien ha estudiado con detenimiento la obra de Fernando de Rojas, Gómez recuerda que La Celestina es “el primer texto de su tiempo que se escribe sin la bóveda protectora de la divinidad”.

Además de ser su director de escena, José Luis Gómez da vida a esa Celestina hombruna, codiciosa y vivida, que acarrea la muerte de todos aquellos, nobles o criados, a los que implica en su intermediación entre Calixto y Melibea. Gómez compone una alcahueta llamada a dejar huella y que brilla de manera especial sobre los otros actores del reparto, incluido un Chete Lera que deja escapar las posibilidades de ese hermoso parlamento final de Pleberio, el acaudalado padre de Melibea, que, junto a su mujer, planeaba al comienzo de la función otro futuro para su hija.

Con tantos elementos a favor como un texto excelente, un director prestigioso o un elenco casi siempre a la altura, al término de la obra el espectador sale con la sensación de que ha asistido a una representación que en algún momento indeterminado empieza a decaer y en la que las dos horas y treinta y cinco minutos de duración hacen mella. Ya en casa, y convertido en lector, se adentra en los pormenores que, en el ‘Cuaderno pedagógico’, el director de escena, la adaptadora, el escenógrafo, los figurinistas, el diseñador de iluminación o el compositor musical van desgranando sobre sus respectivos trabajos, y trata de saber por qué no ha sido mayor su sensación de disfrute. En su crónica, el crítico teatral Marcos Ordóñez se hacía una pregunta parecida. Si alguien tan curtido como él no daba con la respuesta, ¿cómo esperarla entonces de un humilde espectador?

Publicado en el periódico Escuela (5 mayo 2016)

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