Una entrada a George Steiner

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JAVIER SANZ

Una larga entrevista con uno de los grandes sabios de nuestra época constituye un buen modo de acceder a su pensamiento. La periodista francesa Laure Adler, biógrafa de Marguerite Duras, Simone Weil o Hannah Arendt, mantuvo una serie de conversaciones con el autor de Pasión intacta o Nostalgia de lo absoluto, fruto de las cuales es Un largo sábado (Siruela). Crítico literario, ensayista, profesor universitario, Steiner es una de las eminencias de la cultura occidental contemporánea. Nacido en 1929 en París, en el seno de una cultivada familia judía austríaca que en 1940 abandonó la capital francesa para dirigirse a Estados Unidos ante la inminente amenaza de una invasión nazi, Steiner estudió en universidades de prestigio como Chicago o Harvard, antes de trasladarse a Londres para trabajar como periodista en el semanario The economist. Esa prometedora carrera quedó truncada cuando la biblia del periodismo económico lo envió a EEUU para cubrir un debate sobre energía nuclear y entrevistar al físico Robert Oppenheimer, alguien que, según Steiner, odiaba de una forma patológica a los periodistas. El padre de la bomba atómica le hizo abandonar su trabajo como redactor, para ingresar, a cambio, en la selecta universidad de Princeton. Su enorme reputación lo llevaría a ejercer la docencia en las universidades más prestigiosas del mundo, hasta recalar en la de Cambridge, ciudad en donde vive.

Con solvencia, Adler repasa algunas de las muchas ideas diseminadas en sus libros por este profesor políglota que en 2001 recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. De sus respuestas, surge un Steiner que se interroga, por ejemplo, sobre la cuestión judía y se pregunta por qué, frente a otras culturas en su momento poderosas, la judía ha sobrevivido hasta a las más trágicas adversidades. Para él, el judío es alguien que debe poner en práctica “ese arte tan difícil de sentirse en casa en todas partes”, y al tiempo “contribuir a cada comunidad a la que se le invita”.

Steiner nos recuerda que una lengua no es más que un modo de decir las cosas, pero que, en el tránsito de una a otra, la expectativa de la propia condición humana se modifica. Ante la hegemonía anglosajona, no duda en afirmar que si el planeta se convirtiera en un espacio prácticamente monolingüe el empobrecimiento no sería muy diferente al que supone la pérdida de flora y fauna. Envidioso de los matemáticos y de los músicos por disponer de una herramienta auténticamente universal, considera que una obra genuina debería resistirse a la traducción. De esa regla tajante excluye a Shakespeare, capaz de sobrevivir hasta en los idiomas más insospechados. No obstante, la gran obra, sugiere, es aquella que “siempre y de forma misteriosa nos dice al final de la lectura: ‘Hay que volver a empezar. Primer intento. Probemos de nuevo’”. Alguien como él que considera a Dios el tío de Kafka, no duda en hacer suyas las palabras de Walter Benjamin sobre el hecho de que un gran texto puede esperar siglos antes de ser leído y entendido.

Steiner no cree que el libro corra peligro, aunque sí admite que la condición de persona culta es algo sumamente frágil. Frente al cuidado reverencial que suscitan a menudo esos artefactos de papel, se declara partidario de subrayarlos, de luchar con denuedo contra el texto y de consignar en los márgenes las diferencias con el autor. Un duelo que, lejos obligatoriamente de pensamientos profundos, puede quedar a veces reducido a frases como ‘qué estupidez’ o ‘vaya ideas’. Recurriendo a Erasmo, sostiene que “el que no tiene libros destrozados, es que no los ha leído”.

De Beckett envidia su capacidad para decirlo todo. A la hora de elegir entre Camus o Sartre, considera que hay que leerlos a los dos, pese a preguntarse quién lee hoy “los grandes ladrillos filosóficos de Sartre”. Menos miramientos todavía tiene hacia Freud, a quien vapulea. La lengua francesa la divide entre Proust y Céline, “ese hooligan, ese gánster del alma” capaz de “crear una nueva lengua y luego escribir De un castillo a otro o Norte, dos obras maestras shakesperianas”. Tras rememorar cómo ya en su primer ensayo de juventud se preguntaba por esa extraña naturaleza humana capaz de adorar por la noche la música de Schubert o de Mozart y torturar a la mañana siguiente en Auschwitz, el profesor habla del caso de Heidegger y su connivencia con el nazismo. “El más grande entre los pensadores y el más mezquino entre los hombres”, recuerda que le concedió alguien en un intento de aplacar su ira en medio de una agitada disputa intelectual.

No cabe duda. Un largo sábado es una buena puerta de entrada a chez Steiner. Una lectura que nos sitúa ante la primera página de cualquiera de sus libros.

Publicado en el periódico Escuela (26 mayo 2016)

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