El arte y el poder

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JAVIER SANZ

El arte ha estado, desde antiguo, al servicio del poder. Ya fuera de carácter religioso, económico o político –tres naturalezas férreamente imbricadas muy a menudo en una sola-, el poder ha necesitado de los artistas para representar su superioridad jerárquica, reafirmar sus privilegios sociales y hacer ostentación de su singularidad. La pieza única avalaba la capacidad de poseer aquello que no estaba al alcance de cualquiera. La irrupción de las técnicas para la reproducción de las obras artísticas abrió la posibilidad de una democratización parcial del arte. Pese a ello, se sigue sacralizando la obra original, esa a la que Walter Benjamin adjudicaba el aura con el que se distinguía de cualquier copia.

Por más que una obra gráfica pueda quedar ya al alcance de muchos, el arte sigue estando asociado al poder, a la superioridad económica, al éxito, al brillo social. Las obras de artistas consagrados nunca faltan en las paredes de las clases altas, esas que miden su posición por la envergadura del yate, sus propiedades inmobiliarias o el selecto disfrute del ocio en espacios vedados al resto. Por su carácter único, el arte se presta también a un uso que poco tiene que ver con el goce estético. Muy a menudo, las páginas de sucesos económicos se vuelven una extensión de las secciones culturales. Suele suceder cuando el color salmón de los negocios se funde con el negro de los delitos y los registros policiales. El arte es un ámbito muy favorable para el blanqueo económico. Algunos de los casos más notables de corrupción llevan una adenda artística. Un antiguo asesor municipal que ya suma condenas de prisión por más de treinta años a consecuencia de algunos manejos no del todo ortodoxos adornaba sus mansiones con cuadros de Picasso, Joan Miró, Antoni Tàpies, Antonio Saura o Andy Warhol. Cuestión de buen gusto. En otro caso, el amigo constructor de un nebuloso consejero que se aprovechó de las turbiedades del poder en el Madrid de Esperanza Aguirre almacenaba en Suiza, además de una impactante colección de plumas estilográficas, una notable partida de Barcelós, Chillidas, Tàpies o Valdés. Una inversión asegurada, hasta presentarse la policía. Otro empresario, amigo del constructor y del consejero, y como ambos con alguna explicación que dar ante la justicia, también había iniciado su pequeña colección. Además de los inevitables Tàpies y Chillida, había reunido piezas de Manolo Millares, Gerardo Rueda, Guillermo Pérez Villalta, José Guerrero o Luis Gordillo.

La hegemonía pictórica de una época también la da la autoría de los cuadros elegidos para decorar las más altas instancias del poder político. La sala en la que José Luis Rodríguez Zapatero recibía a sus más ilustres visitantes estaba decorada con dos Miró. Al llegar Mariano Rajoy se sustituyeron por dos cuadros de Esteban Vicente. El surrealismo mediterráneo frente al expresionismo abstracto de un neoyorkino de Segovia. Pero Miró no desapareció del todo de La Moncloa. Un grabado suyo de 1968 de sugerente título –Le grand sorcier (El gran hechicero)- vigila la nuca de nuestro presidente del Gobierno, como antes lo hizo con la de Zapatero. Cuando levanta su vista de los papeles que le mantienen ocupado, Rajoy puede relajarse contemplando un Miró más minimalista: Paysage (Paisaje), un lienzo de 1976 en el que unos breves trazos de pincel en rojo, verde, azul y negro se desperdigan por una superficie blanca solo rota por un sombreado en la parte inferior y una raya que cruza en su mitad el cuadro.

Más allá de su pasión por el Real Madrid y el ciclismo, y con el Marca como lectura predilecta, de Rajoy no ha trascendido ninguna preferencia ni un gusto artístico concreto. Para alguien que ama el orden natural de las cosas y ha hecho de la palabra disparate su definición de cualquier propuesta ajena, extraña que su trabajo de despacho esté acompañado por un cuadro de Luis Gordillo que rivaliza con el de Miró en potencia sugeridora, 10 nostalgias y un olvido. Probablemente, no haya otro estilo pictórico que, como el de Gordillo, contradiga más el de Rajoy. Pero también es probable que el político gallego no le haya dedicado al cuadro del pintor sevillano más allá de un segundo en su primer día de convivencia. A la vista de la sensibilidad literaria del presidente, demostrada en su crítica a la última novela de Eduardo Mendoza –“No recuerdo el título exacto, algo sobre una modelo. Es una novela policiaca. Es interesante. Relaja, descansa mucho y es muy bonita”-, alguien debería atreverse a preguntarle qué le transmite el cuadro de Gordillo.

Aunque, pensándolo bien, casi es preferible que no.

Publicado en el periódico Escuela (9 junio 2016)

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