El Bosco y sus enigmas

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JAVIER SANZ

En las exposiciones temporales de los grandes museos, esas con las que a cada poco rivalizan tratando de refrescar la cansada imagen de las pinacotecas, las visitas se han de programar con alguna antelación. A diferencia de la colección permanente, en las temporales se concede un día y una hora de acceso. De ese modo, se regula la cadencia de visitantes y se evitan aglomeraciones indeseadas. Nada resulta más desolador que pagar una entrada y verse inmerso en medio de un tumultuoso revoloteo en torno a un cuadro. Nada tan disuasorio. Las largas colas formadas para contemplar una exposición temporal en algún centro museístico de prestigio parecen hoy un recuerdo de otro tiempo. Pensando en acudir al Museo del Prado para ver la exposición sobre El Bosco con motivo del 500º aniversario de su muerte, no podía dejar de acordarme de las colas eternas de aquella magna exposición que sobre Velázquez –junto a Goya y El Bosco, los tres pintores alrededor de los cuales más se arremolinan los visitantes del Prado- se preparó en aquel lejanísimo 1990. Internet aún no había hecho acto de presencia en nuestras vidas.

El Bosco sigue siendo un gran enigma, quinientos años después. Lo es su biografía y lo es su obra. De su vida se sabe más bien poco. Nació en Den Bosch, la capital de la provincia de Brabante (hoy Holanda), conocida también como ‘s-Hertogenbosch o Bolduque, en el seno de una familia  de pintores de importancia local, pero se ignora la fecha exacta de su nacimiento, que se calcula hacia 1450. Cuarto de cinco hijos, Jerónimo Bosch, cuyo nombre real era Jheronimus van Aken, estuvo muy unido a su ciudad natal, en la que los investigadores sospechan que transcurrió toda o casi toda su vida. Sus primeras dos décadas permanecen en una absoluta nebulosa, y sus más antiguas obras atestiguadas se datan en torno a sus treinta años. Se sabe que contrajo matrimonio con Aleid van der Mervenne, la hija de un adinerado comerciante, o que hacia 1486 se convirtió en miembro ordinario de la Hermandad de Nuestra Señora de Bolduque, o que un año más tarde ascendió hasta la consideración de hermano jurado, lo que le permitió acceder a un entorno social decisivo en su vida. Casi todo lo demás es una gran incógnita. Tan grande que la comisaria de la exposición, Pilar Silva, recordaba que cierta documentación aparecida no hace mucho ha permitido fechar el tríptico de La adoración de los Magos hacia 1494, y eso, señalaba, ha obligado a los estudiosos a adelantar en una década toda la cronología de El Bosco.

La conmemoración del quinto centenario ha ido acompañada de sesudas investigaciones como la desarrollada por el Bosch Research and Conservation Project, que ha llegado a la conclusión de que algunas piezas atribuidas hasta ahora a El Bosco no habían sido pintadas por él. Entre esas obras que los estudiosos holandeses consideran nacidas en el entorno del pintor figuran algunas tan notables como La mesa de los siete pecados capitales, La extracción de la piedra de la locura o Las tentaciones de San Antonio Abad. Durante seis años, los responsables de ese proyecto de investigación y conservación han estudiado con las más modernas técnicas a su alcance cuarenta y cinco pinturas y dibujos repartidos por dos continentes, diez países, dieciocho ciudades y veinte colecciones. Los expertos del Museo del Prado, no obstante, se han apresurado a rechazar las conclusiones de los holandeses. El enigma continuará por algún tiempo más.

Algunos experimentos sugieren que la contemplación de un cuadro en un museo no conlleva más allá de veinte segundos de media. ¿Cómo apreciar entonces algunas de las más conocidas tablas de El Bosco, como El jardín de las delicias, por ejemplo, repletas de elementos extraños que pugnan por captar nuestra atención, de misteriosos personajes que emparentan con varios siglos de antelación con el surrealismo, y que al canónigo italiano Antonio de Beatis, primer biógrafo de Jerónimo Bosch, le hizo escribir en 1517 que era “imposible de describir adecuadamente a alguien que no lo conozca? ¿Cómo contentarse con una mirada de veinte segundos a un cuadro que está requiriendo semanas, meses, años de dedicación? Nada es comparable con la experiencia directa, pero en ocasiones como esta las buenas reproducciones se hacen más necesarias que nunca. Hojeo las espléndidas ampliaciones del libro publicado por Taschen, y me entrego a la lupa mágica de la aplicación creada por el Museo del Prado, que permite agrandar la imagen hasta alcanzar los detalles más minúsculos. Las nuevas tecnologías han venido en ayuda de El Bosco y de sus inacabables enigmas. Lo celebro mientras decido en Internet la fecha propicia para la visita.

Publicado en el periódico Escuela (16 junio 2016)

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