Poliédrico Cela

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JAVIER SANZ

La de Camilo José Cela (1916-2002) sigue resultando una figura incómoda. La imagen del autor de libros memorables como La colmena, San Camilo 1936 o Viaje a la Alcarria no logra zafarse de esa otra chocante, estrambótica y chocarrera que cultivó con ahínco a lo largo de su vida y que hizo de él un personaje extraordinariamente popular. Sus últimos años fueron un deambular por esa prensa del corazón que él denominaba de otro modo menos sutil, una cierta avaricia de reconocimientos menores para quien ya había obtenido el mayor de todos, el Premio Nobel, y una hostilidad sin miramientos hacia las jóvenes huestes que venían a hacerse con el fuerte de la literatura española, el mismo en el que en 1942 Cela había sentado sus reales con La familia de Pascual Duarte y, sobre todo, con la posterior aparición de ese sobrecogedor fresco del Madrid de posguerra que es La colmena.

Siendo muy joven, hizo profesión de fe no solo de su vocación literaria. También de su voluntad de acompañarla de ese brillo social que otorga el éxito. En la exposición ‘Un libro y toda la soledad’ que, al abrigo del centenario de su nacimiento, le ha dedicado la Biblioteca Nacional, hay un retrato suyo que resulta sintomático. Se trata de un lienzo más convencional que otra cosa en el que lo que llama la atención no es la pose del escritor, con un libro entre las manos y levemente apoyado sobre una mesa, ni el simbolismo de los objetos esparcidos por ella. Lo que causa asombro es la mera fecha de la pintura, 1945. El ambicioso escritor que ya era Cela con apenas 29 años no debió de dudar a la hora de encargarle al retratista de la burguesía madrileña de entonces un óleo que diese cuenta de la posición alcanzada en la sociedad literaria. Retrato que, por cierto, Cela no llegó a abonar nunca y que el pintor, Luis Mosquera (La Coruña, 1899-Madrid, 1987), mantuvo en su estudio hasta donarlo al Museo de Bellas Artes de su ciudad natal. De allí habría de rescatarlo el novelista cuando en 1991 se inauguró en Iria Flavia la fundación que lleva su nombre y le pidió al presidente de la Xunta, Manuel Fraga, su intercesión.

Para confirmar que la obra de Cela ocupa un indiscutible sitio de honor en la novelística surgida al término de la guerra civil, bastaría con consultar un par de libros sobre la literatura española del siglo XX. Ningún crítico solvente, por mucho que le ponga reparos, le escatima hoy ese mérito, como tampoco le niega su hondo compromiso con el lenguaje y ese inconformismo literario que le llevó a probar continuamente nuevos caminos. Con todo, la imagen  primera que sigue perdurando de él es la de ese personaje algo histriónico capaz de escandalizar a biempensantes. En algunos ambientes poco propensos a su figura, perdura de manera especial el recuerdo de quien se ofreció como delator de rojos, dio sus primeros pasos en el fangoso mundo de la prensa falangista y se ganó algún sueldo trabajando para la censura de Franco, la misma con la que habrían de topar sus más tempranos libros, hasta el punto de tener que editar La Colmena en Argentina. Pero es también el mismo que abrió su revista, Papeles de son Armadans, a los escritores españoles del exilio o que puso en marcha las Conversaciones literarias de Formentor o la editorial Alfaguara. Todos esos personajes conforman el Camilo José Cela sobre el que alguien tan poco sospechoso de confraternización ideológica como Manuel Vázquez Montalbán dijo que era “uno de esos pocos escritores a los que realmente les debemos algo: les debemos lo que han escrito”.

La colmena se ha convertido en un clásico por el que tienen que pasar muchos escolares. Más allá de ese libro, ¿leen las nuevas generaciones a Cela? ¿Lo leen los escritores jóvenes? No deja de resultar llamativo que una reedición de esa obra de taracea que es Mazurca para dos muertos (1983) vaya prologada por un escritor como Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967). A juicio del autor de Proyecto Nocilla, es “uno de los libros más excepcionales, visionarios y anómalos -es decir, bellos- de la literatura escrita en español”. “Mazurca para dos muertos“, añade, “es un cuerpo que nace con cada relectura, una máquina maravillosamente ensamblada, un Frankenstein o un cyborg, como si en una aldea gallega se hubieran encontrado Pasolini y Tarantino y, con emoción, se hubieran puesto a charlar de sus cosas”.

La vida extraliteraria sigue pesando sobre la obra de alguien tan poliédrico como Cela. Su centenario ha vuelto a poner algunos de sus libros al alcance de los lectores. Y, sobre cualquier escritor, ellos son los que tienen siempre la última palabra.

Publicado en Escuela (15 septiembre 2016)

 

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