Leer a ciegas

leer-a-ciegas-web

JAVIER SANZ

Cualquier libro es un misterio a desentrañar. Una sorpresa. A veces, un tesoro oculto. Hay que abrir el cofre, tentar su interior, valorar sus bondades o errores. Muchas veces arrancamos su lectura con una buena dosis de información previa. La portada nos revela la identidad de su autor. Un completo desconocido o alguien de quien tenemos alguna referencia previa. Acaso un escritor en cuyos mundos nos hemos adentrado con anterioridad y que nos otorga una mínima confianza. El título puede darnos algún indicio sobre el camino que vamos a emprender, lo mismo que la ilustración de portada evocarnos un estilo, un tono, una pista más o menos acertada. Es raro que fijemos los ojos en la primera línea de una novela sin antes haber leído los textos de la contraportada, de las solapas. Casi siempre nos ronda en la cabeza una idea previa: la simpatía o el desinterés por un autor, su trayectoria, una reseña favorable, una crítica demoledora, un comentario con el que alguien, en una charla, en un periódico, en una revista digital, nos ha puesto sobre aviso.

Unos paquetes reclaman mi atención en los anaqueles de la biblioteca municipal madrileña que lleva el nombre del último Premio Nobel de Literatura en lengua española.  Unos son de color anaranjado, otros azules. También los hay de ese tono marrón característico del papel de envolver de siempre. Lucen dos etiquetas. Una dice: ‘Préstamo sorpresa. Adultos. Lecturas que no ves de nuestra biblioteca’. La otra, que explicita el lote al que pertenece el contenido, exhibe tres burocráticos códigos de barras.

¿Jugamos? ¿Por qué no? ¿Y por qué no acrecentar la apuesta y llevar la sorpresa hasta el final? De la biblioteca salgo con un voluminoso paquete marrón. En casa, pido que me envuelvan los libros de tal modo que se oculte toda información accesoria. En uno de los tres, el más liviano, resulta imposible: los nombres de los autores acompañan en la página al título de cada cuento. El juego queda reducido a dos libros. Uno de 648 páginas y otro de 242. Para un experimento, el primero me resulta excesivo. Apenas empiezo la lectura del segundo, advierto dos cosas. El formato, la maqueta de la página, las dimensiones de la caja, la tipografía, me remiten a los libros de la editorial Alfaguara. La segunda, que se trata de una novela en la que en el primer párrafo se habla de Atocha, de Vallecas, de Madrid. Por cierto contenido que en seguida se revelará sin ninguna trascendencia, aventuro el nombre de un autor español de mediana edad, Benjamín Prado, de quien no he leído ninguna de sus novelas. Enseguida pienso en Paul Auster. En un Paul Auster español. Sigo leyendo.

El protagonista, un cuarentón que en la alta madrugada acaba de despedirse de los amigos algo ebrios con los que ha compartido la velada en su terraza, recibe una llamada de teléfono. En esa hora intempestiva, una voz le anuncia que Clara acaba de morir en un accidente de tráfico. ¿Clara? El narrador no logra recordar a ninguna Clara que él haya conocido. Deja seguir hablando al informante anónimo y al día siguiente se presenta en el tanatorio. Allí, después de que el viudo lo abofetee en público al tomarlo por el amante de su mujer, conoce a la hermana de la fallecida, Carina. Además de un singular proceso de enamoramiento, la novela cuenta también la reconstrucción de un personaje a través de la visión que proyectan algunos de sus seres más cercanos, y a los que el narrador en ningún momento les revelará la impostura que ha compartido con los lectores.

¿Quién será el autor? ¿Una escritora? No lo creo. Nada impediría que tras el narrador se escondiese una novelista, pero descarto la idea. El nombre del autor desconocido me aguijonea durante la lectura de esta novela amena que sortea más de una vez el riesgo de lo inverosímil. Podría repasar el catálogo de Alfaguara y, tras descartar a aquellos escritores que no se ajustasen a mis sospechas, lanzar un dardo sobre la diana. Sería hacer un poco de trampa.

Debo poner fin al artículo. Y con él, a este juego literario. Al tiempo que rasgo el envoltorio opaco que cubre el libro, oigo un imaginario redoble de timbales y una voz que, como salida del Premio Planeta, de los Goya o de los Princesa de Asturias, declara solemnemente que el autor del libro es… José Ovejero (Madrid, 1958), quien con La invención del amor obtuvo en 2013 el Premio Alfaguara.

Seguro que entonces también debió de haber un poco de misterio y algunos timbales imaginarios.

 

Publicado en Escuela (22 septiembre 2016)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s