Halcones y águilas imperiales

el-halcon-maltes-web

JAVIER SANZ

Cada vez que veo El halcón maltés no puedo dejar de acordarme del escultor Mateo Hernández. ¿Qué tienen que ver una obra indiscutible de la historia del cine y un artista español secundario, autodidacta y formado en el París de las vanguardias?

La película dirigida en 1941 por John Houston a partir de la novela que Dashiell Hammett había publicado por entregas en 1929 ha cruzado el siglo convertida en todo un clásico. Dicen las crónicas que la cinta con la que Houston se estrenó en la dirección supuso, además del nacimiento del mito Bogart, una nueva manera de contar las historias de detectives. “La iluminación, sus personajes y sus motivaciones, sus diálogos, la oscuridad, la brutalidad, los escenarios urbanos y la colocación de la cámara son los cimientos”, según escribía el periodista Gregorio Belinchón, “de lo que posteriormente se convertiría en un género prestigioso”.

Como se sabe, Humphrey Bogart da vida a Sam Spade, un detective que pronto se verá envuelto en una enrevesada historia que tiene como eje la valiosa estatuilla de un halcón que los caballeros templarios llegados a Malta en 1530 -en realidad, los caballeros hospitalarios de la Orden de San Juan– habrían enviado a Carlos I para agradecerle al monarca español la cesión de la isla. Fundida en oro, el halcón había sido revestido con las más selectas piedras preciosas. La legendaria figura de la película no habría llegado nunca a las manos del emperador. En el traslado, la piratería se habría hecho con ella, para solo reaparecer de su ocultamiento en unas pocas ocasiones: en la Sicilia de 1713, en el París de 1830, en una chamarilería de donde en 1911 la rescataría un anticuario griego desconocedor de que la capa de esmalte negro con que, para entonces, había sido recubierta ocultaba un verdadero tesoro, y finalmente en Constantinopla en manos de un general ruso.

Todos los personajes de la rocambolesca historia quieren adueñarse del pájaro y no dudan en deshacerse de quien se interponga en su camino. El taimado personaje que encarna Mary Astor, quien, envuelta en mentiras, acude al despacho de Spade para recabar su ayuda, describe la figura del halcón como “una estatuilla negra, suave, brillante”. El espectador solo la verá al final de la película, cuando el detective la mande recuperar de la consigna en la que la ha puesto a buen recaudo. Envuelta en telas y en deteriorados trozos de papel atados con cuerdas, la codiciada pieza deparará su última sorpresa. “Pesa mucho, ¿de qué es?”, le pregunta a Spade el policía a quien el detective le da resuelto el caso de las tres muertes habidas. El personaje de Bogart responde de manera shakesperiana: “Es del material con el que se forjan los sueños”.

¿Y Mateo Hernández? Nacido en Béjar, Mateo Hernández (1884-1949) recaló en 1911 en París después de haber dejado en Salamanca pruebas de su buena factura artística. En sus primeras andanzas por la capital francesa, el escultor se movió entre la bohemia y la miseria, en una  precariedad que determinaría en buena medida, según su estudioso Miguel Cabañas Bravo, la temática animalística que le es tan propia. Su primera pieza escultórica fue una cierva de pequeñas dimensiones esculpida sobre un bloque de caoba. Después vendrían otras que tienen como protagonistas, por ejemplo, a un gran gamo acostado, a un búho, a un camello dormido, a un marabú, a una otaria, a una gacela, a un abanto, a un hipopótamo o a esa águila imperial que tanto recuerda al halcón de John Houston y que la memoria no tarda en asociar.

Hernández rechazaba el modelado y tallaba directamente sobre materiales de extrema dureza. Esculturas como Águila real, Pingüino o Iguana se antojan soberbias, pero casi desmerecen ante esa joya que es Gran pantera de Java ‘Kerrigan’, propiedad del Museo de Arte de Nueva York. En sus primeros años parisinos, para poder tallar, Mateo Hernández se vio obligado a robar adoquines con los que pavimentaban las calles de la capital francesa. Después, cuando se volvió un escultor reconocido utilizaría el granito, la diorita o el pórfido. Como el halcón maltés, muchas de sus piezas son también figuras negras, suaves y brillantes. El falso halcón sobre el que giran la novela de Dashiell Hammett y la película de Houston no es de oro, sino de plomo. No tiene incrustadas las más codiciadas piedras preciosas. Simplemente está fundido en un metal pesado y tenido en poca estima. Y sin embargo, según el Sam Spade de John Houston, está hecho con el material con el que se forjan los sueños.

Publicado en Escuela (29 septiembre 2016)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s