Recortes de papel

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JAVIER SANZ

Cada cual tiene sus debilidades. La mía es una atracción un punto insana hacia el papel impreso, con especial querencia hacia la prensa volandera, aunque sin desdeñar las hojas que vienen con el lomo encuadernado y una vocación de eternidad. Los diarios de papel que aún resisten nacen hoy con su efímera naturaleza marcada a fuego desde su primera página. Antes los periódicos duraban un día. Hoy, una frase como esa se antojaría repleta de generosidad. En nuestros días de vértigo e información continua en Internet, las noticias mueren a cada instante, y en cada minuto se completa el titular anterior. Una declaración contesta a la precedente y hace envejecer un poco más la frase con la que amaneció el día en los quioscos. Aunque el papel marque todavía el ritmo informativo de la jornada, la brújula se desnorta enseguida atraída por los polos magnéticos de Internet. Toda información es efímera. Ninguna dura ya nada, arrollada por un torrente infinito de palabras.

El ritmo de la vida y la tecnología ponen cada día más difícil la práctica de esa dolencia inclasificable que nos atrae sin remedio hacia el papel impreso. La falta de tiempo, el cúmulo de asuntos que requieren nuestro atención, la sobreoferta informativa que nos pone ante los ojos una cantidad inmanejable de datos, de informaciones, de opiniones llamadas a perdurar unos segundos, nos alejan un poco más cada día del periódico de papel. No siempre fue así. En otro tiempo lo leíamos con voracidad. Como si fueran los más preciados tesoros imaginables, guardábamos los artículos y los reportajes que nos hubiera gustado firmar y todavía aspirábamos a escribir alguno que pudiese estar a su altura. Los recortes se acumulaban llenos de admiración.

Después llegaría el tiempo de las prisas, de la urgencia. De los días que casi no permiten nada. De los periódicos que se acumulan apenas hojeados, prácticamente sin leer, sin tiempo para degustarlos, sin poder deleitarse con una idea, una frase, un párrafo. Se amontonan casi intactos los periódicos que seguimos comprando por una devoción nacida hace décadas; lo mismo que los suplementos culturales que durante años coleccionamos con un fervor difícil de comprender. El recorte que antes nos advertía de una entrevista interesante o de un buen artículo se ha convertido ahora en el aviso de una pieza que tal vez deberíamos leer, pero para la que ahora carecemos de tiempo. De ese modo, los inocentes trozos de papel que quedan a la espera se amontonan y alcanzan rápidamente dimensiones colosales capaces de destripar cajas y cajones, de invadir cualquier espacio a su alcance, sumidos en el caos y el desorden que imposibilitan toda lectura, todo recuerdo, toda localización. El montón de esta semana sucumbirá bajo el peso del de la próxima.

En cada artículo que nos ha gustado, en cada entrevista de la que hemos aprendido algo, en cada tijeretazo que extrae y selecciona, hay una vocación oculta de apropiación, una necesidad de retener el tiempo fugitivo, de no dejarlo escapar en las profundas aguas del piélago informativo. Si no cogemos una tijera, lo recortamos y lo doblamos con cuidado, se perderá irremisiblemente en un remolino del que ni el buscador más avezado, pensamos, podrá rescatarlo. Sin embargo, antes o después, siempre hay un momento en el que no queda otro remedio que poner a raya tanto papel, que detener un crecimiento desordenado para el que parece no existir ese otro mundo virtual más allá de la pantalla de cristal líquido. Es entonces cuando la efímera hoja volandera de los diarios se hermana con el presuntuoso papel de los libros. El artículo, el reportaje, la entrevista se guarecen entre las páginas del libro al que aluden, o de cuyo escritor hablan, o del tema sobre el que versan. El libro, así, se matiza, se refuta, se actualiza. ¿Cambiará nuestra opinión, por ejemplo, si entre El Jarama descubrimos unas palabras en las que su autor lo confina al territorio de los malos libros o endosa su fama a este o a aquel otro crítico defensor de una determinada opción literaria? Algunos autores, algunos libros, los que más interés probablemente hayan sido capaces de despertarnos y que cuentan con una mayor presencia en la biblioteca, acostumbran a acumular más papel periodístico, hasta el punto de que las livianas encuadernaciones que apenas soportan más allá de una lectura amenazan con reventar sus costuras.

Buscamos el libro, introducimos el recorte y, aliviados, lo olvidamos. El papel que había deambulado por aquí y por allá, y que nunca encontraba su sitio, está por fin en el lugar en donde debía estar. Es posible que también el libro caiga en el olvido. Pero un día futuro alguien hablará de un autor, de un libro, y sentiremos deseo de volver a él, de buscarlo en la biblioteca, y al abrirlo reaparecerá ese recorte olvidado y nos proporcionará un matiz distinto, una aclaración, una información añadida. Y, como cuando recobramos unas líneas subrayadas tiempo atrás, cuando éramos otros, tal vez nos invada la melancolía por el tiempo ido.

Publicado en Escuela (6 noviembre 2016)

 

 

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