Penúltimo Mankel

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JAVIER SANZ

El escritor sueco Henning Mankel murió el 5 de octubre de 2015 en Gotemburgo. Tenía 67 años. El 8 de enero de 2014 los análisis médicos habían transformado en un cáncer alojado en el pulmón izquierdo, con metástasis en la nuca, el persistente dolor en el cuello que unas semanas antes él había atribuido a una mala postura durante la noche. La conmoción del diagnóstico le hizo pensar que la vida se encogía y que el futuro se transformaba en un paisaje desértico que sofocaba las ideas y amenazaba con ocuparlo todo. La incapacidad de proyectarse en el futuro lo llevaba a regresar continuamente a la infancia, y poco después dio  comienzo a un libro en el que, además de dejar testimonio de sus andanzas médicas contra la enfermedad, repasaba algunos aspectos destacados de lo que había sido su vida. El miedo al cáncer le hizo recordar la muerte, cuando él era pequeño, de una niña ahogada al ceder la fina capa de hielo de un lago; pero también la lectura de un artículo que trataba sobre las arenas movedizas. Y ese título, Arenas movedizas, fue el que eligió para el libro de recuerdos que había empezado a componer, porque él se veía así: “Un ser humano que se aferraba a la orilla de un banco de arena mortal que quería tragárselo”.

Arenas movedizas está trufado de reflexiones sobre el paso individual por la vida, que la amenaza de la desaparición dota de una rotundidad aún mayor. Pero también, especialmente en la primera parte, de balances sobre el comportamiento del género humano y de la envenenada herencia que en forma de sarcófagos nucleares sepultados en el corazón profundo de la tierra legará a las generaciones venideras: “Ya sabemos que las sociedades y las civilizaciones no limpian nada antes de desaparecer. Pero ninguna ha dejado nunca una basura que conserve en secreto su toxicidad durante miles de años. En eso somos únicos. Somos los únicos de la historia”.

Mankell no creía en las respuestas que suelen proporcionar las religiones. Pese a que en Arenas movedizas expresa su respeto por quienes creen en la existencia de una vida después de la terrenal, dice no comprenderlos: “Tengo la impresión de que las religiones no son más que un pretexto para no aceptar las condiciones de la vida”. La pregunta que le marcaría sería otra: “¿Qué tipo de sociedad quiere uno contribuir a formar?”. “Las posibilidades de elección que tiene una persona”, escribe, “permiten también que pueda atreverse a elegir de qué lado quiere estar en una sociedad injusta, que vive en tensión entre los distintos campos de fuerza de la indecencia”.

Al joven que había dejado pronto los estudios y que con quince años se había enrolado en un buque mercante, ese compromiso lo llevaría con apenas veinte a África. Guinea-Bissau, primero, Zambia más tarde y Mozambique, finalmente, que se convertiría en la pasión de su vida. Hay poca vanidad en el relato memorialístico de quien creó al inspector Wallander y a otros muchos personajes de novelas policiacas que se han vendido por millones en lenguas de todo el mundo, pero no está sofocada del todo: “Cuando estás muerto, muerto estás. Mientras existimos en la memoria de alguien conservamos la identidad. Pero luego también la memoria se extingue. Reconozco que de vez en cuando me molesta la idea de que me olviden dentro de unos años. Es un sentimiento tan ridículo y vanidoso como humano. Y por lo general consigo combatirlo”.

Pero, a la hora del último balance, ese que se produce cuando el libro llega a su fin y una nueva dosis de quimioterapia aguarda los resultados de su eficacia, Henning Mankel se interroga por el instante de su vida en el que sintió la mayor de las alegrías. Y pese a que razona sobre lo absurdo de la pregunta y de la imposibilidad de comparar esos momentos, termina decantándose por uno. El que elige no es estrictamente personal, ni tiene que ver con el orgullo de ser un escritor de éxito mundialmente reconocido. Tiene que ver con Mozambique, donde el escritor sueco pasaba la mitad del año. Con un día de octubre de 1992 en el que la guerra civil que llevaba diez años desangrando el país llegó a su fin, y con la puesta en escena de una versión de Lisístrata que esa misma noche estrenó en el teatro de Maputo del que era director artístico. La función concluyó con aplausos y, después, una de las actrices pronunció unas palabras esperanzadoras sobre el final de la guerra. Luego, con el público en pie, se hizo un silencio absoluto. “Me cuesta encontrar en toda mi vida un instante más grande y más lleno de alegría que aquel episodio en el teatro”, recuerda.

Henning Mankel aún vivió para ver publicado en su país Arenas movedizas y para escribir una nueva novela, Botas de lluvia suecas, que acaba de aparecer en castellano. El último Mankel.

Publicado en Escuela (13 noviembre 2016)

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