Un plano metroliterario

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JAVIER SANZ

En un cartel de 1927 toscamente dibujado, el escritor Ernesto Giménez Caballero estableció una suerte de ‘Universo de la literatura española contemporánea’. El telescopio situado en la parte inferior, y del que cuelga una etiqueta que reza “15 céntimos la sesión”, enfoca hacia una carta celeste por la que se despliegan toda suerte de astros del mundo literario de la época. A un lado, y en torno a Luca de Tena, aparece el ‘Sistema por a.b.c.’. Tras una barrera denominada ‘La nebulosa de la Academia‘, surgen nombres como Azorín, Machado o d´Ors, además de otros hoy sin lectores como Ricardo León, Andrenio o Alemany. En el lado izquierdo se divisan planetas solitarios como Unamuno o Juan Ramón Jiménez, con su satélite Bergamín. El centro de la carta astral está ocupado por dos planetas con anillos. Uno es el de Ortega y Gasset y su Revista de Occidente, en torno al cual pululan Salinas, Marichalar o Jarnés. En el otro, alrededor de Menéndez Pidal y su Revista de Filología, hacen lo propio Dámaso Alonso, Américo Castro o Sánchez Albornoz. Contrapuesto al sistema abecedario, y cerrando el cartel, el Sistema Solar tiene en Nicolás María de Urgoiti, impulsor en 1917 del diario El Sol, a su astro rey. Dos Ramones cruzan también el espacio sideral: Gómez de la Serna y Valle-Inclán, a no mucha distancia de La Gaceta literaria de Giménez Caballero. A Gecé, que fusionó en su persona el vanguardismo y el fascismo, y a quien en 1955 Cela llamó “miserable pescador en río revuelto y nadador de aguas turbias”, le bastó con un folio dibujado para perfilar una época literaria.

Más que una carta astral, quizá lo que exija la literatura de nuestros prosaicos días sea un mapa de carreteras, un plano que le permita al lector no extraviarse ante tamaño volumen de producción editorial. En medio de un montón de títulos que aspiran a la eternidad de las librerías, o cuando menos a una rentable fugacidad, aparece ese plano literario que echábamos en falta y que condensa el aroma de su época, lo mismo que el cartel de Gecé hacía con la suya. No es un plano de bolsillo, como los del metro, pero sí un plano de metro con el que meterse la literatura en el bolsillo. Sobre el trazado del subterráneo madrileño, unos aventureros literarios han renombrado las estaciones con los nombres del quién es quién en la escritura. Aquí, el eje central de todas las líneas de metro que surcan la ciudad ya no es Sol. El kilómetro cero de la literatura española se llama Miguel de Cervantes, y por ella pasan la línea azul, la roja y la amarilla.

En este plano, la línea roja no empieza en Cuatro Caminos y termina en Las Rosas. Tampoco se llama línea 2, sino El Parnaso, y si comienza en el Arcipreste de Hita, para continuar por las estaciones de Jorge Manrique y Fernando de Rojas, pronto enfila sus pasos hacia las de Julio Cortázar, Rosalía de Castro, Jorge Luis Borges o Juan Ramón Jiménez, hasta alcanzar la de Ramón del Valle-Inclán y dar la vuelta en Federico García Lorca. La amarilla, quizá por nacer cerca del frente de la Moncloa y llevar por nombre La trinchera, está llena de nombres combativos: Max Aub, Jorge Semprún, José Luis Sampedro, José Antonio Labordeta, León Felipe, Juan Goytisolo o Miguel Hernández. La azul, la tercera de las que cruzan Cervantes, no parte de Pinar de Chamartín, sino de la estación de Anna María Moix, que tras cruzar por Pere Gimferrer y Manuel Vázquez Montalbán se detendrá en otras como Félix Grande o Luis Rosales, para seguir luego camino hacia Tirso de Molina, Santa Teresa de Jesús, Manuel Machado, José Hierro, Felipe Benítez Reyes o Clara Janés. La línea 1 recibe el nombre de Verso a verso, del mismo modo que la 4 lleva por rótulo Abriendo camino y une estaciones como Antonio Machado, Juan Rulfo, Nicanor Parra, Álvaro Cunqueiro, Ramón Llull o Agustín Fernández Mallo. El plano metropolitano de Madrid no es como los de Londres, París o Nueva York, pero aún permite un buen repertorio de nombres. Hay paradas para los del otro lado, para los desarraigados, para los enfants terribles, para los que escriben con la vista puesta en el telón, para los autores de largo recorrido, para los que hacen reír a los demás, para las letras menudas y para las grandes damas.

La literatura es un arte de banderías, de devociones y ojerizas. Cualquiera puede preguntarse: ¿Están todos los que son? ¿Por qué este sí y el otro no? ¿Por qué no hay más mujeres? Quizá un plano de metro se quede corto. A la vista de la legión de escribidores que pululan con su libro bajo el brazo, tal vez sea necesario, cuando menos, un callejero como el de Madrid, un nomenclátor generoso de avenidas, calles, plazas, glorietas, cuestas, senderos, travesías, rondas, paseos y callejones. También así se condensaría una época.

Publicado en Escuela 27 octubre 2016

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