Hitchcock y el suspense

ALFRED HITCHCOCK.

JAVIER SANZ

En el texto de introducción al libro en el que recogió la larga entrevista que en 1962 mantuvo con Alfred Hitchcock, François Truffaut definió el suspense como la dramatización del material narrativo de un filme. No contento con ello, probó otra definición: la presentación más intensa posible de las situaciones dramáticas. Encumbrado por la historia del cine como un maestro en la materia, Hitchcock solía dar una definición con mayor carga narrativa: “Imagínese a un hombre sentado en el sofá favorito de su casa. Debajo tiene una bomba a punto de estallar. Él lo ignora, pero el público lo sabe. Esto es el suspense”.

El libro de Truffaut, publicado en 1966, refrendó el interés por la obra del cineasta británico que el grupo de jóvenes críticos reunidos en torno a la revista Cahiers du Cinéma venía mostrando. En el prólogo a la edición definitiva de El cine según Hitchcock, el director francés recuerda que, con motivo de un viaje a Nueva York en 1962 para presentar Jules y Jim, en las preguntas que los periodistas le hacían no faltaba nunca una: “¿Por qué los críticos de Cahiers du Cinéma toman en serio a Hitchcock?”. Sus detractores norteamericanos alegaban que el mago del suspense era rico y tenía éxito, pero que sus obras carecían de sustancia. La visión que de él tenían autores jóvenes como Truffaut, o como Eric Rohmer o Claude Chabrol, autores de otro libro sobre el maestro inglés que todavía está vivo en las librerías, contribuyó en buena medida a impulsar la imagen del autor de Rebeca (1940), Extraños en un tren (1951) o Psicosis (1960).

Una primera edición de ese diálogo entre maestro y discípulo y el libro que escribieron Rohmer y Chabrol pueden contemplarse ahora en la muestra que sobre el mago del suspense ha desplegado en su sede madrileña la Fundación Telefónica, y en la que se hace un repaso a su obra y a su capacidad para combinar el éxito de público, las exigencias de la industria y un estilo marcadamente propio que ha hecho de algunos de sus planos auténticos iconos de la cultura contemporánea.

En su larga obra hay una etapa británica y otra americana. Cuando en 1939 se trasladó a Estados Unidos atraído por las posibilidades que Hollywood le ofrecía para realizar la película que entonces proyectaba, Rebeca, Hitchcock ya era el director más importante del cine inglés, con títulos como El hombre que sabía demasiado o 39 escalones. Su experiencia americana supondría un enorme revulsivo para una carrera a la que habría de sumar cintas como Vértigo, La ventana indiscreta o Los pájaros. Con presupuestos unas veces grandes y otras más reducidos, de la mano de su propia productora o sometido a las condiciones de quienes arriesgaban su dinero, Hitchcock siempre fue consciente del control que el director debía ejercer sobre su película. Si en cada una de ellas mostraba un dominio absoluto de sus recursos narrativos, tampoco dejaba de lado su nombre ni su persona a la hora de atraer el interés de los espectadores y llevarlos hasta las salas de proyección. “Los actores aparecen y desaparecen, pero el nombre de los directores debería permanecer claramente en la mente del público”, decía quien tomó la costumbre de salir en sus películas como un figurante más.

Su obra sigue suscitando interés, pero su persona está cada cierto tiempo sometida a cuestión. Detrás de esa apariencia bonachona que parecía transmitir con su oronda figura, debía de haber en él algo más que ese universo retorcido que afloraba en sus películas y que tenía en sus rubias actrices la representación de un deseable e inalcanzable tipo de mujer. Grace Kelly, Ingrid Bergman, Kim Novak o Janet Leigh fueron algunas de las que encarnaron a sus personajes femeninos. Pero ha sido Tippi Hedren, que protagonizó Los pájaros y Marnie la ladrona, la que más duras palabras ha tenido sobre el cineasta. En el libro de memorias que acaba de publicar a sus 86 años, la madre de Melanie Griffith ha vuelto a recordar diversas situaciones sufridas por ella en las que Hitchcock queda identificado como algo parecido a un acosador sexual. Cuando en la entrevista de 1962 Truffaut habla del interés que su interlocutor había mostrado por Grace Kelly, porque, según este había declarado, en ella el sexo era algo indirecto, Hitchcock le responde: “Si el sexo es demasiado llamativo y demasiado evidente, no hay suspense. ¿Por qué razón elijo actrices rubias y sofisticadas? Buscamos mujeres de mundo, verdaderas damas que se transformarán en prostitutas en el dormitorio”.

Hitchcock murió en 1980, cuando el concepto de acoso sexual apenas había empezado a definirse y la exigencia de un lenguaje políticamente correcto todavía estaba por llegar. En forma de libro, de película o de telefilme, alguien reincide en este asunto cada cierto tiempo, pero nada de eso parece hacer mella en una obra consolidada. La capacidad destructora de la bomba es pequeña. No hay lugar para el suspense.

Publicado en Escuela (24 noviembre 2016)

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